Sobre Bob Geldof (Música en Cartagena)

Imagen tomada de Pixabay

“El Rock es en esencia la música de la frustración, la de los pobres que quieren ser parte del sistema, la de los punks británicos, la de los negros, la de los bluesman aullando en los bares, el rock es en esencia la música de los frustrados”. 

BOB GELDOF

 

Cartagena: un jueves 25 de enero de 2007

Hay una fila muy larga que se desprende de la entrada de la Plaza de la Aduana, atraviesa la plazoleta de La Torre del Reloj y gira extendiéndose indefinidamente por una de las esquinas de la Plazoleta Los Coches. Son las 8 y 30 de la noche y el concierto aún no empieza. La fila es gruesa. Hay gente venida de todo lado: de Colombia, de afuera de ella. La gente está relajada a pesar del calor y el tumulto. Algunos beben ron, otros hablan, otros sólo esperan. Cómo diablos no estar relajado a orillas del Caribe, me digo y rompo la fila para comprar una cerveza. Voy Donde Fidel, un bar de salsa brava y ritmos cubanos en la esquina de la Plaza. Está sonando algún endiablado bugalow y mis piernas empiezan a moverse por su propia voluntad. Escruto la posición de mis amigos en la fila y tengo tiempo como para repasar las fotografías de los muros. Una de las fotos muestra a Celia Cruz joven, poderosamente negra y de nuevo, mis piernas tiemblan. Pienso en los barcos que algún día llegaron a las costas colombianas cargados de afrodescendientes. Pienso en el blues y me río porque qué ridiculez es eso de relacionar el blues con Cartagena, pero sigo pensando en el Caribe y en el blues que nació mucho más arriba, en el delta del Mississippi, en ese vertedero que se sume en ese gran azul algo podrido que nos une geográficamente y entonces, sobrevuelo Cuba, República Dominicana, Colombia y pienso en los primeros vallenatos; los que nacían de los versos de los campesinos del César y la Guajira, para poner un poco de color a la labranza de los días, así como lo hicieron los esclavos que trabajaban en los algodonales de Louisiana. Entonces ya no me parece ridículo relacionar el blues con Cartagena; entonces me doy cuenta que esta noche todo es música: las murallas son un sangriento flamenco, la mona inmensa que está a mi lado es una polka arrebatada, un viejo costeño sigue a Justo Betancourt con la clave de madera, mis amigos que esperan en la fila son una rara mezcla de guabina y trash metal. Veo que mis amigos ya están muy próximos a la entrada, desocupo la botella de un sorbo, le sonrío a la fotografía de Celia Cruz y me muevo rápido para entrar al concierto que abre las noches del Hay Festival en Cartagena: el concierto del músico Irlandés Bob Geldof.

¿Quién es Bob Geldof?

Cuando uno piensa en Bob Geldof, las imágenes de la película The Wall de Pink Floyd (Alan Parker, 1982) aparecen en la pantalla del teatro mental. El sonido de “In the flesh?” empieza a tragárselo todo y la historia de Pink, encarnado por Bob Geldof, nos narra su dolor y locura. Si algo sabemos inicialmente de Bob Geldof, es sobre su protagónico en The Wall. Si algo ignoramos es que este hombre se llama en realidad Robert Frederick Zenon, nació en Irlanda a mediados de los 50´s y creció en medio de la pobreza irlandesa y en su juventud formó el grupo punk llamado The Boomtown Rats (1975), como antídoto a la injusticia social en la que vivía y que, influidos por bandas como The Sex Pistols, pasaron de la pura energía y agresividad punk de sus primeros trabajos a un sonido más liviano pero aún provocador de “I Don’t Like Mondays”.

En el otoño de 1984, tras años de dedicación a la música, con un relativo reconocimiento en Europa y nula aceptación en los Estados Unidos, Bob Geldof, preocupado por su situación económica y el futuro de su familia, llegó a su apartamento en Londres y, agobiado, se sentó a ver la televisión junto a su esposa, en lo que parecía otra noche común y corriente en la vida del músico. Esa noche Bob Geldof vio un documental de la BBC sobre la pobreza en Etiopía (realizado por Mohammed Amin) y este hecho lo conmocionó a tal punto que lo llevó a coordinar un single benéfico, “Do They Know It Is Christmas”. Esa misma noche Geldof hizo unas cuantas llamadas a sus amigos, y reunió al final un buen número de estrellas del pop británico quienes grabarían el single bajo el nombre de Band Aid y lo convertirían en el más vendido en toda la historia de Inglaterra.

Para esa época Bob Geldof planeó un enorme concierto benéfico que se convertiría en el Live Aid; dos conciertos impresionantes que se llevaron a cabo en el estadio de Wembley y en el estadio JFK de Filadelfia, el día 13 de Julio de 1985. La recaudación fue millonaria y esta fue distribuida con el fin de aliviar la pobreza en África. Lo que en el Reino Unido fue “Do They Know It Is Christmas”, en USA se convirtió en WE ARE THE CHILDREN, en ventas multimillonarias, ni más faltaba, y en cientos de fotos de Michael Jackson y Stevie Wonder sonrientes y dichosos.

