Toros y derechos de las minorías (contra Antonio Caballero)

Fotografía: pixabay.com

Después de cuatro años sin corridas de toros, en medio de las protestas por parte de las mayorías que se oponen al maltrato animal, los aficionados taurinos volvieron a la plaza a reivindicar su derecho a disfrutar, como minoría, de una tradición cultural hispánica que tiene más de dos siglos de arraigo en el país. Más allá del valor que la tradición le da al arte y a la cultura, el regreso de la fiesta brava a Bogotá hace pensar en el concepto de lo que son las minorías y en el daño que las tradiciones le causan a la vida en cualquiera de sus manifestaciones.

Sin embargo, lejos de descalificar los gustos de los aficionados taurinos, no hay que desconocer la exaltación de la belleza y la bravura, ni los cuidados que recibe un toro de lidia antes de su sacrificio en la plaza, donde tienen la opción de pelear por su vida a diferencia de las vacas en el matadero. Tampoco, como cobran sentido el rito y el juego donde los aficionados experimentan en la muerte del toro una comunión sagrada con el vacío que subyace a la existencia.

Los taurinos, amparados en Hemingway o Mario Vargas Llosa, consideran que los enemigos de la tauromaquia no contemplan esa parte del cuadro, viendo únicamente un ejercicio de crueldad hacia el animal. Incluso, Antonio Caballero los acusa de ceguera para entender el arte desde la alta cultura —la sutileza de un lance de capote—  sino desde una concepción primitivista; pues representan al toro desde el antropocentrismo, humanizándolo como personaje de caricatura. Se honra la belleza del toro a través del ritual y el juego con la muerte, más de lo que se ha hecho con otro animal, dicen los aficionados. Por lo tanto no es el sufrimiento de los animales lo que se busca al prohibir las corridas, sino censurar una tradición que exalta el arte y la cultura, tanto como excluir el gusto de una minoría.  

Para los anti-taurinos animalistas no es la belleza del toro lo que está en cuestión, tampoco el sentido estético del rito y el juego, ni el significado profundo del sacrificio ligado a la prohibición de dar muerte a un ser vivo: participar de un espectáculo capaz de revelar los límites de ser, como lo planteaba George Bataille. Para los anti-taurinos el tema es el desarrollo de la humanidad, que así como superó prácticas religiosas que atentaban contra la vida, pueda empatizar con el animal más allá de lo simbólico, desde el dolor que siente al ser arrastrado al ruedo para ser capoteado, picado, banderilleado y atravesado con un estoque.

Es cierto que los aficionados experimentan con el toro el miedo, la sed, la angustia,   intuyendo un límite, pero es por la privación de ese placer por el que se sienten cohibidos, marginados, discriminados como minorías. Hay en este punto una confusión por apelar a esta condición como si se tratara de un grupo humano oprimido, como si se tratara de  víctimas del racismo o sexismo, que no necesariamente son llamadas minorías por ser una población menor sino por estar inscritas en regímenes jerárquicos donde  no se acepta la igualdad entre razas, sexos o especies.

Tampoco se equivocan  los defensores de la tauromaquia cuando hablan sobre el dolor que se infringen a otros animales al ser encerrados durante toda su vida en fábricas de carne, donde predomina la lógica de producción masiva; mientras que la tortura del toro sólo dura una faena. Pero también es verdad que la abolición de las corridas ha servido para ampliar el debate sobre la procedencia de los alimentos y considerar el sufrimiento de todas las especies por igual. Por ello, en pro de la tolerancia y la inclusión lo que no debe reprimirse es el derecho a la protesta de los anti-taurinos, ni volver a permitir, como sucedió el pasado domingo, que las autoridades declaren estado de sitio en las inmediaciones de la plaza cada vez que se vaya a celebrar una corrida.