Ser Pilo Paga, entre el prejuicio y la discriminación

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Ser Pilo Paga, entre el prejuicio y la discriminación

Por: Farouk Caballero/ @faroukcaballero

 

Dejad que los becarios vengan a mí, en breve los devolvemos. Esta parece ser la máxima que se impone en las universidades privadas más prestigiosas del país, gracias al programa “Ser Pilo Paga”, que ya consolidó su segunda entrega. Muchas versiones a favor y en contra de la iniciativa se han alzado con el arranque del año académico, por esto decido contar cómo viví una experiencia similar en la Universidad de los Andes entre 2010 y 2013. Allí, becado, tuve una oportunidad invaluable: cursé dos maestrías sin pagar un peso.

Llegué a un nuevo mundo. Las bromas por mi arribo de Bucaramanga a Bogotá no se hicieron esperar. Pero los bromistas no pertenecían a los Andes, eran amigos bumangueses radicados en Bogotá. Me dijeron: “¡pilas con la gallina debajo del brazo!, no le saque la mano al transmilenio, ellos tienen sus propias paradas”. Y era cierto, en esa época no estaba Peñalosa y aún existían estaciones.  

Luego, al entrar al campus, mi primer choque fue impactante: los vigilantes saludaban y no eran –como se cree falsamente– una extensión de la represión estatal y el autoritarismo. Ese discurso trasnochado que me hizo ver como enemigos a los vigilantes de la Universidad Industrial de Santander, aquí ya no me servía. Recuerdo que el frío bogotano me jugó una mala pasada, usé el baño y para mi asombro: ¡estaba limpio y no olía inmundo! Con los meses descubrí que si quería sentir nuevamente esa putrefacción, los Andes también me la ofrecía, bastaba con visitar los sanitarios del sótano del Edificio Aulas.

Dejo a un lado el sentimiento de pertenencia escatológico, para recordar el encuentro con mi jefe: Eduardo Escallón. Yo me había ganado una beca un poco “tramposa” para mi condición económica. Debía pagar la matricula, alrededor de $7.500.000 en 2010, y ellos luego me reembolsarían la totalidad del dinero. ¿De dónde iba a sacar ese billete? Para dar una idea de la economía familiar en ese momento, cuento que mi mamá tuvo que comprarme de urgencia una chaqueta por mi viaje a Bogotá. La chaqueta costó cerca de $60.000 en el almacén Éxito de Bucaramanga. El pago mi madre lo difirió a 3 cuotas de esa horripilante tarjeta de crédito de Almacenes Éxito. Mi padre se encontraba trabajando incomunicado en los Llanos Orientales, cuando pude hablar con él, me dijo: “mijo, a mí me prestan la plata, pero llego en 15 días”.

Yo tenía cuatro días para pagar. La única opción era un préstamo callejero que cobraba la suma agiotista de 10% mensual. Decidí entrevistarme con mi jefe. Nubia Aguilar, la asistente administrativa del Centro de Español, me recibió con una amabilidad inverosímil. Le conté mi caso. Ella, serena y con una sonrisa que nunca se le quitó, me devolvió: “tranquilo, el doctor no demora en llegar, espérelo”. Acto seguido, me pidió una elección inmediata: “café, agua o aromática”; bebidas que maravillosamente son gratuitas en muchas oficinas y departamentos de la universidad.  

Llegó el doctor. Me invitó a seguir a su oficina. Cuando escuchó mi saludo: “Buenos días, doctor”, me asestó un golpe de trato que me removió el mundo, a pesar de su doctorado, dijo: “doctor no. Eduardo. Siga, siéntese y cuénteme qué pasó”. Le conté el chicharrón. Cuando iba en la parte del prestamista sus ojos se abrieron y casi quebraban los lentes de sus gafas. Golpeó el escritorio y soltó un dardo tranquilizante: “¡Ladrones! Usted no se preocupe, yo arreglo eso”. Al día siguiente estaba matriculado.

Cursé muchos seminarios. Conocí gente de todas las regiones. Algunos becados con más dificultades económicas que las mías. Otros con más dinero del que podré tener en diez vidas, pero todos dueños de una camaradería que me hizo sentir en un nuevo hogar por cuatro años.

