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Imagen tomada de Pixabay

Cuando llegué al parque de los Arrapios, emplazamiento usualmente desprotegido y deshabitado, divisé un hombre sentado en la mitad de las escaleras. Al subirlas y pasar cerca de él, me miró con lascivia y se dirigió a mí en los siguientes términos: “ush mami, cómo estás de hermosa, cómo te verías sin ropa”. Antes de pensar en tratar de conservar la calma, ya había apretado mis puños y estaba subiendo a toda prisa por las escaleras sin mirar atrás.

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