Politizar las señales de tránsito

Un ideograma, según Wikipedia, es “un signo esquemático no lingüístico que representa globalmente conceptos o mensajes simples. Por ejemplo, las señales de tráfico o los símbolos matemáticos”. Los ideogramas, además, “[s]e caracterizan por su universalidad, su economía y la rapidez con que se verifica su percepción: de ahí su amplísimo uso[1].

Dicha universalidad ha permitido que seamos capaces de comprender que un tenedor y una cuchara significan “Restaurante”, que un auricular indique que hay un teléfono cerca, y que la silueta de un autobús advierta sobre la proximidad de una parada.

Esta explicación de lo obvio resulta fundamental ahora que se han politizado los ideogramas. Hay quienes consideran que la silueta de un hombre, por ejemplo, más que indicarnos que podemos cruzar la calle, es, en realidad, una forma de invisibilizar a la mujer.


Pasen solamente los hombres. Interpretación feminista​​​​

Pero, si un tenedor y una cuchara significan “Restaurante”, la silueta verde significa “Avance”, y si está en rojo, “Deténgase”. El ideograma en cuestión no es un hombre: es una señal que nos indica que podemos pasar, que nadie nos va a tirar el carro encima. De ser cierta la interpretación, la siguiente señal no significaría “Prohibido el ingreso de animales”, sino “Prohibido el ingreso de perros”.


¿O sea que sí puedo llevar a mi gato?​​

¿Qué nos hace pensar que la silueta verde es un hombre, y a su vez, una negación de la mujer? La politización de las señales de tránsito. La “exclusión” de la que se acusa a la imagen no emana de ella, sino de la interpretación política que le damos.  Así como la silueta del perro no es una negación simbólica de los demás animales (cosa que cualquiera entiende), la silueta verde no es un mecanismo de discriminación sexista. Porque, repito, la señal en cuestión no es un macho: es una figura antropomórfica que nos indica que todos, hombres y mujeres, podemos cruzar la calle.

No obstante, quienes exigen el uso de semáforos incluyentes argumentan que lo que no se nombra no existe, y que excluir a la mujer de la representación simbólica es anularla como sujeto social. Una defensora de dicha tesis es Miriam Acosta, quien en 2014 firmó un proyecto que reguló el uso de semáforos incluyentes en Córdoba, Argentina. La decisión le costó a la ciudad una suma de veintidós millones de pesos, algo así como dos millones de euros.

¿No habría sido más útil invertir ese dinero en incentivos para la mujer? ¿Por ejemplo, en becas? Porque el semáforo podrá ser muy lindo, pero no hace absolutamente nada por disminuir la violencia, el acoso y las desigualdades que ellas sufren a diario. ¿Será que, por querer incluir a la mujer en la representación simbólica nos hemos olvidado de incluirla en la realidad?

Por último, quiero que veamos la siguiente imagen:



La señal es clara: hay un bici carril cerca. Que no aparezcan hombre ni mujeres no significa que estos no existen, ni mucho menos que hayan sido excluidos de la realidad. Y pedir, en este caso, la inclusión de una silueta asexuada sobre la bicicleta, para que todos nos sintamos a gusto, es una petición vana. Por ese camino solo llegaremos al abismo de la estupidez.

 


[1] Tomado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Ideograma. Recuperado el 6 de marzo de 2017. Las bastardillas son mías.