Veinte años después, en julio de 2005, Bob Geldof fue el artífice de los multitudinarios conciertos del Live 8 que fueron realizados simultáneamente en 10 ciudades del mundo y que convocaron cerca de 3 billones de personas. Esto generó tal presión internacional que los miembros del G8 acordaron aumentar con creces su ayuda económica a varios países africanos. Este músico y activista político fue el hombre que se presentó un jueves 25 de enero de 2007, aquella noche caribe en Cartagena.

El día que conocí a Bob Geldof

El Hay Festival, que fue llamado por Bill Clinton “The Woodstock of the mind”, se realiza en tres ciudades y en diferentes fechas: en Segovia (España) en el mes de septiembre, en Hay-on-wye (Wales) en mayo-junio (fue en esta ciudad donde nació el Hay Festival) y en Cartagena (Colombia) en enero. Este festival es famoso por reunir escritores de distintas latitudes y ponerlos a conversar alrededor de los géneros, técnicas e imaginarios de la literatura universal. El ambiente que se vive durante los días de festival es de frescura y familiaridad y por eso uno suele encontrarse a los escritores o músicos invitados por las calles, en un bar, tomarse una foto y charlar con ellos.

La noche anterior al concierto de Geldof, nos encontrábamos departiendo en la Plaza San Diego (la pequeña plaza junto al Hotel Santa Clara) sobre una zona de restaurantes lujosos y bares en los cuales nunca nos tomaríamos una cerveza, cuando de repente un rumor de voces creció por el lugar al aparecer un hombre muy alto, muy blanco y muy flaco caminando hacía la tienda de la esquina: era Bob Geldof quien salía de la tienda y se sentaba en una de las largas bancas de cemento de la plaza. Allí estaba el desgarbado músico dándole cuenta a un paquete de papas fritas, imbuido en sus cosas, mirando el vacío caliente del Caribe y en actitud de quien espera a alguien.

Me acerqué, me senté y pregunté:

-Bob, ¿mañana qué vas tocar?- y acerqué la grabadora a su cara.

-Mis canciones por supuesto – me dijo con cierto orgullo.

- y de pronto… ¿vas a tocar un cover de Pink Floyd?- dije tomando conciencia de lo estúpida que era mi pregunta.

- No… sólo mis canciones, Pink Floyd no me gusta- y me miró como diciéndome otro más que cree que soy de Pink Floyd.

- Sé que nunca tocaste en Pink Floyd, pero bueno… el personaje en The Wall, es inevitable no relacionarte.

- Entiendo, pero ya te dije, no me gusta Pink Floyd- y se rascó una oreja algo impaciente.

- No te gusta Pink Floyd, ¿por qué?

- Porque yo soy Punk- me contestó Geldof y miró encima de mi cabeza buscando a alguien. Entonces acabé por arruinar la pequeña entrevista:

- Perfecto… entonces tocarás algún cover de The Ramones o Sex pistols- y retraí mi lengua, avergonzado, porque caí en cuenta que no conocía el trabajo de Geldof y entendí en un segundo la importancia de la responsabilidad periodística. Bob Geldof me miró con fastidio, miró encima de mi cabeza y se levantó:

- Mi música es mejor que la de Ramones, lo siento chico debo irme- y fue a reunirse con una rubia que venía hacía él. Geldof desapareció y no lo volví a ver hasta la siguiente noche en el concierto de la Plaza de la Aduana.

Noche del 25 de enero

El lugar está lleno y dividido en dos. La parte VIP está organizada en hileras de sillas blancas que van colmándose con personas que en su mayoría usan guayaberas, pantalones y zapatos blancos. Pulula en VIP la clase alta de Cartagena y los cachacos adinerados. La segunda parte, en la que está divida la audiencia, no tiene sillas, sólo aglomeraciones de manos, caderas y rostros: una cosa salvaje y desordenada, cervezas, cigarrillos y sudores. Bob Geldof salta al escenario acompañado de un buen número de músicos, la bulla, los chiflidos, las luces. Geldof se acerca al micrófono e improvisa algo en español: “Buenas noches, bienvenidos al Hay Festival… Voy hablar un poquito de Español… mi español es una mierda… esto es “Cuando viene la noche” when the night comes”. Y con esto Geldof inunda la noche con su primera canción, altas dosis de blues y country que se reparten en las siguientes canciones que cubren la primera mitad del concierto. Luego Geldof varía y hace un poco de Reggae y los cuerpos se mueven bajo el cielo cartagenero y la sensualidad de la piel salpicada por los tramojazos rojos de la música. Sobre el final de este trance colectivo, Geldof nos da veinte minutos de música irlandesa y dan ganas de tomarse de los brazos y girar, sonidos celtas para rendirle tributo al Caribe que en un nivel extendido e imaginativo es el mismo Mediterráneo, los tambores africanos retumbando en el vientre, los violines irlandeses salivando el aire, las guitarras británicas desgarrando la noche y los bongoes cubanos impregnando los muslos de esas terribles ganas de bailar sobre la arena “…Por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo”[1].

 


[1] Jorge Luis Borges, Otro Poema de los Dones

Sección: