Una política para la niñez

Tener hijos es un accidente al que alguien tomó por responsabilidad o un plan al que una pareja tomó como proyecto...

APARTADO PRIMERO

Planteamiento

 

No somos silvestres. Fecundo es el mundo por tenernos vivos como seres, compartiendo íntegramente el pulso dador de vida. Pero ser una persona estéril no es más extraño que ser una esterilizada, tener hijos ya no es una necesidad. Actuamos bajo el contexto de nuestra lógica de conjunto, y bajo el supuesto de nuestra noción de progreso. Tener hijos es un accidente al que alguien tomó por responsabilidad o un plan al que una pareja tomó como proyecto; son los extremos de nuestra procreación. En el contexto en que vivimos, existen cosas más importantes que tener hijos, y ya no vivimos un mundo en torno al acto primario de la fecundidad. Por la fortuna del tiempo, el nacer de un ser humano es muy distinto al crecer de una planta.

Si la libertad reproductiva del hombre es un asunto de intervención humanística, ¿cuál es el motivo por el que el hombre necesita contradecir el concepto de natalidad con la idea de la niñez en la vida social? Dicho de otra forma, ¿se necesita tener hijos para entender el papel de la niñez en la vida del hombre? La gran paradoja reside en que reproducirse es una preocupación para quienes piensan en su origen natural como especie, utilizando la razón para entender que el campo ocupado por el hombre, en su entorno total, puede ser más importante que ejecutar el instinto con que la naturaleza los dotó. Pero, para el hombre que vive entre los hombres, tener hijos es un derecho perpetuo, el aliento a la vida y la prosperidad al interior del conjunto humano. Ninguna de las dos posturas es censurable, pues la vida enternece grandemente siempre que se da, pero la civilización humana, como idea, debe alimentarse de sus experiencias para seguir viva. En el medio de la discusión hay una noción que es tan natural como social, y es la niñez.

Alejados de la natalidad, vista como alarma o como bendición, cabe preguntarse si lo importante en este mundo dejó de lado a los niños. Siendo una sociedad próspera o sobrevirada, se abre la pregunta: ¿Qué es la niñez? Al intentar describirla, los resultados métricos y biológicos no son más fuertes que los pensamientos poéticos, indescifrables y dispersos. “Cuando los niños dejan de ser niños” es algo muy distinto a “¿Cuándo los niños dejan de ser niños?” He allí la dificultad. Siendo un dilema, se puede proponer una reflexión boba: ¿Cuándo los niños dejan de ser niños? Pues… cuando los niños dejan de ser niños. Así nace una pregunta depurada: ¿Cuándo se acaba la niñez?

Lejos de los tiempos en que los niños parecían borregos por el campo, los niños de nuestro contexto parecen animados a ser adultos desde nacer. Creados los mecanismos, el contexto en que vivimos es complejo, y la niñez, como todo lo complejo, es un asunto de expertos; metáfora de instancias como el de niñero, consejero, encargado o instituto. El hombre de este siglo no tiene tiempo para convivir, en su sentido de estar; mejor, concentra su atención para encontrarse, justo a tiempo, en determinados momentos de la vida. Entonces, los padres han extendido su tiempo para actuar como padres, como lógica de la practicidad. Antes se decía: “Nos vemos a las ocho”. Hoy optan por decir: “Nos vemos cuando aprendas a caminar, cuando aprendas a socializar, cuando aprendas a tener sexo, cuando vayas a la universidad”. La autoridad ha sido reemplazada por el acompañamiento, para lo cual se necesita crecer rápido.

Aquí nace el planteamiento central. La pregunta es: ¿Se acabó la niñez?

La vieja cuña oral de los abuelos seguirá recitándose por milenios. Se dijo ayer y se dirá mañana: “Pequeño: yo también fui niño”. Su esencia no perderá vigencia. Se recitará con el viento de la lógica, y seguirá siendo un misterio incomprensible para los escuchas de corta edad. Su delicadeza resulta del extraordinario esfuerzo que hace el niño por entenderla, tostando su mente, al imaginar a un abuelo a la estatura de su visión de mundo. Es un enigma que se amplía con la edad.

