Zádico

—Sádico no: zádico… un zancudo aristocrático y displicente, en ceremonia de iniciación. Y no se dice malnacido: se dice ¡malparido!

(Drama microteatral y psicosocial en un acto).

 

—Es hora de comer carne humana...

—¿Carne humana?

—Sí, es hora de comer carne.

—¿No sería más fácil probar con una lagartija? ¿Cómo comeremos carne de un ser tan grande?

—Lo haremos como los humanos, pero a la inversa.

—¿Y cómo sería eso?

—Mire, culexo: no comeremos en la vecindad, haremos alianzas. Usted es mi primera alianza. Cuando hayamos constituido una red de amigos carnívoros, le cobraremos a otros volantes cada maniobra y así mantendremos reservas de carne para nuestros hijos. Exprimiremos la carne y le sacaremos toda la sangre, hallaremos la manera. Con eso persuadiremos a las hembras para que se reproduzcan con nosotros y sólo con nosotros, por el preciado elixir. Ya no tendrán que volar todo el tiempo con el peligro de caer en un par de palmas cerradas para conseguir la sangre. Podremos entonces dedicar nuestros días a recorrer los escasos brotes florales, para estar fuertes y fecundos para la reproducción. Si sobra carne, llamaremos a moscas, caballitos del diablo, grillos, cucarachas, chinches, gusanos blancos, crisopas y mariquitas para venderles la carne en proceso de descomposición. Y cuando todo esté listo, ¡seremos millones!

—Está loco, aedecio. Cuando comencemos a hacer alianzas… ¡estaremos muertos! ¿No se da cuenta de que sus propósitos exigen mucho más de lo que los humanos llaman “toda una vida”?

—Lo sé, lo sé. Por eso debemos urgir, pero será más sencillo de lo que parece. Recuerde: es como los humanos, pero a la inversa. Nos vamos a reproducir como nunca antes y crearemos maneras artificiosas de necesitar más y más cosas. Estratificaremos nuestra especie y crearemos hábitats de la nada, y dominaremos el acto de tener hambre. Dominaremos el lenguaje y aprenderemos a volar en silencio: el silencio es la herramienta más macabra de la historia humana. Lo haremos así, lo sé. Seremos humanos a más no poder, pero lo haremos de una forma distinta. Nosotros debemos morir por la causa, y dejar que nuestros hijos decidan la manera. Será un progreso desinteresado en el que la memoria se propague y la historia se recree, constantemente. Cuando pasen dos ciclos solares, ¡seremos millones!

—Hoy en día es muy difícil reproducirse, aedecio. No hay estanques, no hay recovecos ni jardines. Cada vez hay menos tiempo, y a veces quedamos penando, encerrados en una casa a la que demora días en llegar el sangriento. Y ya uno no sabe si una lámpara es una trampa y una rendija es un buen escondite: ¡hay insecticidas de humo y de corriente por todos lados! ¿Cree usted que nos va a quedar tiempo para hacer todo lo que dice?

—No nos va a quedar tiempo. ¡Nos sobrará! Entienda: si yo muero mañana, mi muerte será el instrumento más certero para augurar mi resurrección.

—Usted lo que quiere crear es una religión… Ya sé cómo funcionan esas cosas entre los hombres. ¿Yo? Yo mejor paso, culícido demente…

—¡No! No es una religión, hematófago imbécil. Es el precio de la muerte. La muerte entre nosotros es todo un propósito, entre nosotros no se olvidará aquello por lo que moriremos. Si yo muero mañana, es más probable que, habiendo comido carne, en la línea de descendencia genética mis hijos puedan desarrollar dientes la semana que viene. ¿Me entiende? Lo único que nos falta son dientes.

—¡Pero si nosotros ya tenemos arma!

—Tenemos una trompa con serrucho, a lo mucho. Pero no es un arma. El peligro de nosotros está en nuestras babas, anticoagulantes y vectores, pero no tenemos arma, no tenemos dientes. Debemos aprender a morder, a herir, a flagelar, a desgarrar, a cortar de la manera en que lo hacen los humanos: profiriendo dolor. Si lo hacemos, lograremos lo que los humanos más progresados: herir sin que las víctimas se den cuenta.

