UN PENDÓN PARA COLOMBIA

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"...siendo los karijonas y los uitotos acérrimos enemigos, fueron capaces de hacer la paz y la sellaron con canciones y bailes..."

Paz

Colombia 1995 - 2016

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Sentarse frente a frente para hacer la paz

En 1995, charlando en Araracuara (río Caquetá – Amazonia colombiana) con el Abuelo Gaïduama (El-que-arruma-piedras), del clan Guamárayï (Gente-de-Pedregal) de la Nación Uitoto, fueron surgiendo los episodios de una larga crónica en que daba razón de por qué siendo los karijonas y los uitotos acérrimos enemigos, fueron capaces de hacer la paz y la sellaron con canciones y bailes; ceremonia que aún se mantiene entre los uitotos: el «Baile de Karijona».

Cuenta el Abuelo Gaïduama que en una de las múltiples confrontaciones que sostuvieron sus antepasados, mataron a un guerrero karijona y capturaron a sus hijos: un niño y una niña, quienes fueron criados, según costumbre, como si fueran hijos propios del jefe uitoto, ancestro del narrador. Años después, burlando la floja vigilancia de sus captores, Nibonarí, el muchacho –encariñado ya con su nuevo padre–, resuelto a fraguar la paz entre los contendientes, escapa con el apoyo de su hermana Fenayïagno y se va donde su gente de origen, los karijonas y persuade a su jefe; luego, regresa donde el padre adoptivo a quien, también, convence. Logra que los dos jefes enemigos se reúnan. En una ceremonia ‒en que intercambian bailes y canciones‒ hacen la paz: ese acto humano por excelencia; lo es también el arte, la religión, la filosofía, la ciencia, la guerra, la política, el comercio, la crueldad y, por encima de todos, la compasión.

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Sobre el poema

El poema brotó de la emoción que me produjo esta acción de paz entre gentes aborígenes, que no andan engreídas pregonando poseer una cultura “superior a todas las demás”; como sí lo hacen muchos integrantes de la llamada «cultura occidental», la cual produjo maneras óptimas de existencia, pero también dio origen al implacable capitalismo predador y a sus desastrosas, crueles y muy previsibles consecuencias. ¿Podríamos los colombianos, y muchos otros pueblos que mantienen guerras internas, hacer otro tanto, y metamorfosear la injusticia –y el odio que genera y el dolor que se nutre de más y más heridas– en abrazo, en canto, en baile, en atuendo, en sonrisa? El mundo indígena está ahí para decirnos, no con simples palabras sino con ejemplos de vida, que sí es posible, que para comenzar bastan dos adolescentes resueltos y para concluir sólo se necesitan dos «seres humanos verdaderos», dos jefes decididos a hacer la paz con el apoyo de las gentes de buena voluntad.

En el poema se destacan con mayúsculas los seis conceptos básicos para superar un conflicto: Valentía, Confianza, Verdad, Justicia, Palabra y, por supuesto, Paz: los colores de la bandera de Colombia conformando la palabra que más llena de esperanza a los colombianos y al mundo.

El hecho de que el contenido de la campaña provenga de una experiencia indígena, cobra mayor fuerza toda vez que han sido los pueblos aborígenes los componentes primarios de la Nación Colombiana. Son, precisamente, quienes han padecido la guerra desde hace más de 500 años hasta nuestros días, con su secuela de líderes asesinados y comunidades desposeídas, desplazadas y objeto de una continuada marginación.

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Sobre las imágenes

Las imágenes que encabezan, finalizan y entornan el poema, corresponden a grabados en roca (petroglifos) situados en pedregales del curso medio del río Caquetá (Amazonia colombiana), línea que constituyó la frontera de guerra entre uitotos, al sur, y karijonas, al norte. Se destacan dos; el de arriba, es la esquematización de dos figuras humanas en posición sedente (postura del pensar), unidas por el mismo trazo: … la palabra que incluye, a la manera de un río circular, entrelazándonos en el fluir del diálogo, haciéndonos sentir uno-con-el-otro, sin dejar de ser cada quien lo que es; el de abajo, representa dos personajes… Diríamos: dos jefes sentados frente a frente, pero dando cara a la Nación.