Y si todos fuimos niños, ¿por qué hasta abuelos entendemos esa instancia?

 

APARTADO SEGUNDO

Contexto

 

Dicen las noticias que hoy por hoy tener un hijo y criarlo hasta los veinte años, sustentando sus necesidades básicas como la alimentación, la educación y el vestido, cuesta alrededor de 750 millones de pesos colombianos, el estimado de unos 250 mil dólares.

¿Qué significa este monto para un individuo? Dicho en palabras magras, si el equilibrio social es un problema político, impedir tener hijos es la primera medida para el progreso. Con lo que cuesta un niño, en veinte años un ser humano puede adquirir a gusto una casa propia, incentivar materialmente el deseo por un oficio, o por un arte, y coadyuvar a la estabilidad económica de sus propósitos, llegando a influenciar la voluntad ajena por la capacidad de vivir a plenitud. Incluso, visto en su costado siniestro, en las peores condiciones de ostracismo, el individuo puede ser un aportante regular de gasto e impuestos en su lugar, por consumo natural de alimentos para la vida. Con o sin la voluntad de ser alguien ejemplar, dejar de tener hijos es un progreso social. La dimensión de un hijo es una fortuna aun sin que la creación nos permita sentirla.

Con la dimensión de la cifra expuesta, entendemos que el delirio reproductivo es un acto al que acuden muy pocas personas capaces de sustentar para sí, y para sus hijos, la estabilidad plena. Pero no es tan sencillo. Un hijo cuesta una vida, pero es una fortuna para la vida. Aceptamos la mirada bienhechora del hombre, que entiende que un ser humano no se esfuerza lo suficiente por lograr lo que es capaz hasta tener la responsabilidad de un hijo. Los grandes propósitos del hombre se derrumban cuando el hombre se siente solo.

Entonces, tener un hijo y costearlo no es el diálogo que nos debe preocupar. Mal o bien, un niño sale adelante, y los problemas de la niñez consumen ingentes esfuerzos gubernamentales para que los niños sigan saliendo adelante. Ni la sombra ni la luz de la reproducción humana nos aclara el enigma de crecer en este mundo, en el doble sentido del propósito, que es hacerlo en conjunto e individualmente; esto es, como la lucidez mental de quien, pasados sus años briosos, entiende su niñez.

El argumento de esta afirmación es la transferencia, y es necesario hacer historia cultural.

Otrora, cuando la reproducción no era diferente a la procreación, los espacios amplios y la prosperidad de los lugares necesitaban de chiquillos corriendo, bocas pidiendo comida, claros de bosque buscando exploradores y artefactos solicitando manos; con los lazos, palos de escoba, bolas de trapo, cartones, mapas y sogas que, durante el siglo xx, lentamente cedieron su lugar en las casas y los hogares. Cuando esos doce críos por hogar prosperaron como individuos, entre otra docena de abortos, muertes por cólera infantil y accidentes caseros en cada núcleo familiar, fueron todos y en cuantía a la ciudad. Extendieron un poco más su vida individual y recortaron entonces otro poco la natalidad; cinco, seis u ocho hijos como máximo, no más. Mejores juguetes para ellos; ya un radio de mano, una linterna, un reproductor de vinilos, una botella de experimentos farmacéuticos, un muñeco de hule.

