Porque quería volar

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“Los manicomios siempre han destilado el espíritu de la época. Todas las deformaciones, las jorobas psíquicas y las excentricidades están tan diluidas en la sociedad que resulta difícil percibirlas, pero aquí, concentradas, revelan claramente el rostro de los tiempos que vivimos. Los manicomios son los museos de las almas…”

Stanislaw Lem.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta al 4,4 por ciento de la población del planeta, y ubica a Colombia por encima del promedio mundial, lo que genera preocupación entre las autoridades en este tema. Según la OMS, este trastorno mental afecta al 4,7 (5 de 100 personas) por ciento de los colombianos, un porcentaje que, según algunos estudios desarrollados en el país, podría llegar hasta los 19 puntos (casi 20 de 100 personas).

La primera vez que la vi fue el 3 de abril del 2018. No entablamos conversación alguna, solo compartíamos habitación. Ella me causaba mucha intriga, se veía tan pequeña, tan frágil, a diferencia de Daniela, quien tenía un carácter imponente. Puede ser porque era más grande que nosotras y también muy extrovertida. Mita, usted está muy flaca, me dijo en cuanto llegué.

Me habían dicho estas palabras incontables veces y seguían pareciéndome increíbles, pues no era eso lo que yo veía en el espejo. Me sentía ajena y extraña ante esos dos seres que eran totalmente opuestos entre sí, pero que habían coincidido en ese lugar por el uso común de evasores de la realidad o drogas, como usualmente se les conoce.                                                                                                                         

Sin hablarle a la pequeña terminé encubriéndola para que aquellos seres vestidos de blanco no la regañaran por incumplir la rutina. ¿Usted vio si Sharit se bañó?, me decían. Sí, ella lo hizo, contestaba con voz temblorosa, pues nunca he sido buena ocultando la verdad, pero por ella lo hacía porque algo inexplicable como el instinto me hacía ayudarla. Trascurrieron días, sinceramente no sé cuántos (en ese lugar el tiempo se distorsiona como en una narración novelesca) hasta que reuní el valor de hablarle y preguntarle por su edad. Doce, Mita, dijo. ¿Qué drogas consumes?, pregunté. Marihuana y pegante, mucho pegante, respondió. No pregunté nada más, quedé inmóvil, pues para mí hay ciertas sustancias prohibidas y esa es una de ellas. Las sustancias inhalables son altamente tóxicas y adictivas.                                                                                                           

En un estudio realizado por el Gobierno Nacional de la República de Colombia, a través del Ministerio de Justicia y del Derecho, observatorio de Drogas de Colombia y el Ministerio de Salud y Protección social, publicado en el año 2013, se dice que los inhalables son las principales sustancias de abuso entre los niños y adolescentes de escasos recursos. Se encontró que la prevalencia de vida en población general de consumo de inhalables fue de un 0.97% con el mayor porcentaje de consumo entre los grupos de 12 a 17 años. Esta sustancia es posible encontrarla fácilmente debido a su bajo costo en cualquier esquina o ferretería.

Despertaba y escuchaba la misma discusión que se daba día tras día, tras día. Yo no me voy a bañar de primera, decía Daniela. Yo tampoco, le contestaba Sharit envuelta entre las sábanas. Sin ganas de nada, sin estar ahí ni en ningún lado contestaba, yo seré la primera, tomaba fuerzas y lograba sentarme en la cama, buscaba las gafas y las pantuflas en donde las había dejado acomodadas la noche anterior y me repetía para mí, levántate, es solo un baño. Al cabo de un rato lo hacía, me levantaba de la cama y me dirigía al casillero 4-3, tomaba el champú y el jabón que mi familia me había llevado tiempo atrás, por último, sacaba la ropa interior y la pijama limpia que iría a usar durante el resto del día. Entraba al baño (el cual me parecía que era un lujo si lo comparaba con el que había en la sala de urgencias, la horrible, solitaria y desesperante sala de urgencias), cerraba la puerta y contaba hasta diez reuniendo el valor suficiente para abrir el grifo. Antes de llegar a este lugar pasé semanas sin hacer esta simple tarea, pues mi cuerpo no tenía la suficiente fuerza para hacerla. Finalmente caía el agua sobre mí y me sentía liberada y fuerte, proseguía a cambiarme en el baño y a salir. La que sigue, decía con un tono más alegre, pues había logrado esa pequeña hazaña; pero al rato se me bajaba aquella euforia, olvidaba esa pequeña victoria y volvía a la cama. Espero que se hayan bañado todas, ya va a ser la hora del medicamento, decía el más desagradable de los monstruos pegado a la ventana con esa melena rubia y aquellos ojos que todo lo observaban. Ya, venga y me güele pa’ que vea que ya, le contestaba Daniela con un aire desafiante. Tranquila que todo lo que hagan lo veo por la cámara, contestaba y se iba. Esa malparía la odio, decía Sharit. Yo seguía hibernando hasta que escuchaba el carro de la felicidad en la habitación 3. Ya vienen, gritaba Daniela entusiasmada. Abrían la puerta y comenzaba la exhibición (esto es porque entraban a ventilar todo tipo de trastornos, comportamientos, nos sentíamos como unos especímenes) cuando esta por fin culminaba, nos repartían un vaso de agua y los respectivos caramelitos blancos.

Ya pueden salir, saquen papel, decía la joven que se rodeaba de esos apáticos seres. Salíamos de la habitación y nos sentábamos en unas sillas blancas al lado de unos arbustos que eran decorativos a esperar que nos tomaran los signos vitales. Luego de eso servían el desayuno. Todavía no pueden pasar a la mesa, decía una. Ella casi no come, toca que pase antes que las demás para que tenga más tiempo, decía otra mientras me señalaba. Ah, esas dos también, continuaba. Me sentaban junto a la señora Laura y Susan. Laura no era capaz de comer sola, pues no tenía control total sobre sus manos, entonces le ayudaban. Susan simplemente estaba acostumbrada a masticar bien, según me comentó, y yo… y yo... No me entra la comida, le decía a una de las encargadas de vigilar el sitio mientras comíamos. ¿Quiere que le pongan una sonda?, me decía. No, contestaba con rabia. Entonces coma, rebuznaba. Pensaba en mi madre y decidía intentarlo, una, dos, tres, cuatro pequeñas cucharadas de caldo y ya me sentía satisfecha, un mordisco de queso y el vaso de chocolate o café. Me convencía mentalmente, hoy comí más. Corría la silla hacia atrás y me levantaba a llevar el plato. Gracias, quedé llena, le decía a la señora que mantenía el lugar un poco más ameno. Pero si no comiste nada, linda, respondía ella. ¿Me regala el pan, mita?, interrumpía Daniela.

El resto de la mañana pasaba entre hilos, pepitas de colores y mandalas; al medio día, el almuerzo, y ya en la tarde lo que todas esperábamos con ansias, las visitas. A la pequeña Sharit la visitaban solo los fines de semana, pues al padre le quedaba muy difícil desplazarse desde El Playón hasta donde estábamos, y la madre, a pesar de vivir cerca, rara vez iba. Debería traerme un dulce, me decía casi siempre. No dejan entrar comida, le contestaba y salía de la subdivisión del Hospital Psiquiátrico San Camilo, llamada Clínica Mujeres (en la cual había aproximadamente 60 mujeres, la mayoría eran niñas de 12 a 16 años. Las principales causas de ingreso eran depresión, ansiedad y abuso de drogas), al campus dentro del cual había canchas, arboles, unas simpáticas ardillas y personas de las otras clínicas hospitalarias.

Un día decidí entrar algo de “contrabando”, mi padre fue a visitarme por primera vez desde que yo había llegado, me llevó dos manzanas verdes (mis favoritas) y una enorme chocolatina. Las chocolatinas sí eran habituales en las visitas, si no eran mis padres, era Andrés quien las llevaba. Pues el dulce, según le comentó la doctora Villalobos a mi madre, ayudaba a subir de peso de manera más rápida. No puedo comerme todo eso, pero voy a entrar la chocolatina, le dije. Bueno ¿y la manzana?, respondió. Esa sí me la pillan, pero no sé cómo entrar el dulce, no quiero que me dejen sin visitas, dije con voz baja, como queriendo retractarme de lo que pensaba hacer. Dentro del brasier, contestó Andrés, un amigo mío que siempre iba. Está bien, le dije. Sonó el timbre y luego de una requisa entré, no se dieron cuenta del dulce, tuve que mantenerlo oculto hasta la noche. Ya dentro de la habitación vi que Sharit temblaba y decía con voz de súplica, casi llorando, necesito pegante. No sabía que decirle. ¿Tienen chocolate?, tengo mucha ansiedad, continuaba diciendo mientras sus ojos verdes repasaban la habitación de un lado a otro como buscando una salida. Yo tengo chocolate, hágase en la cama dando la espalda y hago que estoy recogiendo algo para ponérselo en la cama, pero tape la cámara pa’ que no me vean, le dije. Está bien, dijo con una voz más calma, pero sus manos color canela seguían temblando. Fue un éxito el plan, ella agarró el chocolate y se cubrió con la cobija, comió un trozo, tomó lo que quedaba con la toalla y lo guardó en el 4-2.

Desde ese día nos unimos un poco más, también tuvimos un acercamiento significativo gracias al cine, pues ella ya me había comentado días anteriores que, a pesar de su edad, nunca había visto una película animada. Entonces ¿qué haces, estudias?, le pregunté. No, yo no estudió, Mita, no me gusta, respondió haciendo una cara de asco como cuando a un niño se le da de comer aquel alimento que repudia. Me gusta estar en la calle de fiesta con mis socios. Mita, ¿le puedo hacer una pregunta?, me dijo. Sí, le respondí. ¿A qué edad perdió el virgo?, me dijo con mucha curiosidad. Al oír esto me ruboricé, pues nunca una niña de tan corta edad me había llegado a formular ese tipo de pregunta. A los diecinueve y ¿usted?, dije. A los once, contestó. ¿A los once?, repetí asombrada, ¿y con quién?, ¿querías?, le pregunté. Con mi novio, tiene catorce años y pues, Mita, es que una pegantiada hace lo que sea ¿Lo que sea? Sí, también he robado, una vez la policía llegó a mi casa y mi cucho me sacó a juete, me contaba con la cabeza abajo.

Para el investigador Ismael Roldán, cinco minutos después de inhalar pegante se despierta en el individuo un sentimiento de grandeza, euforia y excitación, acompañadas de alucinaciones visuales y auditivas. Esta etapa puede durar de 15 a 90 minutos. A ello le sigue una fase de confusión, en la cual se presenta la vulnerabilidad impulsiva y la sensación de que la cabeza y el cuerpo flotan. A esto se asocian dolor de cabeza y visión borrosa. Cuando pasa el efecto se les pone la piel de gallina y sienten mucho frío, apatía y tristeza, los muchachos tratan de evitar esta desagradable sensación repitiendo el proceso.

Cantinero, sírvame un trago, que no sea de alcohol, yo quiero veneno… Cantaba ella todas las noches antes de que hicieran efecto los caramelos. Bueno, ella en las noches no recibía caramelos sino unas gotas denominadas, por las de blanco, como tumba elefantes. Sharit puedes bajar la voz, no me dejas leer, le decía. Está bien, Mita ¿me regala la comida extra que le dan?, contestaba. Sí, pero se la debe comer en el baño, si no me regañan. Al rato la escuchaba de nuevo, me llaman al celular y me dan la noticia que hay un niño muy mal, tiene apenas quince años y se encuentra internado dentro de un hospital, que lo hallaron drogado, me comenta un amigo y que estaba tirado a orilla de un camino con los brazos pinchados y un fazito prendido porque quería volar, porque quería volar. Cerraba mi libro y no le decía nada más, terminaba escuchándolas cantar cumbias hasta que les daba sueño y se quedaban dormidas.

La primera vez que me abrazó fue el 9 de abril. Ese día no era yo, normalmente las visitas me hacían sentir mejor, pero ese día no. Era el cumpleaños de mi hermana menor, cumplía diecisiete años. Me puse la ropa para que me la viera, me dijo llorando. Te ves muy linda, le dije. Mi madre interrumpió diciendo, le voy a hacer una genovesa, pero no sé dónde conseguir la chantilly.

Yo sí, vamos y la acompaño, le dije. Al pronunciar estas palabras me di cuenta que me encontraba en una jaula de la cual, por el momento, no podía escapar y comencé a llorar. Pasé todo el día pensando en el cómo no me había dado cuenta antes de aquel encierro en el que estaba. Recuerdo estar llenando una sopa de letras en la noche mientras imaginaba a toda mi familia reunida en el cumpleaños de Stefany. Enfermera, enfermera la peladita se está rayando las manos, gritaba Daniela por la ventana. No sea sapa, le decía Sharit. No ve que luego le dejan más días, continuaba diciendo.

Al escuchar esto volví en sí, no sabía lo que estaba pasando, supongo que debía ser el efecto de los caramelos. Al rato vi entrar a las enfermeras con unos inmovilizadores, no logré responder, me sujetaron de las manos y me las amarraron a la cama; una de ellas tomó del carro feliz dos dulces más y me los dio. Estarás mejor, decían, con la poca empatía que les quedaba y que rara vez salía a flote en momentos de crisis. A los minutos no lograba respirar, sentía que la cama estaba cayendo a un precipicio, todo estaba oscuro, solo, no dejaba de caer. Yo intentaba salir de ahí, pero no era capaz, estaba atada. Luego de un rato pude decir, no puedo respirar. Enfermeras, volvió a gritar Daniela, se está ahogando. Venga mejor y le sube la cabecera mientras yo le busco la botella de agua, le dijo Sharit. Daniela asintió. Así lo hicieron, logré respirar y tomé agua. Daniela apagó la luz y mi miedo infantil a la oscuridad regresó, cualquier ruido me hacía brincar. Tranquila que es Daniela, me dijo Sharit, shhh, gorda hijueputa, ¿puede hacer menos ruido?, le dijo a Daniela. Al ver que no lograba conciliar el sueño acercó su cama sabiendo que luego la regañarían (pues en aquel lugar las muestras de cariño o acercamientos estaban totalmente prohibidas), agarró mi mano y me dijo, estoy contigo, no estás sola. Y dormimos abrazadas.

Luego de ese suceso nos volvimos inseparables. Compartimos varias películas infantiles dentro de las cuales se destacó Minions, una de las favoritas de todas las chicas del lugar; también aprendí a hacer trenzas, pues a ella le gustaba amarrar su suave y larga cabellera con unas moñas rosas que le llevó mi madre. Y así, sin darme cuenta, comencé a apreciar demasiado las cumbias (o las tecnocumbias, tan famosas y apreciadas en esta ciudad), pues al no haber música en ese lugar la tierna voz de Sharit se volvió todo un tesoro.

Finalmente me despedí de ella, sabiendo que había empezado a quererla mucho y que probablemente, nunca la volvería a ver. Regresé a casa y desempaqué mis cosas, los libros que leí, las cartas que otras chicas me dieron, las releo, a la jiposa y lectora más bella de Clínica Mujeres, y las guardé en una caja (mi caja especial para cosas especiales). A los días saqué el Uno para jugar con mis hermanas y no logré no llorar delante de ellas ¿Qué sucede?, me dijeron. Saqué una carta y se las mostré ¿Quién le escribió eso?, preguntaron. Sharit, Respondí.

Al tiempo me encontré con doña Isabel o como yo la recuerdo “la señora que me teje cosas de la 3”. Ella me observó extrañada, se acercó a mí como para constatar si era la persona que pensaba. Uy, casi no la reconozco, como está de cambiada, me dijo. Gracias, y usted se ve muy feliz. Desde ese día me he cuestionado en cuantas veces no he pasado por el lado (o hablado) de alguien ignorando todo el sufrimiento, dolor, desesperación que los acompaña. Es que la depresión es un monstruo silencioso que atrapa y conduce a las personas a hacer lo posible para no sentirse así. Parece que en realidad Colombia no es un país tan feliz