—Puede que lo nuestro no sea hiriente, pero nuestro arte es hacer lo propio sin que se advierta nuestra presencia. Eso de herir sin que nadie se dé cuenta es un engaño.

—¡Exactamente! No hay nada más verídico que un engaño. Es mentira que quien engaña vive infeliz, puesto que habrá de caer muerto, sin decir una sola palabra, con el propósito de hacer valer el honesto interés que justifica del engaño. Nada más peligroso y más estúpido que los defensores de la verdad.

—Usted no debería resucitar: ¡a usted de zancudo ya no le queda ni la zeta!

—Mi zeta es mayúscula, culexo. Observe: cuando los hombres comenzaron a abrir los ataúdes para ver los cuerpos de los muertos y encontrar respuestas acerca de cómo morían los muertos después de muertos, un hombre fue capaz de retratar nuestra esencia ante los ojos de la especie humana. Lo chistoso es que nosotros vivimos hace mucho más tiempo, incluso ante sus ojos naturalistas, pero para ellos no existíamos esencialmente hasta que un señor Abraham creó al padre de todos los vampiros: ¡a un chupasangre de dos patas que no podía ser visto ni percibido mientras succionaba a sus víctimas! Aunque asociado a los murciélagos, el autor se inspiró en los zancudos. Él nos enseñó a perfeccionar el método del sigilo para chupar. El chupasangre humano no existe, es un mito, uno muy recordado con el que cada persona que lo escucha y lo lee puede hacer algo más, lo que se le venga en gana. Es por eso que nos ha llegado la hora de comer carne humana: necesitamos enseñarles a los hombres a transferir la muerte sin matar a nadie.

—Entonces, su plan no se trata de sobrevivir sino de mutar. ¿Es o no es así?

—No podemos mutar, culexo. Pero será algo parecido. Mi plan se trata de supervivir, no de sobrevivir. Los humanos son los que sobreviven, unos encima de otros y otros tratando de estar encima de los que no los dejan respirar. Nosotros no, nosotros supervivimos. Acuérdese: ¡lo nuestro son las alturas! ¡Vivir en las alturas!

—De volar tan alto se va a explotar de repente, por compresión. Aedecio, ha pensado usted bien: su muerte nos hará un bien mayor. ¿Sabe cuál es?

—¿Cuál?

—¡Erradicar la esquizofrenia volante!

—Culexo: veo que su capacidad de ingerir néctar lo tiene sobreestimado. Lo mío puede ser una alegoría, pero no un galimatías. Eso se lo aseguro…

—Oiga: no le niego que lo que usted está pensando suena interesante, pero no le encuentro la mínima posibilidad de realizarse. Usted dijo que debemos morder, pero eso es fisiológicamente imposible para nosotros. Si desarrollamos dientes, nos convertimos en amorfos dentados, como los escarabajos, y ganaremos peso y ya no podremos volar con sigilo. Como si fuera poco, usted se ha ido por las ramas: ya no se trata de asegurar nuestra supervivencia ni de hacer más fácil nuestra alimentación y nuestra reproducción. Lo que usted me dice sugiere que creemos un zancudo humano y que toda nuestra especie lo sepa, para que nos comportemos como esos apocalípticos seres que sólo saben desfigurar las herramientas fisiológicas de su mandíbula para nunca mostrar lo que tienen: dientes. Entonces, al desarrollar los nuestros, si es que la naturaleza nos concede ese deseo, haremos lo mismo que ellos: serán como cubiertos, cuchillos, sierras y demás utensilios que no nos permitan mostrar lo que tenemos: una larga lamba que entra en contacto con la sangre. ¿Me sugiere que les enseñemos a las hembras a chupar sin hacer galantería del vuelo, el arte del sigilo y nuestra vocación de transmisores? Está usted loco. Y como usted nunca será un humano, lo único que me queda es pensar que usted es un pobre diablo con vocación de pito. ¡Usted es un pito! Definitivamente lo es: mucho ruido y pocas ganas de hacerse cargo de la carne que se pudre.

