Se llamaba… Desayunándome La Paz

Bucaramanga, 2 de octubre de 2016. En el Plebiscito por el Acuerdo de Paz con las FARC se impuso el NO

 

 

Colombia, 2 de octubre de 2016

El Plebiscito: “¿Apoya usted el Acuerdo Final para la terminación del Conflicto

y la construcción de una Paz estable y duradera?”

El resultado: No (50,22%)

 

 

Hoy me acordé de cuando a los trece años dediqué mi vida entera a una niña que, en la fiesta de gala en la que me le iba a declarar, terminó marcándose con mi mejor amigo. Es la democracia, compañeros. Me quitaron la novia porque aún no era novia, y si nunca había tenido novia, aún continuaba sin nada que perder. Lo que me dolía era que mi mejor amigo no la quería para novia, y eso yo lo sabía, pero había que dejarla ser a ella.

El siguiente texto funciona como las palabras que nunca pude decirle a ella, pero que conservé en la gaveta de mi memoria y no olvidé llevado por el odio ni malhumoré por el dolor.

Es una carta de amor que nunca llegó a su destino, pero me hizo un hombre mejor.

 

Digamos que La Paz es algo, algo que no es la ciudad boliviana. Acordemos conceptualizarla, e iniciar sus letras en mayúsculas para robarle su significado común y otorgarle un atributo que la particulariza, así éste resulte ignoto. El atributo es un espacio, uno que no es escénico pero tampoco sintáctico, por lo que aquí La Paz es algo, sencillamente. Algo que, a lo menos, está engendrado en la bondad.

Como todo lo bueno, La Paz es algo tan posible como perecedero. Yace en la incertidumbre. El ser humano, así como lo hago yo, se cansa de estar en paz. Sólo que La Paz, como acto venido de cualquiera de sus antónimos, logra ser algo. De la guerra sólo quedan pedazos de algos, despojos de un algo que quedó hecho pedazos. La Paz, a ciencia cierta, no es algo definitivo, pero se viste con el arraigo de un algo.

Un Acuerdo de Paz no es La Paz, pero acepta el cansancio de la guerra. Como quien prepara su corazón para el amor, al igual que lo hace el peleador con sus puños para la pelea, una paz acordada es el momento de soledad en el camerino. Una paz votada, es un acuerdo estrechado en manos. La procura es lo que vale.

Hacer las cosas en paz es algo distinto. La acción requiere consagración, y años en el oficio de pulir superficies ásperas de nuestro ser. Superficies que representan el confort del provecho propio.

Pregunto: ¿Cuántas veces ha glorificado la música de un artista que cuando lo escuchó por primera vez le sonó insatisfactorio? ¿En cuántas oportunidades ha idolatrado a un escritor que cuando conoció cara a cara lo decepcionó como ser humano? ¿Cuándo sintió que apoyar de corazón a un político significó un dolor agudo en la conciencia como consecuencia? ¿Cuándo enfureció porque el profesor que puso las mejores palabras en su boca no sabía hablar con sus actos de aquello que aprendió, viéndolo?

Respondo: De seguro muchas veces.

La Paz, pues, es un acto trascendente. En los actos trascendentes, el arte y la personalidad del artista necesitan de una desconexión. El arte es una cosa, la persona es otra. Y si la persona detrás del artista vale poco, es porque el arte valió mucho más que él, que sí mismos. Así es lo trascendente. Lo que va más allá, valora la procura generada en los seres por sobre los procurantes, y se suceden contextos sinónimos: los legados por sobre las memorias, la historia por sobre el recuerdo. Hay que tener guerra para acabar la guerra, pero hay que tener historia para entender la guerra al interior de alguien que procura estar en paz.

