Literatura

Juzgar si vale la pena vivir es la pregunta que cada quien en su intimidad se ha formulado al menos una vez.  El suicidio es un fenómeno complejo de nivel mundial que reporta más muertes anuales que el conjunto de las 500.000 personas que son víctimas de homicidio, o de las 200.000 que mueren a causa de un conflicto bélico.

Pareciera ser que ya ni siquiera es posible poseer opiniones propias, que no sean fruto de un maquinismo y una manipulación de terceros. De semejante talante, surge la no tan descabellada idea de que pensar es un asunto pasado de moda, y con ello, el mismísimo ensayo se ubicaría en un fatal estado de desprecio, lamentable en todas las medidas.

Así, las armas blancas llegaron hasta nuestros días y los genes de sus antepasados siguen imponiéndose con violencia. Sólo en Colombia, en 2012, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, realizó 2.472 necropsias por esta causa. En 2013, la cifra fue de 2.188 personas, y en 2014 el Instituto reportó 2.416 muertes con armas blancas. Una suma, en los últimos tres años, de 7.076 decesos violentos, gracias a los oficios letales de estas armas frías y curvilíneas.

De aquí se desprende que, las más de 35 mil sedes de escuelas rurales colombianas escaseen de calidad educativa, puesto que, según el Programa Especial de Educación Rural (PEER), los estudiantes rurales reciben un 50% menos de educación que un estudiante urbano. Por lo tanto, la brecha que hay entre la educación urbana y rural es de aproximadamente 3,6 años.

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Hace cientos de años, iniciamos una frenética carrera por destruir todo a nuestro paso; ahora, parece que la estamos ganando.

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A mediados de 1987, Elí andaba orondo en el barrio Campo Hermoso.

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Cuando un lector se encuentra con una crónica lograda, le es posible visualizar la realidad retratada en ella al ser presentada a través de escenas con imágenes de ambiente, sucesos y personas.

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