—Mírelo con un poco más de complejidad, culexo. Si nosotros lo único que producíamos era risa, el tipo que escribió el libro de los vampiros nos enseñó a no hacer ruido, sino a hacer daño. El experimento del doctor Dengue, que se inspiró en Drácula para ingerir sangre de cerdo doméstico en descomposición y procesarla con sangre de mico caliente, nos permitió matar a millones de humanos en la selva húmeda de Panamá, y nos hizo famosos. Él, un zancudo de tés negra y trazos blancos, de esos flacos altos y encorvados a los que el negro y el blanco les luce por ser altos y flacos y encorvados, dejó el legado del dengue hemorrágico exclusivamente a sus descendientes, quienes no demoraron en pasar la fiebre amarilla y la malaria como grandiosos progresos en la rama. Los humanos se demoraron millares de vidas zancudísticas en descubrir esa línea genética, y los zancudos quedamos vilmente aterrorizados porque, en vez de chupar la sangre caliente y a sorbitos, de repente un zancudo nos había enseñado a chuparla hirviendo y a flor de piel, brotando por los poros humanos y bañada con un néctar sudorífico muy parecido al de las flores. ¡Él nos enseñó a machos y a hembras a comer en el mismo plato! Vaya suceso. En esas condiciones, los humanos sacaron lo mejor de sí y llevaron a cabo una de las maravillas de la civilización: el canal de Panamá. A nosotros nos mató el escándalo, a los humanos el escándalo les sirvió para descubrir al doctor Dengue y a su legado. Ahora, seguimos siendo lo que siempre fuimos: una especie que da risa. Y está bien, no niego que no esté bien así. Siendo los más galantes chupasangre, fue un beneplácito no convertirnos en superhéroes de la vida humana, como le ocurrió al colega murciélago, que de ciego y cagón pasó a justiciero nocturno. Pero algo está claro, y es que nuestra especie ha dejado de burlarse del hombre para producir esa risa que da lástima, y eso hace que me hierva la sangre. Es por eso que debo consumar mi plan antes de morir.

—Su plan ya se está ejecutando. Los forajidos africanos, los beligerantes de la selva amazónica y los exiliados isleños ya llevan dos experimentos exitosos, y las hembras están sumamente disgustadas porque, según ellas, la sangre que ingieren no les sabe igual y porque muchas de ellas murieron como nosotros: en cuestión de días. Asúmalo: nosotros somos una especie que no necesitamos de la humanidad para parecer humanos. ¡Ya lo somos!

—Es posible, pero ninguno de esos experimentos ha sido concebido en su componente poético. El viejo Dengue, que en paz descanse, se decidió a realizar sus excelsos experimentos gracias a la admiración que profesaba por la leyenda de un poeta, la del señor Culíco del Pipiens, un mosquito común en el Viejo Mundo. Él, que era marrón y feo, así, culexo como usted, fue un poeta porque, siendo macho, decidió vivir chupando sangre. Rehuyó de las hembras y aunque vivía entre ellas, nunca les habló, aunque todas eran como él, muy poco bien parecidas. Lo suyo era el viaje: ¡volaba todo el día! Y aunque lo consideraron tonto, como ocurre con los humanos cuando ven a otro petrificado ante las estrellas; cuando se dio cuenta de que volar y chupar sangre lo conservaba joven, pasaron los días y fue desarrollando un tono negro ónix en sus ojos y en la punta de sus patas. Su abdomen desarrolló un recubrimiento fuerte, y tras dos semanas de vida, el tipo era el más notable y venerado volante de su raza. Todos sus contemporáneos habían muerto, y de pronto se encontró rodeado de una generación de zancudos que lo admiraba; muchos lo intentaron copiar, y pronto murieron. A la tercera semana, ya un poco fatigado, al señor del Pipiens no se le vio volar más, y se le halló ahíto de sangre en el cuello de un humano. Cuando falleció, sus patas se abrieron y su inmenso buche tocó la piel del hombre y se rasgó, derramando un líquido bruno de incomprensible aroma. Nunca se vio una escena tal en la historia de nuestra especie. En lo que tarda un segundo, decenas de zancudos parecían chupar del cuello de aquel hombre, cuando en realidad deleitaban el néctar sangrón del viejo Culíco. La leyenda se esparció con rapidez entre los humanos: se hablaba de una peste de fiebre loca y putrefacción cutánea provocada por una colonia de milicianos chupasangre, que atacaban por decenas. Muchos humanos creyeron morir por esta causa, y desde esa época los humanos azotan las manos para eludir el terrorífico sonido de nuestras alas al zumbar. Lo curioso es que sólo hasta que el doctor Dengue descubrió que el virus del Nilo Occidental mataba exclusivamente a las aves, se supo que la enfermedad, que no era la peste negra ni la tuberculosis, era esparcida por la descendencia de los zancudos que tomaron de aquél brebaje salido del buche del recién muerto Culíco, y era el espíritu poético del único zancudo que envidió el volar de los pájaros y los maldijo con su sangre, capaz de dar muerte a todo aquel que osara volar de una manera más hermosa a la que él mismo exhibió en vida. ¿Ya ve? Los nuevos experimentos son insulsos porque no tienen ciencia ni historia, descartan la espontaneidad impredecible de la poesía. Habría que ver cuántos poetas murieron por aquel virus, capaz de matar hasta la mismísima metáfora del vuelo.