Si Juan Jacobo Rousseau afirmaba que lo mejor de las buenas acciones es preparar el alma para hacer otras aún mejores, no lo hacía pensando en la manera en que convenció a su esposa de abandonar a sus cinco hijos en un orfanato, al considerar que la educación y la paternidad eran asuntos teóricos. Habiendo nacido entre los golpes, infringía el despojo junto a su esposa, a quien tomaba por costal de angustias en su privacidad. “Mi corazón tan tierno y a la vez tan altivo, mi carácter afeminado y sin embargo indomable, que, fluctuando siempre entre el valor y la flaqueza, entre la molicie y la virtud, me ha tenido siempre en oposición conmigo mismo”, escribió en su libro de las Confesiones. Llorando, encerrado en el baño, asistía al colofón de su propia culpa, al dolor que de los nudillos de otros se repartía hacia sus nervios, en él inexistentes. Lograba decirlo porque lo hacía pensando en lo razonable del ser humano, no en sí mismo.

Así funciona lo indeleble, pues persiste al error, a la falta, al vaivén, al sello y la cara de lo que somos, una masa redonda y plana que conforma un mismo objeto.

No todos seremos personas consecuentes como Jean Paul Sartre, carismáticos como John Lennon o seres íntegros como ‘Pepe’ Mujica; difícilmente seremos personas que condujeron sus acciones al compás de sus pensamientos, sin tolerancia a la dualidad o a la estupidez. No podremos ser como ellos, pero entre todos ellos, hay una figura que nos enseñó algo más, y su nombre fue Nelson Rolihlahla Mandela. Él, tan íntegro, consecuente y carismático como lo fue, nos enseñó a aguantar, sin que el acto de aguantar constituyera una constipación del ser, sino todo lo contrario, una obertura profunda y cotidiana de lo que somos. Lo que somos, sin celofanes, a sabiendas de lo bueno que puede tener ese somos si consecuentemente lo llegamos a ser, sintiendo los provechos de querer serlo.  

Si lo pienso, La Paz no es mía. Si lo sigo pensando, no puedo aceptar que La Paz sea de otro que no soy yo, es decir, “no es suya”. No es de un país ni de un momento. Aun en su concepto, La Paz es un término común, una idea que el hombre construye por el hombre, a partir de lo que algunos hombres, en su concepto, han hecho por La Paz.

La Paz es etérea, y casi inhumana, rehúye a la persona, a la individualidad.

La Paz es la situación en que el espíritu encuentra la voluntad de procurarse un bienestar que sobrepasa la seguridad, la razón, la placidez, la riqueza o la procedencia de uno mismo. Se da, así como se dio el amor de un oficial alemán con una prostituta rusa en medio de la Segunda Guerra Mundial, y así como se dieron muchos hijos en Colombia, entre un captor y una secuestrada, entre un violador y una niña escolar, en medio de la selva y las trochas del campo. Y si “se dan”, como también se da el cuchillo que se hunde en el vientre del ser amado, producto de los celos, hay que aprender a concebir la importancia de ese “darse” de las cosas sin que, por el efecto mismo de darse, consideremos que están exentas de diferencias, malestares y contrasentidos qué tratar con esmero. De tanto aparentar darse, el insulto, la matanza, el estrés y la desconsideración terminaron “no dándose” en la historia de los países en segundo orden mundial, pues nunca fueron tan graves como para parar, tan sencillos como para solucionarse solos. Sólo “siguieron dándose”, algo que no “se da”, en realidad.

Así como La Paz suena a la recomendación de buen comportamiento que de boca de una madre se profiere a un niño, la decisión de La Paz funciona como el castigo verbal de un padre que anunció infructuosa y conceptualmente los deseos de valor ante un hijo. Es un acto bienhechor que trae consigo la autocrítica, y si pudiese describirlo a ciencia cierta, es un eufemismo con una sola conjunción lingüística. Y no estoy jugando a enredos. En ocasiones, el concepto es vago.

La costumbre, esa de la que se desprenden los hombres cuando pretenden optar por algo para mejor, es algo que permite “seguir” sin la conciencia de lo negativo, y sin la experiencia de lo positivo. Transita en la voluntad de abrir una puerta, y saber que los dos pasos que damos para entrar en el lugar que se abrió, son los dos pasos que no daremos para retornar de donde vinimos. Eso lo sabe el adolescente que va a una fiesta, y al entrar en la fiesta, sabe que entró de una manera, pero saldrá de otra. Para mal o para bien, en ese primer instante, el mismo joven lo sabe: si fue para mal, habrá más opciones de hacerlo bien en la vida. Pero se dio el paso.

