Vándalos: ¡a correr, que no nos alcancen!

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El poder de las palabras para crear -nominar- el mundo es directamente proporcional al poder que ejercen las personas al momento de pronunciarlas. Es una relación indisoluble. Si un periodista de un medio de comunicación con alta difusión y cierta credibilidad, un líder de opinión, una figura pública, o un político utilizan determinadas palabras para referirse a un hecho y si al tiempo son poseedores de un alto capital simbólico frente a sus potenciales receptores, existe la probabilidad de que el contenido semántico asignado a las palabras sea el que organice y de sentido al hecho narrado. Lógica ordenada bajo un ejercicio de violencia simbólica por medio del cual se establece la interpretación del hecho desde la visión de los actores legítimamente instituidos para ello.

Esto ocurrió el 21 y 22 de Noviembre con algunos de los hechos que se presentaron en ciudades como Cali y Bogotá en el marco del Paro Nacional. Una élite lingüística, y por tanto, política, los designó como “actos de vandalismo” y a sus actores, por efecto, como “vándalos”. Una interpretación ligera y simplista con la cual no sólo se representaron los hechos como actos disfuncionales, anormales, que atentaban contra las normas sociales básicas que organizan la sociedad colombiana, particularmente la propiedad privada y el trabajo arduo como medio para conseguir bienes o propiedades, sino que emergió un nuevo sujeto social como objeto de repulsión, miedo e ira por una parte de la sociedad colombiana: “los vándalos”.

Fue precisamente hacia este nuevo sujeto social que se encaminaron las emociones más viscerales que la sociedad aún no logra erradicar de sus formas de sentir, pensar y actuar: el odio, el miedo, la venganza, la violencia y la rabia. De alguna manera, fue el reemplazo temporal de la otrora representación de la extinta guerrilla de las Farc como terroristas. Las escenas trasmitidas por los noticieros de televisión de personas organizadas en especie de escuadrones de vigilancia o contención, y armadas con palos, bates, machetes, picas, entre otros elementos, corriendo de una lado para otro y dispuestas a defender lo que tanto les ha “costado conseguir con el arduo trabajo” de una horda que venía a quitarles sus bienes, fueron dicientes al respecto.

“Los vándalos”, como construcción narrativa, vinieron así a cumplir una doble función regulativa. Por un lado, reafirmaron, a través de un discurso que pone el foco en la desintegración, el caos, el desorden y la anarquía, un orden sociopolítico y las normas culturales, sociales y jurídicas hegemónicas que lo sustentan, tratando de desvirtuar la legitimidad de la protesta social y sus reclamos. De allí que se escuchara desde el presidente de la república hasta los alcaldes de Bogotá y Cali decir que sobre estas personas caería todo el peso de la ley. Por otro, fueron portadores de una paradoja constitutiva que marcó su surgimiento e interpretación. Fueron interpretados como sujetos que se encuentran en el exterior de la sociedad colombiana o, mejor dicho, al margen, por actuar por fuera de las normas y regulaciones establecidas por esta -por ejemplo, no robar-; pero por otro sirvieron al discurso hegemónico para reafirmar dicho orden: si no existe algo o alguien que ponga en peligro el orden socialmente instituido, no hay necesidad alguna de reafirmarlo. El mismo orden crea sus exteriores constitutivos para poder reafirmase. Esta función la cumplieron “los vándalos” en esta oportunidad, como la han cumplido en otros escenarios y temporalidades construcciones discursivas como los bárbaros, salvajes, anormales, locos, homosexuales, subdesarrollos.

No obstante, algo que se escapó o no se quiso reconocer dentro de este análisis es que los propios “vándalos”, como cualquier otro sujeto social, son el producto de la sociedad que posibilita que emerjan y actúen en ella. No son un resultado azaroso ni espontáneo, ni mucho menos irracional como lo quisieron presentar. Poseen su propia lógica, así no la compartamos, y son el producto de las condiciones objetivas de la sociedad en la cual viven e interactúan. De allí que el odio, el miedo y la rabia que se sintió hacia estos por una parte de la sociedad colombiana sea un mecanismo de autoprotección, por lo demás nocivo, para no reconocer que estos mismos sentimientos y emociones son los que siente la sociedad hacia sí misma.        

Esta arista del problema se pasó por alto dentro de lo ocurrido durante estos dos días del Paro Nacional. Lo cual evidencia, claramente, que aún existen aspectos sociales que una gran parte de la sociedad colombiana no está dispuesta a ver y reconocer. Estos son la cara oculta, el reverso, de un sistema social basado en la acumulación, el éxito, el prestigio, el acaparamiento, la frivolidad. Su reverso lo representan la pobreza, la inequidad, la desigualdad, la injusticia y la falta de oportunidades, las cuales se descargan sobre sus hombres, posiblemente, la gran mayoría de personas que fueron agrupadas bajo la designación de “vándalos”. Si la riqueza, no sólo económica, se distribuyera equitativamente, si las oportunidades de una vida digna fueran iguales para todos, si la equidad fuera el principio orientador para la distribución de los diferentes bienes sociales -por ejemplo, educación, salud, trabajo, recreación, vivienda, etcétera-, tal vez no existirían sujetos sociales a los cuales designar bajo la etiqueta de “vándalos” y sus acciones como “vandálicas”.    

La falla no está en los denominados “vándalos”, sino en el sistema que los produjo y los sigue reproduciendo. Además, en la incapacidad de la propia sociedad para ver el problema desde otro punto de vista.