—Usted está más loco de lo que creí. Si lo suyo no es perfeccionar la ingesta de sangre mediante la exactitud y el equilibrio virulento de las enfermedades vectoriales… lo suyo, ¿de qué se trata?

—Lo mío es una locura, como usted dice. No hay de qué preocuparse: soy el único que está loco, para su fortuna…

—De eso no me cabe la menor duda. Sin embargo, no se ofusque ni se envalentone. Si lo considero loco, igual me tiene aquí escuchándolo. Se lo aclaro, lo hago única y exclusivamente por una cuestión: ¿qué relación pragmática de progreso existe en su visión de la sangre humana y el provecho de nuestra especie?

—Es sencillo. Los individuos que están perfeccionando las pruebas de transmisión de enfermedades virales, de fiebres, atrofias y cefalitis, son el reflejo de su tiempo. De las casi cien variedades experimentadas, se han hecho famosos por el Chikungunya y el Zika. El primero fue creado para inhabilitar las articulaciones humanas con la firme convicción de condenar, antes que con la muerte, con la posibilidad de invalidar a los humanos que olvidaron el combate cuerpo a cuerpo con nosotros, y decidieron utilizar las raquetas rostizadoras de volantes. “Si no los matamos: ¡que se demoren y que les duela levantar la raqueta!”, nos dijo el ministro de defensa Stego a los Aegypti, cuando estuvo lista la pócima. Mientras el segundo es tecnológicamente perfecto, pero tremendo: ha sido creado para que los humanos dejen de considerarse zancudos. No por tener un charco de agua un zancudo se procrea, pues necesita de estaciones cálidas y un ambiente propicio para vivir, y he allí su perfección. Los humanos, que han perdido la noción de la prosperidad, dejan que se reproduzcan silvestremente los pobres, que son los que comen mal, desinformados y envilecidos, y reservan para muy pocos la buena comida, la buena sangre. Hartos como nos tienen, puesto que cada día es más difícil hallar sangre deliciosa para darle a nuestras hembras, los creadores de esta pócima han sido capaces de crear un derrame interno de sangre que se activa con la eyaculación, y engendra bebés a los que se les pone cada vez más pequeña la cabeza. “¿Tanto quieren parecerse a nosotros? ¡Pues parézcanse!”, nos dijo el bélico Stego, justo cuando los humanos lograron controlar el Chikungunya. Así, un virus justiciero y un virus vengativo quieren condenar la falsa prosperidad de la especie humana, que directamente nos afecta: los zancudos no necesitamos más humanos para vivir, sino sangre reposada, menos afanada y mejor alimentada. El Mayaro es una fiebre amarilla creada para el mismo fin: hacer que los humanos sientan que, por más medidas que tomen para aniquilar nuestra presencia, allí estaremos.

—Su análisis no parece desenfocado. Así fue como a los Culex nos llegó un comunicado del rebelde senegalés Jenseni, que decía: “Usutu: a yoo ba ori ti o bar sugbon ko ni fi irisi”. Ello se traduce en algo como: Dañaremos la cabeza de quien piensa pero no reflexiona.