Por eso, cuando un momento “se da”, ese momento, para darse, puede ser absolutamente ridículo, si por el momento mismo se ha dado. Es un permiso que “hay que darse”, y en un territorio llamado Colombia, en el amanecer del siglo veintiuno, se está compartiendo ese permiso.

Ahora bien, ¿qué puede ser La Paz? La Paz no es mía, pero La Paz soy yo. Soy, aquí y ahora, un ser humano posicionado en un lugar adecuado para cambiar, y cambiar por los otros, aun cuando haya sido y haya vivido en paz toda mi vida. Y si no para cambiar, mejor, para conducirse en una óptica distinta, que en este caso es la luz sobre la opacidad, el horizonte sobre el andén, el deseo sobre el desencanto, la cultura sobre la milicia, el mar sobre la cordillera. El eufemismo por sobre el verbo. Y ello, admite paradojas que destruyen el sentido de la experiencia, de la justicia en general. No hay justicia cuando se habla de justeza.

Me explico con longitud. No soy víctima de la guerra, pues soy hijo de un romance. No estoy en condiciones de aseverar qué es guerra y qué es conflicto, pero entiendo perfectamente qué es sufrir una guerra existencial sin entender la singularidad del conflicto vivido jurídicamente. No soy hijo de político ni soy un delfín del poder, pero entiendo la importancia de quedar en la historia en la mente de un líder. No sé alistar una pistola para disparar, pero acepto la necesidad incontenible de golpear a alguien cuando de arrasar su humanidad con mis puños se ha tratado. No he estudiado con vehemencia los más de cincuenta años de conflicto armado e intentos de paz en este país ecuatorial, pero recuerdo con exactitud clínica, con precisión de cirujano, los escasos momentos en que en casa se sintió la esperanza por el futuro, sin lastres del pasado. No pertenezco a la sociedad pobre, ni la del barrio ni la del campo, pero amén a la satisfacción de pertenecer a una clase media progresista, entiendo es preferible un papel y una paleta de colores para un niño desplazado que el doctorado que le permitió al estudiante universitario ingresar al séquito académico nacional… así sea el mismo niño. No presencié el surgimiento de las guerrillas en la universidad pública ni estudié en consejos políticos secretos de izquierda, pero entiendo la dificultad que es proferida a aquel hijo de familia conservadora al que le gustó el sexo, el rock o cualquier forma de liberación. No soy víctima, victimario, testigo, actor, heredero, interesado, representante o fruto de lo que le ha pasado a mi país.

Sólo nací en este lugar, que pertenezco al mismo y que entiendo, por lo menos, para qué lugar en el mundo van dirigidas mis acciones. Por estar en un mundo, se convierten en propósitos. Lo serán hasta que la única juez universal de nuestros seres, la muerte, acuse recibo nuestro.

En este lugar, un lugar de tierras calientes y buches fríos, se habla de La Paz sin saber qué es lo que significa. Y eso es correcto, siempre y cuando se acepte: “Hablo de Paz sin saber qué es lo que significa”, sin ninguna pena o coacción de nuestra vergüenza. Y lo complemento: “Si quiero o no quiero La Paz, al discutirla, estoy aceptando caminar hacia un lugar hacia el que lo único que podemos asegurar, es que no sabemos de qué se trata”. Y no se usted, pero eso a mí se me antoja fenomenal. No se sabe si es el fin de las armas, si el ocaso de la tristeza, si el adiós de la masacre y si el despido de una memoria bélica de siglos y siglos de desencuentros acumulados. Tampoco si el origen de una sociedad próspera, el comienzo de una economía de la cultura, el crisol de los oficios y las artes, o el paso inicial de un bebé llamado Nación, sin fragmentos, sin oficialidad y extraoficialidad. No lo sé.

Sé que en lengua castellana se está estudiando la inclusión de una nueva entrada al diccionario de la Real Academia Española. El término se llama “eutopía”, y se desprende del concepto madre utopía. Sabemos que el concepto madre nació con la navegación y la literatura ficcional, por lo general futurista. Sabemos que trata de los sueños ideados, que carburaron el alma descubridora de muchos viajeros, escritores y navegantes desde el siglo XIII. La utopía es la esperanza sin la creencia, la idea de un futuro inverosímil que permite a los utópicos crear visiones de realidad notablemente superiores a la vivida. Pero la utopía sigue siendo un combustible indeterminado, por lo que recientemente se perfiló su antónimo, titulado distopía, que es la visión de un futuro humano en el que el hombre se observa sin la prosperidad, en contextos amenazantes y negativos. Por ello, la utopía es el término común, y la distopía el concepto que la modernidad le propuso al original término romance. Y si en la modernidad no hay cabida a la esperanza, la vivencia de los tiempos modernos entregó también la certeza de que el diseño de prospectivas amenazantes sirve a la lógica de la ciencia, por constatación de resultados, pero no a la lógica política y a la lógica sentimental del hombre, por una misma cuestión de resultados. “Eutopía”, es un germen de concepto dialéctico, que habla con la misma dotación de realidad que la distopía, pero es todo lo contrario en su lógica: el diseño de una idea próspera parte, con esta palabra, de una idea de posible realización, no de un sueño o de una esperanza. Parte de la herramienta de la humildad y el espejo de los hombres, sin abarcar la ranciedad del escepticismo pero revestida con la neutralidad del eclecticismo, y cunde de prudencia. 

En un lugar donde no se sabe exactamente qué significa siquiera el nombre para sus habitantes, al decir: “De Colombia, soy colombiano”, la incertidumbre en realidad no es nuestro mayor problema. ¡Estamos entrenados en la incertidumbre! No hay colombiano que reniegue de su identidad, aun cuando no se tenga idea de cómo describir la suya propia. Partido por geografías, regiones, razas y costumbres tan diversas como divergentes, conformamos un país que se alimenta de las certezas parciales, de las partículas de la felicidad, de los encuentros casuales y frívolos. Por ello, aquí se puede hablar de La Paz con el orgullo total de la ignorancia, como quien no sabe quién es el Papa, quién Madonna, o quién fue Frank Sinatra. Como quien no sabe, pero sabe de otras cosas propias. Aquí, está habilitado decir “no sé”, pues no se sabe, pero se siente en colectivo que “algo bueno debe ser”, y con eso basta. Quienes aseguran lo contrario no lo hacen de la misma forma, pues no pueden decir “algo malo debe ser”, en tanto la sola propuesta les obliga a decir: “algo malo es”, y van preceptuando con sus intereses particulares, y sus clientelas, y sus fatigosas maneras de obturar la sapiencia. Aun así, en ellos subsiste la incertidumbre, y con ello también basta. Basta para sentir el viso por algo, por algo humano, a lo menos vivible.

Si La Paz transitó como una utopía desde que grupos armados de zambos, mestizos e indios se formaron en los territorios de frontera de las haciendas españolas, recién instaurado el sistema provincial posterior al descubrimiento, La Paz no deja de ser utópica. Lo que vivimos como conflicto armado interno en la modernidad colombiana es la distopía misma de aquél origen dual. Vivimos en el contexto amenazante de nuestro propio pasado. Y si existe una eutopía y su posibilidad, en la aceptación del Acuerdo de La Paz en Colombia, hay que partir de principios realizables. La restitución de tierras, una geografía agraria productiva, la formalización universal de la población trabajadora, una efectiva integración no armada entre los habitantes y un monopolio unitario de la fuerza, las rentas y la justicia por parte del Estado central, son utopías. Pero son realizables en la medida en que se sabe por qué son utópicas, pues se tienen identificados los principales problemas que le atañen: la guerra, la corrupción, el cohecho, la segregación. Al acordar La Paz, se acuerda el trabajo de la eutopía, que es entender el sueño de la prosperidad sin la pesadilla de la descomposición nacional.

Si no vivible, aquello que hipotéticamente se llamará La Paz —que en un tiempo lejano se recitará poniéndole cualquier concepto previo a la palabra—, se habrá gestado en las manos de quienes no la disfrutaron, pero la gestaron. Y ese tipo de otros es al que pertenezco. Con eso también me basta. Me es suficiente para saber que en un apretón de manos y una firma de compromiso adquiriré el sentido de la importancia solemne, de la ética moderna, sin besos en la mano, arrodillamientos necesarios, saludos militares ni consejos verbales. Un apretón de manos se replica cuando, antes de esgrimir toda palabra, contactamos con la decencia a alguien a quien recibimos bajo el auspicio de querer dejar que lo subsiguiente permita la sorpresa, pero la mejor de las sorpresas: la inesperada. Cuando algo nos sorprende negativamente, siempre se enciende una luz en nuestro tallo cerebral que nos dice: “yo se lo advertí”. Cuando algo nos sorprende, y lo hace de verdad, no hay tiempo para las palabras.

Es suficiente con que apretemos manos, y lo hagamos con la izquierda y con la derecha, para que no sostengamos en una u otra la posibilidad de un fusil agarrado. Como para que si el apretón no sirvió de nada, no nos burlemos de nadie, por sentir la pena que a veces ocurre al actuar derecho.

Los guerreros sentirán que alguien les metió las manos en los bolsillos, robándoles las armas. Los pacifistas sentirán que le metieron la mano en los bolsillos a los guerreros. Y a unos y a otros, el Estado les meterá las manos a los bolsillos, apretando la dificultad verdadera de La Paz: ser capaz de sostenerla. Y de todo lo que he podido leer y observar sobre La Paz en Colombia, hay un aspecto en específico que penetró mi egoísmo y me preparó realmente para La Paz: “Desde la instauración de Naciones Unidas y la vivencia de la posguerra en Europa, quienes han pagado la paz son los ciudadanos, aceptando hacerse parte de las tratativas de los Estados”, mencionó el sociólogo y colombianista francés Daniel Pécaut, en una breve y amena charla sobre el tema en un club de mi ciudad. Es por interiorizar su reflexión que debo entenderme como un actor inmediato de La Paz, así no me haya correspondido protagonizarla hasta el momento. Evadir la responsabilidad de pagar el alto costo económico de La Paz, de mi parte, sería comenzar a pensar que alguien me está metiendo las manos a los bolsillos, y no es así. O no debe serlo. Es mi deber entregar de mi bolsillo, y en el lugar indicado, mis pagos por La Paz. Y aceptar, no ausente de diálogo crítico, la forma en que me acarrearán los gastos y costos de haber llegado al punto donde La Paz puede llamarse como tal, pero debe mantenerse.

“Para hacer las cosas que nos gustan, hay que hacer muchas cosas que no nos gustan”, me decía un viejo mentor cuando halagaba mi escritura, pero criticaba mi pereza. Tiempo después vine a entender sus palabras de otra manera: “Habiendo perdido los halagos, encontré mi escritura, y hasta la pereza se hizo posible”.

En lo que a mí respecta, vale la pena esto de escribir sobre La Paz, vale incluso la vergüenza. En el país donde nací, se negoció, se acordó, se firmó y se votó La Paz, como concepto. Soy ciudadano de este país, y cuando indagaron mi opinión sobre todos los sucesos preliminares a la formalización del Acuerdo, no la he encontrado. No he podido hablar sobre La Paz porque hasta el momento ha sido una responsabilidad política, cuyo concepto, tras años y décadas de coyuntura política, apenas toma un indicativo social. Puesta bajo contrato, escribo sobre La Paz porque formalmente se ha firmado, y corren los tiempos en los que seré, ahora sí y como sujeto, un fehaciente protagonista, desde lo social. A lo mejor no me sentiré en paz, pero desterraré la idea de que vivo entre la guerra, pues hago parte de aquello que he intentado denominar La Paz.

Estoy seguro de que éstas no serán mis mejores letras, que perecerán al tiempo en sus sucesos. Pero sí, son letras, lo son en esencia. Y cuando se transfieren sentires, hay que dejar que ocurra lo que a un escritor no le gusta: volar. Aquí me quedo, volando, sin darle la opción a este escrito a que mis manos lo borren de un tajo, bien terminado.

La Paz es algo. Un algo que, si es nada —puesto que si se piensa así lo es—, sigue siendo un algo. Apretando mis manos con otras manos, aprendí a hablar con los viejos, aprendí a conocer y apreciar a las personas de tés negra, a levantar y dejarme levantar de y por los amigos, a desatornillar la homofobia, la ceguera, la misantropía y la ansiedad, cuando a punta de instintos y actos reflejos, todas esas sevicias me visitaron. Dando abrazos silentes, que para un argentino pueden ser besos en la mejilla o para un árabe una venia compartida, aprendí a saludar las cosas que se fueron dando. Porque las cosas que “se dan” no comienzan por un “se dieron”, La Paz en Colombia no es algo definitivo, pero está dándose. Incluso, el acto más vergonzoso al que concurrimos durante el proceso de Paz en Colombia, que fue el permitirnos ir a votar por un Sí o un No por La Paz, termina siendo un laboratorio dialéctico de alivios, y un compromiso ciudadano escriturado. Un cruce necesario de emociones. En ocasiones, el doliente tiene que gritar y el poderoso debe dudar, y gritando y dudando, el dolor y el poder suelen irse de las manos del paciente.

Si pudiese expresarlo en la boca de la civilización, hay unas palabras que siempre se le han pasado por la cabeza, tanto a los más dotados como a los más escépticos, en cada uno de los tiempos: “Me muero por vivirlo”. Es una frase civilizatoria porque, en ella misma, en la Civilización, se tuvo que sepultar una inmensa cantidad de cadáveres para continuar con su proceso. Eso han dicho los miles de millones de seres que afinaron su existencia ante algo de lo que no dudaron en algún momento de sus días. Lo han dicho tras perder una extremidad, un familiar, una casa o simplemente perder el tiempo. Y lo han dicho porque se han repetido sin dudar: “Me muero por vivirlo, pues de solo vivirlo, estaré tranquilo cuando caiga muerto”.

La gente mata porque no sabe sepultar sus penurias. Mata por intranquilidad. Perdida la vergüenza y sentido el alivio, morir es algo absolutamente necesario. Y nuestra Patria muere, finalmente muere, para convertirse en Nación. Y no me esperanzo en nada… procedo.

Del sentimiento político, Colombia apenas se desayuna con la estrategia de la vocación.

Detengo la escritura. Me quito las alas de membrana, renuncio a zumbar, y aquí mismo, paro de hervir y alimentarme de mi propia sangre, y le digo a quien me atiende:

—Doña Petrona, ¿me puede servir un par de huevos fritos con jamón y tocineta, junto a una manzana verde, un jugo de limón, un café con leche y un plato lleno de galletas? No es que tenga hambre, mi señora, es que tengo con qué comer.

—Mijo, usted no come tanto. ¿No le hará daño?

—Puede que sí, doña Petrona, pero nadie me quitará el buen sabor de boca. Todo primer bocado es un bocado que se prueba dos veces.

—Se lo digo, mijo: va a quedar ahíto.

—De seguro, doña Petrona. Ahíto, pero no indigestado.

—¿Los huevos con sal?

—Sin sal… y con pimienta, mi señora querida.

 

Me quería desayunar con La Paz. No me dejaron probar bocado.

El pote de sal quedó campante sobre la mesa.

Si no probé bocado, no me puedo echar a morir.

Reintegro mis alas de membrana, ensayo de nuevo el zumbido, y aquí mismo, comienzo a calentar el alimento de mi propia sangre: Porque la literatura es una ficción capaz de conmover con el poder de una realidad mayor a la vivida, este escrito pasa a dialogar con su propia ficción de realidad. 

 

Atentamente,

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

 

Bucaramanga, 2 de octubre de 2016

En el Plebiscito por el Acuerdo de Paz con las FARC se impuso el NO

 

Columna: