Un leopardo de ocho décadas

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Un leopardo de ocho décadas

La fiesta del fútbol vuelve al Alfonso López. A escasos días de que el balón ruede, hay que atender la visión de un hincha que ha dado todas las batallas  por el equipo Leopardo.  

Por: Farouk Caballero/@faroukcaballero

Foto tomada de: http://www.ecbloguer.com/capsulas/?p=56995. En el enlace se aclara que la foto fue cedida por: Hermes Díaz de Acord Santander.

Antes de los vándalos, los hinchas leopardos eran niños, mujeres, hombres y abuelos que animaban con vozarrones y que siempre dejaban el mejor resultado que puede tener un partido de fútbol: cero muertos vs cero heridos. Hace 23 años pisé por primera vez el Estadio Alfonso López. De la mano de mi nono, Cristóbal Caballero, viví esa fiesta que debe volver al máximo escenario deportivo de Santander: familias enteras alentaban al equipo.

Hoy la historia es distinta. La violencia, los robos, los cuchillos, el miedo y demás se han tomado parte de la pasión futbolera en la Ciudad Bonita de Colombia, pero los que animan en paz son muchos más, y el pasado jueves 26 de noviembre se hicieron sentir: en el mismo Alfonso López no cabía ni un alma, el equipo respondió y el ayuno finalizó. Fueron 2.565 días con el Atlético Bucaramanga en la “B”. Para el hincha de corazón cada torneo sin ascender puede compararse con el dolor de la derrota liberal en Palonegro y ese infierno se extendió por siete años y diez días. Por eso, apenas pitó el árbitro el final del partido, decidí llamar a mi nono. Sentí que debía escuchar su comentario, porque él lloró con el descenso de 1994 y gritó con el ascenso en 1995. Le prometí que si Dios no lo citaba antes, iríamos nuevamente juntos a alentar al Atlético Bucaramanga, que ya es de primera.

“Bendición nonito, ¿cómo vio al Bucaramanguita?” Su respuesta fue tan contundente, que hizo ver al implacable Iván Mejía como una ternurita. Antes de entregar la respuesta de don Cristóbal, como se le conoce en el barrio Campo Hermoso de Bucaramanga, considero importante dar algunos datos que permiten comprender mejor sus palabras y que reafirman su santandereanidad. Cristóbal Caballero nació el 28 de julio de 1934, en la zona que se conoció como La Vega Villamizar, que hoy demarca el límite entre Girón y Bucaramanga. Sin hospitales cerca, la partera fue su nona, Margarita García. Es el segundo de siete hermanos: Victoria, Cristóbal, Oliva, Benito, Gloria, David y Jesús. Su padre, Ismael Caballero, también nació en Bucaramanga y su madre, Rosa María Ardila, nació en San Vicente de Chucurí. Tuvieron en total once hijos, un equipo de fútbol, pero la mortalidad infantil mandaba y sólo sobrevivieron siete.  

Cristóbal no puede ser más bumangués, a los 18 meses lo bautizaron en la iglesia de San Laureano. Esta edificación del patrimonio cultural, religioso e histórico de Santander, está ubicada frente a la plaza bautizada en honor al formador de próceres de la independencia: Custodio García Rovira. Tiene a un lado la Alcaldía de Bucaramanga y al otro la Gobernación de Santander. Ya bautizado, su familia se trasladó unos metros arriba de La Vega Villamizar: llegaron a La Granja Turbay, hoy barrio Mutis en Bucaramanga. De ahí pasaron a Campo Hermoso, donde él mismo construyó su casa. Siempre que el trabajo le daba descanso, pateaba balones, por eso no dudó y desde 1949, año en el que se fundó el Atlético Bucaramanga, se hizo hincha fiel. Se casó con otra hincha del Bucaramanga: Tulia Infante. También tuvieron siete hijos –cuatro mujeres y tres varones– todos hinchas leopardos. Le faltaron cuatro para completar el equipo de fútbol, que sí se armó con los nietos. Nos convocaba y daba el pitazo inicial de un picadito con una frase que me quedó tatuada en la memoria: “vamos a jugar un clásico”. Todos íbamos felices a respirar arena en la polvorienta y nostálgica cancha de Campo Hermoso, donde hoy los pupilos de Germán Wandurraga, antes jugador del Bucaramanga y ahora formador deportivo, intentan desmarcarse de la pobreza con el talento de sus piernas. 

A sus 81 julios, con su piel seca y manchada por el sol de ocho décadas, Cristóbal respira fútbol. Es un santandereano de pura cepa. Obtuvo su pensión manejando el bus 393 de una empresa marca registrada de Santander y de la historia del Atlético Bucaramanga: Unitransa. Allí recorrió miles de veces la ruta “Modelo”, que salía del barrio popular más grande de la capital Santandereana, Campo Hermoso, pasaba por el centro de la ciudad, visitaba San Francisco, La Universidad –donde dejaba a los estudiantes de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y de los colegios Santander y Dámaso Zapata, quizá las tres instituciones educativas más emblemáticas de Santander–, San Alonso y por supuesto, el Estadio Alfonso López. Todos los nietos nos turnábamos para acompañarlo en algún recorrido del bus. Aprendí la caballerosidad de su apellido al verlo parar por completo el bus para abandonar su puesto y ayudarle a una señora a subir o bajar su mercado. Sin embargo, cuando me tocaba esa fortuna, también me volvía una víctima de su habitual mamagallismo. Al pasar por el Caballo de Bolívar, ubicado en la glorieta frente a la UIS, siempre me preguntaba: “¿De qué color es el caballo blanco de Simón Bolívar?” Yo miraba el color oscuro de la estatua, la señalaba y contestaba dándole la cuota inicial de su carcajada: “¡Negro, no lo ve!”

Barra de Unitransa en el estadio Eduardo Santos de Santa Marta en 1984, Cristóbal levanta su gorro amarillo y verde. Foto: Archivo de Cristóbal Caballero.

De su empresa, Unitransa, heredó lo colores amarillo y verde de los buses y los instaló en sus tuétanos, hasta que fue un problema de vida o muerte. Dos domingos al mes, don Cristóbal se uniformaba y nos uniformaba. Nos daba camisetas, gorros, cojines, trompetas, cintas y pañoletas, todo amarillo y verde. La ropa de los pasajeros del 393 debía llevar sí o sí esos colores. Ya en el estadio, la barra de Unitransa era el pulmón de la tribuna oriental. Choferes, esposas, hijos, nietos, vecinos y más aficionados al Leopardo apoyaban los 90 minutos.

El amarillo local se trasladó a la pasión nacional de la Selección Colombia. Ese sentimiento que lleva en la sangre, casi lo mata. Su genio santandereano se le salía cada vez que Hamilton Ricard tocaba el balón, porque el delantero cuando no fallaba un gol a bocajarro, perdía la pelota. Ese rendimiento hizo que los nervios de don Cristóbal hicieran efervescencia y cambiara el fervor amarillo por el rojo de la piedra. Gritó la peor ofensa que le he escuchado: “¡Ésta es mucha perra, hijuepelona!” Desde ahí no fue el mismo. En segundos su sangre hirvió y su corazón se afectó: tuvo un pre-infarto por gritarle, pantalla de por medio, a Ricard.

La barra de Unitransa acompañando al Atlético Bucaramanga en Santa Marta, año 1984. Foto: Archivo Personal Cristóbal Caballero.

Estadio Alfonso López desde la tribuna Oriental, 1984. Foto: archivo Cristóbal Caballero.

Su afición al fútbol es mucho más grande de lo que puede soportar su corazón. Por eso hoy ya está agotando la vida útil de su segundo marcapasos. Ahora sabe que debe relajarse al ver fútbol, porque puede adquirir pasaje directo al cielo de los hinchas. Así sufrió con el paupérrimo cuadrangular que jugó el Atlético Bucaramanga a principios de 2015. Su frase aquella vez no fue para Ricard, los destinatarios fueron Jeysen Núñez y José “Pepe” Moreno, quienes demostraron una fe inquebrantable para devorarse goles hechos. Aún cuando era más difícil comerse el gol, sin pena alguna se cansaron de engullir todo lo que tocaron. Quedaron llenos de por vida y sentenciaron un año más al Leopardo. El nono con sus cachetes colorados y sus grandes anteojos que le hacen menos borrosa su vista, soltó su frustración: “estas son muchas perras. Ya ni saben parar un balón. No les da ni vergüenza con los viejos: El Papo Flórez, el Cuca Aceros, Américo Montanini, Miguel Oswaldo González, Landaburu, Ramoa, El Kiko Barrios… esos sí la ponían como un corozo. ¿Yo no sé a éstos quién les dijo que eran futbolistas?”           

Foto tomada de http://www.vanguardia.com/deportes/futbol-local/292287-se-viene-la-fiesta-del-futbol-santandereano(Archivo/VANGUARDIALIBERAL)

Su sentir futbolístico tiene razón de ser. Lleva una vida entera alentando al Búcaros, por eso quise conocer su opinión sobre el nuevo ascenso. Los años le permitieron alejarse del festejo del hincha y devolverme una respuesta a un toque: “No mijo, con ese Bucaramanga está arrecha la joda, duramos un año y nos devuelven, como al Cúcuta”.

Insistí en que seguramente los jugadores no pudieron demostrar buen fútbol con la presión de la hinchada, el estadio lleno y las finales. Le dije que el equipo había hecho 71 puntos, una cifra escandalosamente buena. Lo invité al Alfonso López para revivir esa herencia futbolera. Él me llevo de niño, yo ni caminar bien sabía. Hoy es él quien no camina bien. Sus pasos están cansados. Los años le hicieron cambiar la trompeta amarilla por el bastón marrón. Pero su sapiencia futbolera no admite negociación, por eso me entró con los taches arriba: “nooooo, yo por allá no voy, con ese equipo jugando tan mal… no le ganan ni al Asilo San Rafael. ¿A quién va ir uno a ver? No saben ni parar un balón, les rebota un bulto de cemento”.

Cristóbal Caballero y su nieta Jennifer Faride Caballero apoyando a la Selección Colombia en el Mundial Brasil 2014.