Una bitácora al mar y Otro sueño de Diego Higuera

Imagen tomada de Pixabay

Una bitácora al mar

Sueño contigo

conmigo

sueños triviales

los de siempre

los ingenuos sueños del amor

la brisa en la piel

el cosquilleo en el vientre

el palpitar obsceno del sexo

huimos

adónde

quién podría saberlo

soñamos juntos

corres a la vera del mar

te haces espuma alada

ola briosa mojando la arena

sol níveo clavado del cielo

corres corcel blanco

empapado en sudor

libre de ti

libre de mí

libre de dios

voy a tu lado

jadeando bufando aullando

corcel negro de crines tupidas

ahogado en mi dicha

siguiendo  tu  sombra

tras tus huellas en la playa

soñamos el amor imposible

la caricia auténtica

sin insidias ni falsos juramentos

sin fantasmas salaces

libres de los otros

lejos de su furia bravía

de sus derrotas sonoras

somos el amor

mientras dura

somos su sueño frágil

su caída dolorosa

su ausencia antes de su ausencia

el beso antes del beso

nos soñamos íntimamente

con cuidado de orfebre

huyendo lejos por el malecón

con pies fríos en arena caliente

atentos al discurrir ligero de cangrejos grises

alejándonos para siempre de esta costa triste

al son de extrañas canciones

susurradas por el mar

el eterno mar de los poemas

sueño contigo sueñas conmigo

nos soñamos mutuamente

corriendo por la ribera

sintiendo el viento

siendo viento

ansiosos y amorosos

como esos cangrejos grises

ocultos en la arena

sueño contigo

por ahora

este eterno ahora

cuyo momento es todos los momentos

volcánicos abrazos

y devorantes besos

pláticas íntimas

sobre naderías

y la vida y la muerte

más naderías

un café un whisky un vino sangrante

el sofá donde descansan los cuerpos lánguidos

la calle que conduce a tus piernas

los mil y un lugares que prefiguran tu cuerpo

tus lágrimas mis lágrimas

herida sobre herida

lamento tras lamento

por ahora sueño contigo

y tú sueñas conmigo

por ahora eso nos basta

por ahora

la noche alcanza

 

Otro sueño

Estoy en una playa, abarrotada de gente.

Hormigueros humanos sobre la arena blanca.

El rumor de las olas arrastrándose lentamente…

La espuma coronando sus afanes húmedos.

La brisa salobre deslizándose sobre el océano amatista.

Bancos eternos de nubes caprichosas.

El cielo cóncavo, inclinado, expectante…

Alrededor, un silencio de piedra, de astros, de abismos cósmicos y oceánicos…

Todos callan.

De cuando en cuando, arriba, graznidos de aves.

Auguran algo las aves.

Las gaviotas sobre nuestras cabezas planean como aviones de guerra.

Nadie dice una sola palabra.

La multitud se junta, compacta, como queriendo brindarse amor.

Todos miran a lo lejos.

No veo nada.

Camino entre ellos…

De pie o recostados, miran algo que no logro ver.

El sol es una mancha borrosa de luz mortecina.

Algunos lucen preocupados, otros serenos, otros adustos y hay quien tiene cara de tonto.

En medio de la muchedumbre, veo a mi madre.

Yace sentada sobre una sábana.

También mira a la distancia, abstraída.

Me acerco y la tomo del brazo.

Sus ojos verdes, acuosos, me dan la bienvenida.

Sonríe plácidamente…

La anciana laboriosa, de pelo cano. ¡Mi vieja!

Me mira y sonríe.

¡Vaya  tristeza me embarga!

Siento pena por ella y por los demás…

Pena por mí.

Las olas siguen muriendo una tras otra.

Todo luce blancuzco.

Las formas se deshacen en medio de un fulgor desvaído.

Mi madre, mi pobre madre.

Me siento junto a ella.

Su sonrisa de nuevo me atrae…

Sus ojos buscan algo que no sé precisar, allá en la distancia.

El enjambre humano guarda silencio y observa atento el discurrir de las olas.

¿Qué?

¿Qué miran todos?

¡Yo  quiero ver!

Pero me da vergüenza preguntar.

Quebrar el hechizo en torno nuestro.

El silencio de hombres y mujeres.

¡Un milagro!

Todo me conmueve y siento pena…

Como en una película vieja, todo en blanco y negro.

Cine mudo…

Sólo hablan los elementos: el viento que no cesa, y el mar, siempre el mar.

Espero…

Esperamos…

Seguimos esperando.

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