Reflexiones sobre la asamblea

Antes de que me tilden de fascista o vendido, los clásicos insultos estudiantiles, me gustaría ser leído en silencio. No soy portador de la verdad, pero quiero exponer mis puntos de vista sobre la asamblea permanente de la UIS. Si de esta discusión llegamos a puntos en común, en procura de una mejor práctica política, tanto mejor para todos.

            En primer lugar, todos nos preguntamos por qué, luego de que se decreta una asamblea permanente, la universidad queda vacía. Algunos apelan al argumento de la pereza; otros, al desinterés político de sus compañeros. Estas razones tienen su parte de verdad. Pero, de ellas, surge una tercera posición: muchos no asisten a la asamblea porque estas son largas, infructuosas, repetitivas y unidireccionales. Toda voz en contra es acallada o abucheada. Son ya clásicas las rechiflas estudiantiles ante un argumento que se salga de la lógica de la asamblea. Dicha falta de respeto es típica; y, en lugar de granjear prosélitos, disminuye el número de participantes, quienes se sienten burlados, intimidados y ofendidos solo porque su opinión no obedece al coro general. Y esto sucede entre personas que se presentan como tolerantes, abiertas al diálogo, críticas y con capacidad de concertación. No obstante, ¿es esa nuestra manera de hacer política? ¿El único contraargumento posible es la silbatina, el insulto y la lapidación pública? ¿No estamos imitando, así, las conductas de personas como Carlos Fernando Mejía, senador de Centro Democrático, quien palmotea y toma actitudes desafiantes ante sus contrincantes políticos? Si queremos asambleas nutridas hay que ser prácticos. Estas no pueden extenderse por horas ni centrarse en cuatro o cinco personas que deciden por toda la comunidad. Debe existir espacio para el debate, pero no para la ofensa. Lo único que logramos por este camino es una comunidad estudiantil dividida. En un bando, los que no aceptan críticas, cierran edificios y toman decisiones generales; y en otro, los que quieren llegar a puntos de acuerdos que beneficien a todos, pero temen expresarse. Una muestra gratis de lo que sucede en nuestro país. Una radiografía de nuestros defectos políticos y de nuestra incapacidad de organizarnos como sociedad.

            Dicha practicidad exige, además, claridad y pertinencia en las consignas por defender. En esta asamblea fue particularmente notorio que, cada tanto, se añadía un nuevo punto a la discusión. Si bien estos son dignos de mencionarse, también es cierto que una agenda inicial de no más de cinco puntos terminó convertida en otra que incluía temas que, en un principio, no motivaron el cierre de la universidad. Y aquellos que constituyeron la columna básica de la protesta, entre ellos, el desmonte del Esmad, pecaban por ingenuos. Que quede claro: a mí este escuadrón me parece perverso y violento. En muchos vídeos he visto cómo sus integrantes abusan de la fuerza y se escudan cobardemente detrás de sus armas. Más allá de su función, parecen divertirse golpeando a la gente. No obstante, soy consciente de que su desmonte es prácticamente imposible. Podemos negociar sus políticas, pero este gobierno no acabará con dicho grupo. Mi repudio hacia la fuerza bruta sigue intacto, y sé que ningún argumento servirá para convencerme de que las desmedidas actuaciones del Esmad son legítimas. Aun así, sé que la solución a este problema va por vías distintas a la exigencia de su desmonte, que, como dije en un principio, no se dará como resultado de una asamblea permanente. Es esto hay que ser realistas, pero también críticos: si porfiamos en la práctica de encapucharnos y lanzar papas bomba, el Esmad seguirá en pie. Así de simple. Si insultamos a esta fuerza, al tiempo que vitoreamos a quienes los enfrentan con piedras y explosivos, no estamos haciendo nada para promover su desmonte. Antes bien, les estamos dando una razón de ser.

            Otro punto por tener en cuenta, en aras de que la asamblea sea un verdadero espacio de discusión y participación política, del que se obtengan ideas plausibles, tiene que ver con las actividades que se realizan dentro de la misma. El cine foro y los talleres de discusión sobre violencia en Colombia, asesinato de líderes sindicales y rearme de guerrillas y paramilitares en nuestro país han sido útiles para todos aquellos que, por lo general, solo han tenido un punto de vista sobre nuestro conflicto y no han oído la voz de las víctimas. Los invitados y los panelistas han alertado sobre lo cíclico que resulta nuestra violencia, en aras de que nosotros, como sociedad, seamos capaces de romper con esas lógicas que han aplaudido el rearme como única salida. Pero dichos espacios, tristemente, brillan por la escasa participación de la comunidad, que opta por actividades lúdicas que desvirtúan la esencia de la asamblea. Entiendo que estas buscan aglutinar a la comunidad para que todos acudan a los espacios de discusión, pero el problema está en que suelen acaparar gran parte de la agenda. ¿El resultado? Una universidad que, en lugar de trazar una hoja de ruta sobre lo perentorio, sobre lo fundamental, termina convertida en un bazar, en un circo. Quienes asisten al campus en tiempos de asamblea, más que espacios de reflexión, ven espacios de esparcimiento. Por ello muchos deciden volver a sus casas y no participar de los encuentros. Un ambiente de esas características solo provoca un anhelo por volver a clase, por que el paro termine y los problemas fundamentales pasen a un segundo plano. ¿Por apatía política? Puede ser, pero también porque quienes dicen encarnar las soluciones, o al menos la discusión, no ofrecen otra alternativa que la lúdica apolítica. Ese es el ambiente propicio para que todos esperen la orden de volver a clase, y ese es el instante en el que, una vez más, la comunidad estudiantil se divide entre quienes se sienten comprometidos y traicionados y quienes se sienten exhaustos por no hacer algo realmente útil y maltratados porque sus opiniones fueron silbadas. ¿El resultado? Una comunidad académica fragmentada, como lo está la sociedad colombiana, y una elite gobernante que se ríe de nuestra incapacidad para organizarnos y a la que el paro no afecta en lo mínimo.

            ¿Y quiénes son los afectados? Todos nosotros: el movimiento estudiantil que lucha por un cambio, pero que no reconoce que debe estar abierto al diálogo y evitar la confrontación entre pares; los estudiantes que vienen de otras regiones y dependen de sus padres, quienes, al verse afectados económicamente, reconocen como válido el discurso de gobierno, que afirma que las universidades están llenas de gente que no quiere hacer nada; los comerciantes que viven de la universidad, quienes ven afectadas sus ventas en tiempos de cese de actividades; y los profesores cátedra, a quienes no se les paga durante dicha época, y quienes, si llaman al regreso a clase, son tildados de vendidos y censurados por los mismos estudiantes por redes sociales, aun cuando no negamos la existencia de problemas coyunturales en nuestro país, pero dependemos de nuestros salarios para vivir dignamente. ¿El resultado? Una comunidad que, en lugar de salir fortalecida, termina desmembrada y con evidentes signos de reproche entre los miembros que la conforman; y una elite que, sin haber movido un dedo, está feliz por nuestra división.

            Parece que siempre jugamos a su favor por no saber escucharnos.