UN ÁRBOL Y OTRO ÁRBOL

más femenino entre sus formas, esperaba a que el otro árbol se acercara con su rama más extensa.  

A veces creemos que los desarraigos y las frustraciones sólo nos ocurren a nosotros, los que nos decimos humanos,  al parecer estos dos conceptos son invenciones propias de nuestra especie,  al parecer eso no le toca a otras formas de vida,  ¿pero cómo  saberlo? Si ni siquiera podemos llegar a las fibras internas de esas otras formas de vida con las que compartimos universo,  estudiamos sus características biológicas,  su  taxonomía,  se clasifican en  reinos y demás cosas raras inventadas  por nosotros para darles significaciones; pero qué decir de sus existencias propias, individuales,  un árbol y otro árbol no son dos árboles, nunca son dos árboles.

Desde una mesa en el Juan Valdés del Centro Cultural García Márquez,  en una tarde tal vez de sábado, tal vez de abril de 2017, tal vez solo o acompañado, esto último es lo que menos recuerdo; desde la mesa que daba la vista a la carrera sexta,  se podían observar dos árboles frondosos ubicados uno en frente del otro; pero qué digo dos árboles,  eran un árbol y otro árbol cuya denominación botánica desconozco,  cuya clasificación científica ignoro totalmente, sólo recuerdo sus ramas extendidas como brazos,  brazos buscando su adelante, brazos buscando su contrario, brazos buscando al otro,  buscando el abrazo, buscando el entrelazo.   El árbol de la izquierda, ese que daba  hacia la esquina de la  sexta con once, se levantaba más alto ante los ojos, ante mis ojos,  sus ramas eran más frondosas,  sus hojas más cubiertas de clorofila y de días mejores; y el otro árbol,  un poco más delgado de ramas, más ligero de hojas, más femenino entre sus formas, esperaba a que el otro árbol se acercara con su rama más extensa.  

La rama más derecha del árbol de la izquierda intentaba extenderse hacia el otro árbol, y esto mismo ocurría con el árbol contrario, que con su rama izquierda intentaba corresponder el encuentro, el toque de dos ramas contrarias. Sin embargo,  esas ramas extendidas no eran suficientes,  se quedaban cortas al intentar atravesar la distancia de sus respectivos lugares en el mundo; y no sólo era la extensión inconclusa de las mismas, también era el peso que las invitaba a caer, la rama de la izquierda se doblegaba ante la gravedad, en donde la fuerza del peso era más fuerte que la resistencia por alcanzar la otra rama, ese común derrumbarnos ante la imposibilidad del no estar en el lugar que deseamos,  ese común dejarnos caer cuando la desesperación se hace más fuerte,  y al parecer esto era lo que podía observar de ese árbol y ese otro árbol,  un intento fallido por encontrarse,  y era fallido porque ninguno de los dos comprendía que ese trozo de distancia que faltaba por recorrer era una pieza de tiempo faltante,  era un no tiempo para ellos,  aún necesitaban  hacer crecer sus ramas, aún requerían estar lejos, observándose el uno al otro en la desesperación de no poderse encontrar.  

¿Qué se puede hacer ante una imagen como esta?  ¿Qué hace un tercero al observar el intento fallido de dos seres que intentan tocarse?  La respuesta es nada, todos los terceros somos excluidos, estamos como dios,  sólo observamos sin intervenir y es así porque no nos corresponde hacer nada.  Pude buscar una escalera y  un lazo para atar ambas ramas y conjurar el encuentro; pero a los espectadores no nos queda otra cosa que quedarnos quietos.

Hoy regresé al Juan Valdés del Centro Cultural García Márquez, me ubiqué en la misma silla de dos meses atrás, y allí estaban un árbol y otro árbol, con sus ramas podadas por quién sabe qué imbécil que se le ocurrió desyerbarlos,  se veían ambos casi desnudos, más lejanos todavía el uno del otro, más sujetos a la imposibilidad de encontrarse. Alguien le dio por intervenir en sus destinos y ahora sólo se observan un árbol y  otro árbol, indiferentes el uno del otro mientras ven caer los días así

Como si nada…