—Las células de beligerantes acuden al mismo modo de operar. El Usutu, fíjese usted, es uno de los virus más interesantes de toda esta gama. No significa eso que usted dijo, sino esto: Dañaremos la cabeza de quien cranea pero no piensa. Está inspirada en la leyenda del señor Culíco, pero no en su historia. El virus hincha la cabeza de los humanos, condenando su trashumancia, su hábito devorador y su falta de arraigo, dado que el humano ha dejado de pensar para simplemente cranear. “Cranear” es la acción de un pensamiento tan inteligente como pobre. Significa que teme al engaño y se creanea la falta, que es la solución inmediata y el interés particular, nunca el bienestar integral de su posición en el planeta. El virus, entonces, es interesante porque ataca la población que no es sensible y creadora, como sí lo era Culíco, pero no reivindica su historia, puesto que condena a la humanidad a vivir en un solo dolor de cabeza. Y el dolor de cabeza incluye la resistencia de los zancudos a nuevas geografías nórdicas, algo que va en contra del criterio ético con que fue diseñado el experimento.

—Pero allí sí se está mutando, o perfeccionando nuestra especie, aedecio…

—Es por eso que usted se ha confundido conmigo. Usted busca la prosperidad de sí mismo, y como yo no estoy dialogando como un miembro de su raza, como un Culex, sino como un Aedes, usted piensa que la prosperidad de la que le hablo tiene que ver con los zancudos en general, puesto que los dos nos identificamos como especie. Pero mire usted alrededor, y dígame dónde estamos parados…

—Estamos parados en una almohada. ¿Qué tiene que ver eso con lo que hemos estado hablando?

—Dígame: ¿En qué lugar estamos parados? No me diga el objeto, sino el lugar…

—Estamos en la habitación de dormir del humano que calienta su sangre mientras duerme.

—Es correcto. Y este lugar, dígame: ¿es nuestro hogar?

—Sí, lo es. Bueno, es nuestra nación, el trópico.

—También es correcto. Es el lugar donde nuestras hembras se alimentan y donde hay agua y calor para nuestra existencia. Por esa razón este señor es no es mi huésped, es mi anfitrión.

—No le entiendo.

—¿Sabe usted el motivo por el que lo cité para que habláramos aquí y no en la hojarasca húmeda?

—No.

—Bueno: es para que entienda realmente mi plan. Yo no quiero matar a ningún humano, pero sí me gustaría que los humanos dejaran de sentirse tan vivos, cuando están por demás muertos: están más solos, peor alimentados, proclives a la tozudez, truculentos, vacíos en inspiración. Eso hace que nuestros zancudos sean más frágiles, hace que seamos mejores transmisores de virus pero peores ejemplares. ¿No se ha dado cuenta que ya no se ven por ahí los majestuosos zancudos gigantes, los eméritos tipúlidos? ¿No se acuerda de lo que representaban esos patudos, adalides del porte y el zarandeo estético del baile casual?

—Esos zancudos son vejestorios inservibles, es una fortuna que ya no existan en demasía.

—Bueno, esos vejestorios que usted llama representaban la delicadeza, la inocuidad más benévola e icónica. Es un pesar. Su presencia deparaba la sinceridad en los humanos, pues en quien cundía de miedo al ver sus casi diez centímetros de envergadura, sobrevivía en la memoria de haber visto al zancudo más grande de su vida. Eran los zancudos que mejor se veían parados en una hoja, y no sólo no picaron nunca en la búsqueda de sangre por alimento, sino combatieron en franca lid con los insectos. Mantenían limpio y brillante el césped, y eran plaguicidas. Al verlos, lo extraordinario se abría paso libremente: son los sacaojos, los que despiertan la imaginación en un mundo deprimido, ciego, hastiado de ver siempre lo mismo. 

—¿Qué tiene que ver un zancudo museográfico con lo que soy, todo un zancudo eficiente y próspero?

—Significa que somos algo más de lo que parecemos. Significa que yo, miembro del más audaz de los zancudos, heredero de la familia Aegypti, seré el mejor de los zancudos porque sabré canalizar mi vida en la vida de los humanos. 

—No sabe usted lo que me hace reír con el disparate en su cabeza… ¡Ja!

