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El artista retrató con pasión a la mujer que había deseado tanto tiempo. La ensambló con lo mejor de aquellas que habían pasado por su vida. Algo de esa, un poco de aquella y al amanecer del quinto día de trabajo decidió que su obra estaba terminada.

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(...) De manera casi surrealista, logró dilatar, pero nunca retroceder, el vertiginoso e imparable correr del tiempo a su antojo; porque echarlo a andar para atrás es una capacidad que ni Dios tiene, por lo cual dedujo que no vendría a socorrerlo. Así pues, se convenció de que pasarían horas, incluso y si quería días, antes de que en definitiva se recostara en esa cama para ver al techo. Con todo, ya había nacido dentro de él una insoportable pregunta: cómo algo tan aparentemente escueto –y hasta ordinario, alcanzando lo nimio– puede cuantificar al ineludible titán Cronos, aprisionándole como el Tártaro alguna vez lo había hecho, de dónde nunca pudo escapar, como tampoco escapó A. Ruthar Elbiar.

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—Mijito —dijo—, su mamá se tuvo que ir con su papá. Le mandó decir que se quede conmigo unas semanas hasta que vuelvan. Los días del encierro, un cuento de Jean Carlos Velandia. 

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