“¡Vengan a trabajar conmigo!”, decían –u ordenaban– los padres, transfiriendo los oficios de mano a sus hijos, mientras éstos descubrían las calles de cualquier urbe en formación. Las historias de esos padres contaban historias tan cercanas como contrarias a su realidad. Relatos campesinos de obrajes y feudos lejanos eran la memoria motora de su vida, que quedó atrás con la llegada a la urbanidad, pero permaneció como el arraigo interior dejado por la partida de sus propios genitores y de su contexto de vida. Y esos fueron los padres de los adultos del siglo xxi: los genitores de negocios, oficios y técnicas que adaptaron su vida a la urbe, con los recuerdos del tiempo, el orgullo del pasado y la presencia artesanal del campesinado a cuestas, que se combinaron a sus nuevos oficios. Nos enseñaron del temple, el rigor, los vicios y el placer de vivir, buscando sueños en la ensenada del pasado que ya no fue y del futuro que ciertamente fue difícil de alcanzar. Como consecuencia, se instauró una fantasía que nunca cesó. Una fantasía que pagaron con el lomo de su trabajo, y el costo de una juventud tecnológica que abrumó sus capacidades comunicativas, de índole presencial. Una fantasía en la que una pelota de trapos tuvo la capacidad de serlo todo, en las manos de un viejo abandonado en un asilo.

Montados en el potro del presente, nosotros somos sus hijos. Cabalgamos en la lucha inexorable por aprovechar el tiempo que nos queda como protagonistas en el mundo. Eso es lo que exige nuestro contexto: el salir, bien sea a la luz, otras veces al mundo. Y somos hijos que estamos teniendo hijos, y, por lo tanto, sospechamos que seremos algún día como ese viejo al que la pelota de trapos le dio un significado definitivo, en medio de un mundo siempre abierto a la sofisticación. En este grupo, ya muchos tienen la sensación de haber perdido algo de impulso hacia el combate con el presente, por tener en frente un motivo para el futuro. Muchos ya logran decir: “En algún momento seré abuelo”, y se preparan para serlo.

¿Cuál es entonces el propósito de iniciarse en un período de crecimiento, ingenuidad y laxitud, para entrar un largo período de estaticidad, conocimiento y ansiedad, antes de la llegada de la lucidez infante de la vejez? ¿Qué tipo de misterio incomprensible nos hace olvidar indolentemente nuestros primeros pasos para demorar toda una vida en llegar a la rúbrica, la experiencia y el sosiego de la ancianidad? ¿Por qué se parecen tanto los sentimientos de un niño a la mirada de un viejo? ¿Por qué llegan a ser absurdos los sentimientos y los razonamientos de un adulto hacia la niñez y la vejez?

 

APARTADO TERCERO

Identificación

 

Yo también fui niño. Eso es lo primero que debo decir. Es la primera aceptación del reto de descifrar el enigma de la niñez, sin ser abuelo y siendo adulto. Pero puedo pensar en hacerlo sonar de distintas maneras, dependiendo de a quién me dirijo. Sabemos que la forma usual es: “Hijo: yo también fui niño”, pero siendo padres, usufrutuamos erróneamente la cualidad espiritual de la afirmación, para apropiárnosla en nuestra condición de autoridad o de institución hogareña. Por eso, vale la pena decir: “Papá: yo también fui niño”, siendo adulto. Observamos la idea y, ante nuestra autoridad, abrimos una compuerta inesperada. Y aún más misteriosamente: “Abuelo: yo también fui niño”.

Para poder solucionar la incapacidad de situarse acertadamente en la última acepción, el camino para un adulto es la introspección. Como propósito, haré un ejercicio de introspección.

Abro comillas.

Yo también fui niño.

Fui un niño de conjunto residencial, de parque municipal, pero convivieron en mi contexto una serie de contradicciones. Fui a sí mismo una oscilación entre el claro y el oscuro, del balón de cuero pero la pelota de medias también, de los muñecos de pasta y de goma y del trompo a la vez, de cuentos de oralidad y de fábulas a la par… de rejo a golpes y de regaño en palabras en el mismo lugar donde se me crio. Como mis genitores, continué siendo una mixtura. Una que, sin embargo, sólo conseguía progresar en un solo sentido, llamado madurez. Ya no para trabajar en las industrias familiares, para sustentar una familia propia o para alcanzar un nivel social superior. Crecí con la comprensión social de pensar en no hacerlo. Mis rigores fueron otros. Fui forjado para estudiar, ser éticamente correcto y progresar en la búsqueda de la vocación, bien fuere profesional o vital. En el desarrollo de ese proyecto, logré ser muy incorrecto y distraído.