—Ríase. Soy el zancudo más elegante, el más agudo, el más ágil, el más peligroso para los humanos. Pero además soy el heredero de una excelsa estirpe capaz de comunicarse con ellos. Un tatarabuelo alguna vez susurró su historia al oído de un hombre, y recitó las peripecias de un elegante zancudo que, hipnotizado por la luz, cayó en la tela de una araña. Sobrevivir al ataque de la araña fue lo único que hizo en su vida, y por su condición lírica, lo más propicio que encontró para inmortalizar su ironía fue zumbarle al oído a un escritor, para que éste la llevara a papel, como así lo hizo. Pero mi abuelo legionario no conocía la geopolítica de los insectos de los hermanos Čapek, e ignoraba la condición chupasangre de los vampiros en la vida humana. Tampoco sabía de la ciencia que aguardaba detrás de los experimentos que había hecho su propio abuelo, el doctor Dengue, y vivió en una época en que pinchar y volar al aire libre eran acciones separadas exclusivamente por una ventana. Lo único que sabía mi tatarabuelo lo dejó rubricado en nuestra sangre, con la siguiente cláusula: “Los hombres no se entienden a sí mismos hasta que se ven como un insecto. Los insectos no son benévolos con la humanidad únicamente porque la humanidad no ve con buenos ojos a los insectos”. Yo no he probado néctar desde esta mañana, cuando volé por primera vez. Me he demorado todo el día zumbando hábilmente ante el hombre que aquí duerme, junto a nosotros. He estado susurrándole. Y cuando le dije que era hora de probar carne humana, me refería a que la historia de mi abuelo y toda esta retahíla que le he estado conversando, quedará impresa en este ser humano desde el momento en que, estrellando mi lamba contra una pared y partiendo mi boca en dos, yo después lo muerda para que él mismo sea el intrépido zancudo de mi tatarabuelo: uno apodado “aristocrático y displicente”, sangre de mi sangre.

—¿Y para qué un humano zancudo? ¿No se ha dado cuenta de que usted tampoco puede ser un zancudo humano?

—Este hombre volante no dejará de ser humano, pero ya será un insecto para los hombres. Cada vez que intente ser algo más que lo insignificante, enfermará. Lo hará hasta que lo insignificante se abra campo en su mente, y le dé a entender a los hombres que los zancudos nada tenemos qué ver con sus enfermedades, pues al espejo de un zancudo, tendrán la medida exacta acerca de porqué languidece la especie. Los zancudos son hoy más humanos que nunca, e incluso son la única especie viva que mata más hombres que los hombres. Si un humano es un zancudo, y si las centellas de la luz lo alcanzan y los néctares frutales lo engrandecen, hervirá su propia sangre, que bullirá en el cráneo, la piel y el cuerpo de los zánganos. Zánganos como usted, un zancudo que desde que llegó en lo único que piensa es en el momento en que se irá, a alimentarse. Zánganos como los hombres, que alaban la inteligencia de los perros en las monerías de un niño y asocian la audacia de un insecto a la soledad de un mendigo.

—Bien dicho: llevo casi toda la noche y no he probado una gota de néctar. Si no salgo ahora, no llegaré con vida para ver el amanecer. Es por eso que…

—Es por eso que lo traje. Yo muero aquí, en las manos y con el espíritu de este hombre. Pero usted…

—Buena pregunta: ¿Yo qué rodeos hago en esta fiesta?

—Usted… usted es el compañero de mi muerte. Lo traje porque a nadie le gusta morir solo.

—¿Cómo así?

—Ya verá…

—¡Pero no se espachurre la… trompa! ¡Carajo! ¡¿Qué ha hecho usted, aedecio?!

—He hecho lo que debía. Yo de usted me quedo quieto, y me pongo a pensar en todo lo que le dije. Después de que el humano me espiche, al sentir mi mordida, se despertará el gato. Apenas vuele, obligado, a usted le corresponderá ponerse a pensar en su propia muerte… ¡Hasta nunca! Y recuérdelo… ¡seremos millones!

—¡Sádico! ¡Malnacido!

—Sádico no: zádico… un zancudo aristocrático y displicente, en ceremonia de iniciación. Y no se dice malnacido: se dice ¡malparido!

—¡Malp…!

 

(¡Splash! Sonó el golpe de una mano abierta. ¡Blau! Sonaron las fauces de un gato).

 

 

 

Atentamente,

 

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

Columna: