No soy paisa, pero soy verdolaga

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No les pido que se pongan la camiseta verde y blanca, solo les ruego que no nos deseen mal. 

Por: Farouk Caballero/@faroukcaballero

A Olimpo Cardona, el bombo de la tribuna celestial

No se conoce con exactitud la fecha en la que a los hinchas de otros equipos les empezaron a doler más las victorias de Atlético Nacional que sus propias derrotas. En esa misma fecha incierta, se dijo que si nuestra ciudad de nacimiento tenía equipo de fútbol, obligatoriamente seríamos hinchas de ese equipo. Para algunos amigos, hinchas del Atlético Bucaramanga, nacer en la capital santandereana y ser hincha del Verde es como tener mamá y amar a la del vecino. Para ellos, quienes alentamos a un equipo con sede en otra ciudad cometemos traición a la patria chica.

Aquellos que me ven como apátrida pretenden levantar Muros de Berlín en las fronteras de Bucaramanga, Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Tuluá. Pretenden castigar a todo aquel que ose hinchar por otro equipo diferente al de su terruño. Pero se equivocan, pues les guste o no existe el libre albedrío futbolístico, el cual va más allá de los regionalismos exacerbados, pues la pasión futbolística supera, incluso, a la genética: un hincha de Millonarios puede tener un hijo hincha de Nacional… o viceversa.

No hay tal traición, dejémonos de vainas. Yo soy bumangués hasta el tuétano. Desde esa lógica (nací en Bucaramanga, debo ser hincha del Leopardo) no puedo escuchar vallenato ni bailar champeta. Tampoco puedo comer aborrajado. Mucho menos leer a Gabo o admirar a Botero. Para mí, el fútbol es arte. Los futbolistas son artistas que tienen magia en los pies y nosotros, sus adeptos, nos enamoramos por el talento que traspasa cualquier barrera regional.

El buen fútbol nos conquista de por vida, y no porque sea santandereano, valluno o paisa. Eso sí, una vez graduados de hinchas la fidelidad es eterna, porque como lo declaró Eduardo Galeano “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. El libre albedrío del fútbol permite alentar al equipo que se nos venga en gana, pero nunca traicionarlo.

La palabra hincha se originó a principios del siglo pasado en las tierras uruguayas del Río de la Plata. Allí, el artesano del cuero, Prudencio Miguel Reyes, era el encargado de “hinchar” el balón con el que se jugaba. El lenguaje popular uruguayo dribló a los puristas de la lengua y no usó jamás la palabra “inflar”. Prudencio no inflaba los balones de cuero, los agarraba en las manos, se los llevaba a la boca y los hinchaba con la potencia de sus pulmones. 

Reyes se hizo legendario por su vozarrón. Fue el primer hincha de Nacional de Uruguay y le entregó, en una palabra, el folclore suramericano al fútbol. En su tiempo, los partidos se presenciaban en silencio absoluto. Prudencio no siguió la etiqueta impuesta por los marineros ingleses que trajeron el fútbol y jugaban contra los nacionales uruguayos. Él no se aguantó y gritó con su alma. El gran periodista Luis Alfredo Sciutto inmortalizó la historia: “Al estupefacto público que asistía a los partidos de fútbol en 1900 le resultaba extraño que Prudencio se paseara de punta a punta, al borde de la cancha, alentando a los jugadores, lanzando gritos con su vozarrón y generando un clima que, hasta entonces, no se había visto. Tan insistentes eran las ruidosas demostraciones de Reyes, que allegados y visitantes se preguntaban: ‘¿Quién es ese que grita?’ La respuesta era unánime… ‘Ese es el hincha’… ‘El hincha pelotas de Nacional’. El ‘hinchador’ de Nacional ya formaba parte del espectáculo”. La historia, queridos amigos, revela que la naturaleza del hincha es alentar, no andar preguntando en cuál ciudad se nació.   

Nacional es Colombia en la Copa Libertadores

Soy hincha de Nacional porque mi papá me llevaba al Estadio Alfonso López a ver al loco Higuita, al duro Coroncoro Perea, al habilidoso pero frágil Diego León Osorio, al cumplidor Víctor Marulanda, al exquisito Alexis García, al corajudo Chicho Serna y al goleador a una nariz pegado, Víctor Aristizabal. Eran mis héroes. Ellos representaban el fútbol colombiano en el continente. Cuando no jugaban contra el Bucaramanga, disputaban la Copa Libertadores y la Supercopa Sudamericana. Yo los veía por televisión combatiendo a puro fútbol contra equipos poderosísimos. Eso me hizo hincha fiel del Verde.

Muchos dicen que con los títulos crecen las hinchadas, y que es fácil hacerse hincha de un equipo ganador. Quizá sea cierto, pero no fue mi caso. Yo nací en 1987, estaba muy pequeño para recordar a Higuita sacando y sacando penales hasta que Leonel se decidió a mandarla a guardar en 1989. Seguro lo vi o me quedé dormido, pero tampoco recuerdo a un equipo colombiano jugando “de tú a tú” contra el poderoso Milán por la Intercontinental. Apenas tenía dos años y a la memoria no hay que exigirle tanto, pero gracias al cielo hay You Tube y puedo repasar los partidos cuantas veces quiera.

Con esto quiero decir que a mí no me tocaron los gloriosos de finales de los ochenta, sino los dolorosos de principios de los noventa. Cuando por fin tenía edad para recordar, tuve que sufrir con Renato Gaucho y con Paulo Nunes. Eran habilidosos, impresionantes, y nos derrotaron. En 1992 Cruzeiro le metió ocho goles a Nacional. Renato hizo cinco goles y le dio un baile al equipo alternativo del Bolillo Gómez. Nacional no pudo hacer ni un gol. Y cuando ya esperaba disfrutar un triunfo internacional, apareció un rayo llamado Paolo Nunes en 1995. Él comandó al Gremio de Porto Alegre que nos quitó el título de la Libertadores.

Del mismo modo, sufrí con la paseada que nos pegó San Lorenzo de Almagro en la Copa Suramericana del 2002. Allí la banda orquestada por Romagnoli y el Beto Acosta nos hizo pedazos. La última dolorosa también fue en Argentina, hace dos años River Plate nos quitó la Suramericana en el Monumental de Núñez con dos goles bobos, pero definitivos.         

La patria chica también me aporreó la felicidad del triunfo. Kiko Barrios nos la tenía velada en el Alfonso López. Ese temible delantero hacía respetar la tierra búcara y cuando no marcaba, asistía a Ramoa y compañía; hablo de la década del noventa. Y en el nuevo milenio, cómo olvidar el día que un “pelao” de 16 años, llamado Sherman Cárdenas, hizo su primer gol como profesional con un misil de zurda que explotó en el arco norte defendido por Saldarriaga, en 2005.  

Sin embargo, hace unos días, Miguel Borja solo necesitó de 180 minutos para quedar en la historia de Nacional y llenarnos de alegría. Marcó cuatro goles en una semifinal de Libertadores e igualó lo hecho por el Palomo Usuriaga en 1989. Además, con los dos primeros goles de Borja, Atlético Nacional logró un récord histórico: es el único equipo en ganar de visitante, en una misma Copa Libertadores, en Uruguay, Argentina y Brasil. Pero, sorprendentemente, hubo miles de hinchas de otros equipos colombianos que querían que Nacional perdiera. Desear el mal ajeno nunca ha sido bueno. Creo que no entendieron a Galeano. Él decía que la fidelidad por nuestro equipo no se traiciona nunca, lo que no significa que haya que desear que los otros pierdan.  

Quiero terminar el texto con algunas confesiones. Sin dejar de ser verdolaga, yo sufrí en 1996 cuando el extraordinario Óscar Córdoba despejó mal en el Monumental de Núñez y América perdió contra River Plate. Me dolió cuando Martín Zapata, que Dios lo tenga de titular en el Cali celestial, falló el penalti contra Palmeiras en 1999. Me alegré enormemente cuando el Once Caldas, del inmortal profe Montoya, revivió a Goliat para derrotarlo a pedradas desde el punto penal. Ese día Boca Juniors aprendió que existen las medallas para el segundo puesto. El Once Caldas es el último campeón colombiano de la Copa Libertadores. En ese 2004 se ganó el tiquete a Tokio para enfrentar a Porto. Y allí, cuando Fabro estrelló el penal en el palo derecho ––no me enorgullezco––, pero debo reconocer que la puteada fue a grito herido. Ese recuerdo es doloroso porque cuando un equipo colombiano pierde, no pierde una ciudad o un departamento, pierde Colombia.   

Atlético Nacional se ganó el derecho a pelear por el título de la Copa Libertadores de América contra el sorprendente y peligroso Independiente del Valle. Y cuando digo que Nacional es Colombia en ese duelo, no me crean a mí, pero sí a los lugares de nacimiento de los guerreros verdolagas, que no solo representan a Antioquia. El arquitecto, Reinaldo Rueda, nació en Yumbo (Valle del Cauca). El capitán, Alexis Henríquez, es de Santa Marta (Magdalena). Davinson Sánchez es de Caloto (Cauca). Daniel Bocanegra es de Purificación (Tolima). Farid Díaz es de Codazzi (Cesar). Alexander Mejía y Macnelly Torres son la cuota de Barranquilla (Atlántico). Orlando Berrío es de la mágica Cartagena (Bolívar). Miguel Borja es de Tierralta (Córdoba). Marlos Moreno y Sebastián Pérez son la representación antioqueña, el primero de Medellín y el segundo de Envigado. La cooperación internacional viene de los guantes de San Franco Armani (Argentina) y de los guayos de Alejandro Guerra (Venezuela).

Hoy, en nuestra fiesta de Independencia, se librará la primera de las dos batallas. Será en territorio ecuatoriano y allí, antes del pitazo inicial, no sonará el Himno de Antioquia, sino el Himno Nacional de la República de Colombia, porque Atlético Nacional es Colombia en la Copa Libertadores de América. No les pido que se pongan la camiseta verde y blanca, solo les ruego que no nos deseen mal.