Aquí puedo decirme: ‘Papá: yo también fui niño’, y no caer en mentiras.

Al leer y escribir, y convivir con el arte, hallé mis vocaciones. Al recibir algunos embates y también las escasas recompensas de la vida, en el camino paralelo a mis gustos he terminado muy solo, sin ganas de acompañar mi soledad por necesitar de una compañía a mi lado. Si bien seguí los gustos de mi padre, crecí siendo un punto negro en la pared de mi familia entera. Si bien me enamoré perdidamente, el valor de mis gustos ha superado la necesidad de una familia, acción que he trabajado para no tenerla. Y si no he encontrado un nivel holgado de vida, y por ende no he podido pensar en tener un hijo como un proyecto de riqueza, los alcances superiores de mi existencia dependen de lo que alcance a realizar en ese estado de excepción a las reglas ante mi entorno regular.

Aquí, puedo resolver parcialmente la acepción: ‘Hijo: yo también fui niño’. El no tenerlo abre la posibilidad de no saber qué es lo que significa ese diálogo, pero en paralelo resuelve mi condición de adulto, ante el niño que no tengo.

En esa soledad, han venido a encajar muy bien algunos artilugios y muchos de mis recuerdos de niñez. Cuando aún hoy en día alguien me muestra una foto del pasado, con sus respectivos artefactos y anclas del recuerdo, me doy cuenta del poder con que reside la niñez en mí, y de ese mismo poder viviendo en quienes crecieron conmigo. Lo han hecho de tal forma que en ocasiones parezco un niño insolente. Acepté esa condición como una burla dolorosa, a veces como un pretexto sórdido. Y ahora, justo cuando me considero o debo considerarme maduro –por así denominar baratamente la capacidad individual de seguir viviendo–, me cabe la pregunta: ¿Qué hay de mi niñez? Al mirar hacia mi tiempo y ante mi condición de adulto imperativo, debo preguntarme: ¿Se acabó la niñez?

No soy quién para afirmarme como progenitor, pero la irrefrenable algarabía de nacimientos que puedo observar en mis contemporáneos es asimismo el viso al futuro que reconozco a mi par. Los hijos de mis amigos bien pueden ser mis hijos, en ese sentido. Y en mi familia, ya cumplo el rol de padre del futuro: soy padrino. Por eso debo preguntarme también: ¿Para dónde van los hijos que estamos teniendo como sociedad?

Puedo decir para dónde voy, trayendo lo que he sido. Sólo así puedo anticiparme a la afirmación: ‘Abuelo: yo también fui niño’.

La mejor manera de tejer lo disperso es utilizando los artilugios, es decir, otorgándole un valor artístico a mis artefactos, capaces de generar la vida que subsiste con mi llama.

Recuerdo mi bicicleta Cross roja, con la que salía a jugar en soledad. Es un caso particular. Si fuera por mí la habría olvidado, o acaso la recordaría exclusivamente en su color. La recuerdo como un arte gracias a una patinadora, que bien puedo recordar como una insornia. A través de su madre, y de la mía, me veía obligado a socializar con ella por las tardes, en que lo único que deseaba era dormir. Ella, con su atuendo de muñeca en miniatura y con su voz de ardilla, volteaba el significado de mi bicicleta y la convertía en un instrumento social. Debía soportarla, tanto a la niña como al peso social de mi bicicleta, y aunque con pereza, encontré que lo hermoso de montar bici era salir a seguirle la cuerda a una chica en patines que no se callaba la boca. Era divertido.

Ella, una amiga que de grande siguió igual de enana a como lo era en mi niñez, me mandó tiempo después la vida de ese artilugio. Enviándome una foto, décadas después, me entregó la dote de su inmenso corazón. Era el retrato de un niño alebrestado que manejaba encorvado una cicla roja, que no abandonaba, muy a pesar de que sus rodillas pegaban con el manubrio. De lado, el chico veía hacia el frente, pedaleando, como queriendo llegar primero que alguien o escapar de una situación incómoda. Lina me dijo, al enviarme la foto: “Te adoro, mi compañerito de la bici roja”, y así llenó mi corazón de su recuerdo, y de la bicicleta, haciéndolos mío y mía nuevamente.

Situaciones parecidas me ocurrieron con el trompo a colores, que alguna vez pinté al óleo, y con todos los otros artefactos llenos de arte: el sombrero viejo de fique, la foca de felpa para dormir, la cabeza de un diablo que encontré en la calle, el cuaderno burdo de primaria con su cubierta anaranjada y su papel ocre, los muñecos de las tortugas ninja y los de la selección de fútbol de 1994, la colección de casetes regrabados para atrapar la radio en una cinta, el viejo equipo reproductor con sonido de caja de la pubertad, el tiple acústico con olor a roble mágico que chasqueé con cariño, y el memorable disfraz de El Zorro, por el que mi padre me puso ‘Zorro cagado’ en un día de las brujas. Todos, artefactos de un valor intrínseco que por alguna razón me ha costado botar, con el paso del tiempo y la permanencia de alguna memoria que los enclava en mi alma. Cuando pienso botarlos… ¡Carambas! ¡Me tiembla la mano! Y me tiembla la conciencia, pues algunos artefactos ya se han ido a mejor vida.  

Junto a ellos, miro diáfano al pasado en los artefactos de un valor extrínseco, como las fábulas de Esopo y Samaniego, el Robinson Crusoe ilustrado de Daniel de Foe, los Cuentos al amor de la lumbre de A. R. Almodóvar, la caricatura El armadillo juguetón de Gabriel Latorre y Máximo Flórez, las orugas de tela, los títeres y los zancos del loco circense del Lucho Argüello, los cuadros de animales de Obregón, Manzur y Hernández Prada, las esculturas de hierro de Pedro Villamizar. Están a la par.

Si los unos son artefactos, los otros son la arquitectura. Unos son mis artefactos, en los que se inscriben las memorias singulares, pero están los artefactos de mí, en los que me apropié de las historias que quisieron transferirme mis padres y sus amigos. Se convirtieron en los artilugios de la vida, en inspiradoras herramientas llenas de valores que traslúcidamente me definen. Y lo hacen engañosamente. Establecido su lugar perpetuo en mi alzada la madurez, las voces interiores, que me reclaman ser práctico y botarlo todo, recortando así los efectos sentimentales del artilugio, son menos influyentes que la trama, el surrealismo y la alteridad de soñar, pues es lo que hago al tenerlos cerca.

Esa es mi fantasía. Utilizo la imaginación de la niñez para voltear el traste de la realidad y reciedumbre de la madurez. Son artilugios porque no están en contra de mi vida: funcionan como sutiles advertencias de la presencia de una realidad peligrosamente cercana a lo sólido, incapaz de universos transfigurables.  

Sólo así puedo cavilar, y sentirme como un abuelo, y poder seguir soñando en la imaginación de la vida, para decirme a mí mismo: ‘Abuelo, yo también fui niño’.

Cierro comillas.

No sé si lo he logrado, pero identifico que, llevando vivaracha mi niñez en plena adultez, puedo decir de dos maneras lo que aún no sé: “Abuelo: yo también fui niño”, le puedo decir a mis antepasados en su tumba. Pero podré decirlo porque sabré decirme: “Abuelo, yo también fui niño”.

 

APARTADO CUARTO

Problematización

 

Si existe algún problema de contexto: ¿Qué es lo que nos pasa?

Decidí escribir esto porque me acordé de que, para ser niños, no sólo se necesitan los artilugios con que fuimos niños.

En la vida social de la adultez compartimos un doblez espiritual más tontarrón que las veces de un niño metiendo las manos en las rendijas de un ventilador, para ver qué puede pasar. Si quisiéramos ser ese niño, no seríamos capaces porque ni siquiera vemos el mundo con esa probabilidad macabra. En nuestro contexto de mundo no sabemos decidir hacer algo “para ver qué puede pasar”. Nosotros, los malabaristas de entre dos siglos, trabajamos para saber lo que va a pasar. Es nuestra naturaleza social. No somos arrieros, guardianes, gestores ni burgomaestres; somos administradores.

