Políticamente pendejos

La corrección política no le está ganando la guerra a las desigualdades sociales, sino al humor, la fantasía y el sentido común.

Hace unos días, un amigo me contó un chiste políticamente correcto. Dijo: “Una vez, Silvio Berlusconi fue a una fiesta en Italia, a la que asistieron cuatro adolescentes despampanantes. Él llamó a la Línea Gratuita Nacional contra la Trata de Personas y las niñas fueron devueltas a sus hogares”.

            Me reí por la bobería del chiste, pero comprendí claramente su intención. De haber contado la historia original (en la que Berlusconi se queja porque las asistentes tienen diecisiete años, y no catorce), habríamos sido criticados por una horda de majaderos que nos habrían censurado por reproducir modelos heteropatriarcales. De nada habría servido decirles que la crudeza del chiste, su carga de humor negro, es la que revela el talante del político italiano. La risa que manifestamos no significa que estamos de acuerdo con la situación de las chicas. La risa, aquí, es una crítica mordaz contra los excesos de un pedófilo que no ve nada negativo en sus acciones. Nos estamos riendo de él, no de ellas.

            Pero, ¿vale la pena explicar el chiste?

            No obstante, hay mucho pendejo que últimamente lo necesita, pues consideran que reírse de esta historia es congraciarse con la violación. Son los mismos que hace unos años habrían dado rienda suelta a la carcajada; pero que hoy, como Testigos de Jehová de sus ideologías, mantienen el ceño fruncido para recordarnos que ellos son superiores a nosotros, que son más buenos e inteligentes, y que nuestra risa es censurable.

            Los políticamente correctos son personas que leen al pie de la letra: ese es el origen de su extremismo. Sus actitudes están fuertemente emparentadas con el cristianismo retrógrado. El espíritu crítico, en ellos, es relevado por interpretaciones ramplonas y simplistas.

El culmen de toda esta majadería fue la decisión del grupo Café Tacuba de no volver a cantar Ingrata, puesto que la letra incita a la violencia de género. No obstante, ni la canción de los mexicanos, ni el cartel de X-Men: Apocalipsis, ni la música de Diomedes Díaz son, en sí mismos, detonantes de la misoginia. Una canción, difícilmente, genera en nosotros actitudes criminales. Nadie necesita de Ingrata para darle una solfa a su mujer, y nadie necesita de una falta por encima de las rodillas para convertirse en violador.

Pero de ser cierto, ¿qué canciones deberíamos prohibir para que se acabe el robo de celulares? Porque si el veto de una canción elimina un problema, basta con que organicemos una comisión de sabios que defina cuáles son las melodías que nos hacen daño.

La autocensura de Ingrata no detendrá los feminicidios. Creer lo contrario es tan inocente como afirmar que Fiesta, de Hemingway, promueve la tauromaquia, o que Romeo y Julieta suscita la explotación laboral infantil (no olviden que en la obra trabajan dos menores de edad sin el consentimiento de sus padres). En este orden de ideas, no leer El viejo y el mar sería un gesto humanitario en favor de los ancianos que no tienen una pensión ni una vejez dignas, y una quema pública de varios ejemplares de Lolita evitará que en el futuro haya otro Rafael Uribe Noguera.

Los políticamente correctos son policías de la conciencia, celadores del discurso, censores de gustos literarios y musicales. Son impedidos mentales, personas incapaces de trazar una raya entre la realidad y la ficción. La suya es una lucha vacua, infértil, porque no están eliminando las desigualdades sociales, sino el humor, la fantasía y el sentido común. La autocensura de Ingrata no tendrá fruto alguno, porque la violencia de género existe con o sin música.

Pronto veremos que la única canción que pondrán en las emisoras será la de Los pollitos dicen pío, pío, pío. Pero esta también debería censurarse, porque no incluye a las pollitas en su discurso y porque la gallina tiene que buscar el maíz y el trigo, sola, sin la ayuda del gallo, lo cual recrea una sociedad heteroavícola que denigra a las aves de corral.

        *Texto publicado originalmente en el portal Las 2 Orillas. El autor cedió los derechos de publicación a esta página por considerar necesarios algunos ajustes sobre la primera versión.