Dunkerque

Calificación: 
4
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No entendía por qué, pero era así. La última película de Chritopher Nolan, Dunkerque, me había generado una sensación de duda. Después de salir de la sala de cine estuve meditando un rato las razones, y era extraño. Las imágenes de la película son fascinantes, las tomas y los ángulos que el director escoge, las secuencias, los ritmos vertiginosos, realmente, crean un ambiente de guerra.

El manejo de cámaras y la interacción entre los tres momentos que se van desarrollando envuelven al espectador, lo ponen en una constante tensión. Sin embargo (y a pesar de esta majestuosidad) sentía todavía una extrañeza. La película brevemente cuenta, a partir de tres tiempos distintos, la historia de una inmensa tropa de aliados de varios países que se queda atrapada en la playa de Dukerque, mientras los alemanes los bombardean. Por supuesto, hay muchos más elementos de la historia, pero no me quiero centrarme en estos.

Esa sensación de duda que me produjo la película está asociada más bien con el ritmo. La película no da pausas, la música no da pausas. El otro día leí algo sobre las películas de Tarantino, y hablaban precisamente de ese ritmo de las imágenes y la música, esa relación y a la vez esa capacidad de disonancia y sincronía. Y me parece completamente verídico. Tarantino logra conjugar la imagen y la música, logra que el espectador recorra desde lo auditivo la imagen y viceversa, y logra, además, un constante cambio de frecuencias. Y sí, en el caso de Dukerque existe una gran relación, tanto la música como las imágenes están sincronizadas para no dejar descansar al espectador, pero hay una fatiga.

Todo el tiempo que pasé en la película me sentí acelerado, con un sentimiento constante de que algo iba a pasar. No está para nada mal crear esa sensación, la película no da respiro, son dos horas de vibraciones, vuelos, explosiones, claustrofobia. Sentía, precisamente, ese tiempo de la guerra, ese tiempo en que no se puede mirar nada más, en que toca siempre estar con los ojos abiertos.

Pero había algo más allá. Todo ese ritmo desenfrenado me parecía excesivo. No había cambios de tonalidad, matices, no había silencios; todo era un constante movimiento, los sentidos no descansaban. Entonces, pensé que las películas que me gustan (y sé que suena a capricho) tienen por supuesto una tensión, pero dan tiempo también para descansar, para llevar al espectador a otros espacios, a otras velocidades; para crear distintas tensiones en el tiempo y el manejo del ritmo.

No estoy juzgando la película negativamente, me parece una gran virtud del director lograr esa constante intriga, sin embargo, en mi caso, salí agotado, y está bien, probablemente una de las intenciones del arte sea chocar, mover, provocar. Pero me faltaba algo más en la narración, algo más aparte de una guerra en una playa y tres historias que se entrecruzan. Me faltaba un poco más de diálogo, tal vez, de contemplación, de reflexión, desacelerar un poco el vértigo, darle pausas y silencio a las acciones. Desarrollar más los personajes, ¿quién sabe?

Leía el otro día que Dukerque iba a ser, sin duda alguna, una de las grandes obras maestras que retratan la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente como La lista de Schindler, El Pianista o La vida es bella; y por más que me parezca una gran apuesta cinematográfica, con una excelente narración visual, siento (porque escribo desde el sentir, desde lo que generó y provocó en mí la película) que algo le hace falta; siento que algo realmente le faltó o le sobró, no sabría decirlo.