Si una persona con necesidades económicas visita un despacho laboral, imponemos a la comunicación un conjunto de celofanes imperdonables ante la sensatez. Por parecer sensatos, solicitamos llenar casillas que nos den cuenta del estado civil, el estado reproductivo y de la condición familiar. Instalamos nuestras preferencias e imponemos políticas de responsabilidad social para favorecer a quienes nos dicen: “Necesito el trabajo porque tengo hijos”, “Soy casado y pronto tendré hijos”, “Tengo una deuda de vivienda y un colegio qué pagar”. Requerimos saber si tenemos un adulto en frente, para darle a entender que con él algo sustancial podría pasar. Incurrimos en errores graves a la moral social cuando preguntamos por la preferencia religiosa de un paciente en una cita médica. Atendemos con desdén a quien se accidentó loqueando en un parapente, porque un adulto que se puso a jugar como un niño, en el concepto, se puso a buscar una dolencia sin tener enfermedad. Salta incansablemente y dentro de nosotros una mezquindad vergonzosa, cuando solicitamos un motivo para ayudar a un familiar en fracaso, o para acolitar a un hijo con un propósito secreto. Necesitamos de un fracaso para ayudar, necesitamos saberlo todo para acolitar.

No escribí, empero, pensando en las políticas laborales, que a todas luces prefieren a un adulto obrero y con hijos que a un soltero con necesidades financieras para su vocación personal. Lo hice porque, ante la certeza de que en los artilugios que formamos de niños, vinculados a objetos invaluables y recuerdos imborrables, surge una segunda condición que nos impide procrear a una sociedad infantilmente saludable, es decir, artísticamente fecunda. Y es que, para ser niños, algo dentro de nosotros debe morir. Para dejar la niñez, en algún momento debimos enterrar la ingenuidad ante lo desconocido, decidimos matar el sosiego de la soledad con el amor, aceptamos cercenar el tiempo con el deber profesional.

Pero, para dejar de ser adulto, en algún momento nos toca ser niños de nuevo, y algo debe morir. Debe hacerlo también. Debe morir la época en que fuimos exitosos como humanos, debe cesar la madre que nos distraía con sus caricias; y todo reunido, mandarnos a la soledad ambiente con que crecen los niños, haciéndose preguntas tan profundas para el alma en la entretención de su lugar de juego. Debe morir algo, y con la cercanía de la muerte, valorar la vida en todas sus maneras: infantiles, risueñas, pendejas o íntimas. Ocurre que lo haremos en la soledad cáustica del despido, a la que le tenemos miedo porque no sospechamos que allí la imaginación vuelve a vivir. Y aunque la gran mayoría llegará a entenderlo cuando llegue el día en que se hagan viejos, pienso que no es necesario envejecer para ser niños.

Cuando crecemos, vemos a nuestros congéneres como padres, madres y miembros de familia. Adoptando nuestro rol, somos más, o menos que ellos. Cuando crecemos, hacemos una pregunta que trasluce nuestra irrefrenable estupidez. Preguntamos: “¿Tienes niños?”, “¿Hay niños?” Lo hacemos para motivarnos a amar, otorgar, obsequiar y ofrendar, o decidir no hacerlo. Lo hacemos sin atender que la pregunta se responde sola, incluso en el cuerpo del hombre más solitario del mundo:

“Sí, tengo un niño… lo tengo adentro; soy yo, y lo necesito”.

Podemos decirle al mundo laboral:

“Necesito aire, y tiempo… estoy trabajando en darle gusto al niño que llevo dentro”.