Ahora, debo decir que la tendencia siempre fue convivir entre becados. Sin razón, imaginamos que el estudiante uniandino nos rechazaba por esos prejuicios absurdos que alimentamos hasta el cansancio en las universidades públicas; donde, dicho sea de paso, una gran cantidad de estudiantes no proviene de familias pobres.

En mis clases jamás recibí un comentario como “trabaje usted que es becado” o “los becados se deben esforzar más”. Todo lo contrario, el trato siempre fue el mismo para todos. Los profes, como en toda universidad, eran buenos, regulares y malos, pero a muchos les debo esos aprendizajes que quedan para toda la vida. No puedo mencionarlos a todos, pero recuerdo que Patricia Zalamea me apasionó por la historia del arte. David Solodkow me motivó a continuar mis estudios y me dijo que me fuera a cualquier parte, menos a Argentina. Afirmó que Argentina tenía un gran problema, yo pensé que se refería a alguna dificultad económica o política, pero su respuesta fue de una sensatez envidiable. Al preguntarle por qué no debía ir a su país, dijo: “porque hay argentinos”. Adolfo Caicedo me enseñó que el conocimiento requiere sacrificios. Ómar Rincón me dejó claro que se puede ser muy crítico y académico, siendo fresco y buena onda. Hugo Ramírez me marcó el camino del doctorado: “hermano usted ya aprendió aquí, váyase a escuchar otros rollos. Pero eso sí, siempre estudie becado”.  

En ese tiempo nunca sentí algo que pudiese denominar como matoneo. Lamentablemente, la discriminación la he sentido al salir de los Andes. En diversos encuentros académicos y sociales, los estudiantes de universidades públicas sólo me incluían en las conversaciones cuando mentaba mi pregrado en la UIS, pero la exclusión traspasó las barreras nacionales. En el 2014, en un encuentro de becarios latinoamericanos Clacso-Conacyt en México D.F., los colombianos, como siempre, hicimos “parche”. Los temas fueron los mismos: ¿cuándo caerá Uribe? ¿Será que se firma la paz? ¿Hasta cuándo Colombia votará mejor? ¿Por qué surgió la guerrilla? ¿Qué une a guerrilleros y paramilitares con el narcotráfico? ¿Cómo responde la academia ante el conflicto y el posacuerdo?

De pronto, la conversación aterrizó en la becas Colciencias, tema espinoso hoy día. Comenté, sin saber que mis palabras me hacían carne de cañón, que muchos amigos son becarios Colciencias de doctorado en los Andes y que pueden dedicarse a sus estudios en Colombia con un ingreso mensual de seis salarios mínimos, lo que garantiza un nivel de vida muy bueno para la investigación académica.

De inmediato, mis interlocutores, todos de universidades públicas colombianas, me cayeron a palos con sus prejuicios: “esas becas son para los gomelos de los Andes”, terció uno. Otro sentenció: “hermano, plata llama plata, usted cree que Colciencias beca a los pobres… está loco, ellos becan a los futuros ministros y a los hijos de los senadores –con un rostro de obviedad y sus manos abiertas concluyó–, a los de los Andes”.

Mi única respuesta fue que, paradójicamente, la mayoría de personas que conozco que son becarias Colciencias de algún programa de doctorado en los Andes, cursaron sus pregrados en universidades públicas y provienen de familias que, por bien que les vaya, arañan la clase media. Por eso creo que “Ser Pilo Paga” es un buen paso, pero se necesitan más. Por ejemplo, uno de los muchos detalles a mejorar es el sustento diario de un becario en los Andes, pues el alumno debe tener asegurada al menos su comida, su dormida, su alimentación y sus espacios de descanso, para tener un buen rendimiento académico.

Hablemos en plata blanca: “Ser Pilo Paga” no cambia el problema de fondo de la educación en Colombia, pero garantiza un acceso a estudiantes muy pilos, que difícilmente podrían cursar sus carreras universitarias en las capitales colombianas. El programa debe mantenerse, mejorarse y cobijar a esos pilos, para que en unos años, ellos lideren el verdadero cambio.