 

APARTADO QUINTO

Apuesta

 

Toda política es una idea compartida, más que un mandato. Mi política se ha justificado en no reaccionar con vituperios a las frivolidades, estupideces o tozudeces que he podido distinguir en el trato y concepción de la niñez por parte de la sociedad adulta de mi contexto. Mi política procuró utilizar el camino de la memoria para servirme como ejemplo para pensar en finiquitarla como algo mayor a hablar de mí mismo, pues no es crónica ni diario. Como respuesta, la idea de mi política puede materializarse si puedo enunciar lo más coloquialmente la política, y ser ésta misma mi conclusión. Aspiro a la libertad personal de los individuos sin así querer saber qué es lo que va a pasar con la política, intentando ser lo más efectivo posible en contagiar el espíritu de la misma. Es la idea de la política la que requiere de una apuesta.

Al acordarme de mi niñez, y acudir al tiempo muerto de la soledad en una brecha vacacional de mis actividades adultas, insisto en una pregunta: ¿Se acabó la niñez? Es una pregunta que dentro de sí ya contiene una certeza de contexto, pero la respuesta, podría decir, es teoréticamente exacta. La respuesta es: No, la niñez no se acabó. Ocurre que sí hay algo acabado… sueño con que ese acabamiento no lo herede la humanidad que así lo decidió, o que lo hizo sin darse cuenta.  

Cuando leo y releo las noticias, que informan cifras y grandes proyecciones sobre la inversión en la juventud, se me apetece pensar en otras cosas. Lo que podría ser una fortuna, que es haber llegado a ser una sociedad maternal en la visión pública de la niñez, puede ser también una desgracia, y es que seamos maternales viendo las cosas como una madre ausente, buscando sustitutas. La niñez es tan importante para la sociedad de mi contexto que logramos ser muy jóvenes y dubitativos a la hora de apreciarla, o de “cultivarla”, como dicen muchos. Mi contexto de mundo, por consecuencia, desea una niñez primorosa para nunca, nunca llegar a sentirnos viejos. Es la principal razón por la que los niños nos importan, pero su vida nos produce miedo, pánico e incertidumbre.

Me da la sensación de que ser niño ya dejó de ser un rol capaz de habilitarse transversalmente en todos los oficios, decisiones y factores de la sociedad. Nos da miedo que, como madres cívico-sociales, algo les pase a nuestros niños al hacer contacto con la sociedad adulta. Unos ejemplos en paralelo me permiten explicarme mejor: Si necesitamos lectores, ¿no deberían sobrar los promotores de lectura? Si necesitamos creatividad, ¿no deberían tener la misma importancia los claustros universitarios y las escuelas? Si existen los niños, ¿no debería sobrar yo, en un mundo en el que hay niños, y más niños?

No es que piense que el individuo sobra. Es que el individuo es una consecuencia de la vocación. Pienso que el hombre, el legado del ser humano, es lo que parece sobrar. Por eso subestimamos a los individuos; es allí cuando todo se torna ridículo. Si a mi niño no le permito abrir un libro como Don Quijote, por ser viejo y complicado, estaré ignorando que hasta la fábula más inocua o la caricatura más atractiva requiere de una aguda interpretación. Y siendo niño, lo recordaré de grande. Todo libro se relee. Debería sobrar el hacer cosas para incentivar el deber de hacer lo que queramos.   

Ya no debemos comprometernos con los hijos, sino con nuestra propia niñez. Es un deber anárquico. Debemos llenar los hogares con cuadros que representen nuestras fantasías de siempre; debemos leer con la puerta abierta, para que ellos nos vean imaginando mundos; debemos guardar los artefactos para contarles a ellos las historias que hay detrás; debemos guardar las literaturas infantiles del ayer para transferirlas, e incluso, nutrirlas con las que se escriben para ellos en el hoy. Debemos ser crudos en el acto de contagiar a soñar abiertamente, y darles un instrumento musical, un juguete a ruedas y las llaves de algún ajuar, porque son indispensables para entretenernos con ellos mientras vivimos en un solo teatro de vitalidad. Ante todo, debemos ser niños al desarrollar esas prácticas, incluso sin tenerlos en frente.

No debemos tenerle miedo a transferir las mixturas de la niñez que pasó, y que, con nosotros los adultos, también va pasando, puesto que el pasado, por mal visto que se presente, es la marca de agua del futuro. Alguien es capaz de decir algo así cuando está convencido de que los que vienen son los que decidirán, y que eso no le incumbe.  

Dejemos de pensar que la niñez es un capital activo para la sociedad del mañana, y que son el cambio que como individuos se nos dificultó propiciar. Abandonemos de una vez por todas la noción religiosa que enseñó a los hombres que multiplicarse era la salud de nuestra propia vida, al materializar biológicamente a un nuevo ser. Dejemos también a la abuela, que nos habla al oído a la hora de castigar; a un lado y al destierro el vínculo con el pasado moral. El pasado viene en la forma de cuentos y chucherías, y también puede venir en la voz de la abuela, esa voz que debemos seleccionar; el legado se nos olvida a la hora de compartir, por aquello de la responsabilidad de enseñar. “Dejemos esas cosas de lado”, me dije cada vez que entré en malgenio al ver por doquier los absurdos de mi contexto social.  

Si apostamos por una niñez bienaventurada, aventurémonos en la propia. Todas las representaciones y artilugios que formaron el diseño de nuestras sonrisas, exhibámoslo en contraste a los meros artefactos que nos dieron responsabilidades paralelas, como la de la profesión o las propiedades. Repito, es un deber anárquico. ¿Cuántos de nosotros guardamos artefactos de la niñez? ¿Cuántos podemos definir nuestra vida a través de herramientas de tan poca significancia ante a sociedad, pero toda ante la individualidad? De seguro todos. Es hora de desempolvarlos. Así, entre todos –entre todos y en el todo de cada uno–, es probable que algún día podamos recordar el valor de la misteriosa cumbre de la fantasía, y dejar que los hijos hagan las suyas propias. Nos acordamos que somos y seremos infantes por siempre, y que todavía hay muchas cosas por hacer en ese sentido.

Ser infante es posible con pelos en el cuerpo, billeteras con tarjeas, portafolios llenos de compromisos o peleando con la sociedad, racionalmente. Es posible porque, infante que fue, niño es. Ahora bien: sólo eso. Hay una grávida diferencia entre ser infantes y hacerse infantiles. Ser infantil, es hacer lo que nuestro contexto social vicia: poner todo en términos de que los niños no saben nada, porque somos los que sabemos, los adultos. Ello es lo que nos hace infantiles, que es actuar de manera torpe, como si no supiéramos de es eso que fue ser niños. La niñez puede ser la fecundidad artificial que creció entre los destinos de la fecundidad física; viste al que, desvestido, no cesa. ¿Quién dijo que ser niño era algo preocupante?

En nuestro balancín de entre dos siglos, la niñez es una gran preocupación. Una falsa preocupación; como sí la reproducción, ese pequeño problema que no corregimos. A su contrario, la niñez es algo difícil de inspirar, y de cultivar, cuando el niño no soy yo. Si preocupación fuera, las grandes preocupaciones se resuelven solas. O desde adentro.

Allá estarán los niños, ni bien ni mal. Estarán porque viven, y deben crecer a su manera. Hay niños por allí, y con eso basta. Preocuparnos no tiene el menor sentido, puesto que allí están, con o sin nuestra supervisión. Ya no deambulando en las afueras, quizá perdiéndose en un aparato electrónico, pero están allí, deambulando igual. Lo que les ocurra depende mucho de nuestra atención, pero una por reflejo, no por nuestra vigilancia y monitoreo. Al fin y al cabo, los hijos en la voz de los padres son personas creciendo mientras envejecemos.

Hay que volar en un mundo corta alas. Hay que volar, y encontrar la manera en que nos vean volando. Hay que ser lo que siempre fuimos: niños.

Hay que hacerlo, así nos cueste hasta viejos.

POLÍTICA PARA LA NIÑEZ

Si un niño sabe que es niño y juega a ser adulto, el adulto debe saber ser niño y seguir jugando a ser adulto. Ante cualquier duda, favor escuchar al abuelo más cercano (sin hacer una sola pregunta).

 

Atentamente,

 

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

 

Columna: