Manifiesto para los hombres de una mujer que trota sola

Una mujer que trota sola, primero que todo, quiere trotar sola.

Fotografía de: pixabay.com

Una mujer que trota sola, primero que todo, quiere trotar sola.

Una mujer que trota sola no busca que le digan: ¡qué bella estás!, ¿para qué haces ejercicio?

Una mujer que trota sola no quiere escuchar esos sonidos que algunos hombres hacen con la boca. Esos que te hacen parecer como si estuvieras desinflándote.

Una mujer que trota sola no quiere que la llames como a un perro.

Una mujer que trota sola sabe que puede caerse o tropezarse con algo. No tienes que advertírselo con esa frase manida: Cuidado te caes, mamita, bella, guapa, como sea.

Una mujer que trota sola, lo puede hacer para verse mejor, para relajarse, o porque simplemente, se le da la gana. De lo que sí puedes estar seguro, es que no lo hace para encontrarse con las palabras fastidiosas y babosas que tienes para decir.

Una mujer que trota sola, no quiere que le digan: Me alegraste la mañana. Entiéndelo: No le interesa alegrarle la mañana a nadie. Para decirlo mejor: tú le estás dañando su mañana.

Una mujer que trota sola sabe que suda. No se lo tienes que recordar con esta expresión: cómo sudas, mamita.

Una mujer que trota sola sabe que el sol quema. No tienes que decir: ¡Cuidado con el sol, bonita!

Una mujer que trota sola, lo que menos quiere es encontrarse con un tipo en una banca que la mire, cada vez que pasa, como si estuviera viendo una película pornográfica.

Una mujer que trota sola y pasa dos o tres veces por el mismo lugar no lo hace por ti, simplemente es su rutina y no tiene que cambiarla por un hombre.

No te desgastes diciendo cualquier cosa, cualquier ocurrencia de último momento a una mujer que lleva audífonos. En serio, no lo hagas, te ves como un hombre asfixiado de muecas. Ella no te escucha. Escucha su música, lo que ella quiere escuchar.

Lo más seguro es que esto no sea sólo la experiencia de una mujer que trota sola. Es la realidad, la vivencia de muchas mujeres en sus distintas cotidianidades. Cambiemos el verbo “trotar”, y seguro, saldrán otros manifiestos.

En los espacios públicos como los parques, óptimos para trotar, se pueden contar con los dedos el número de mujeres que los ocupa. Es raro, pero sucede. Los hombres, en el Occidente, en pleno siglo 21, siguen ocupando, en su mayoría, el afuera.

Los hombres en grupos se sienten más machos (no se entienda esto como una expresión favorable) para decirle a una mujer sola cualquier tontería que se les ocurra.

Una mujer que trota sola quiere ocupar el parque, la calle, como lo haces tú, con la misma libertad. Quiere sentir que ese espacio también le pertenece. Quiere andar y andar sin el temor de escuchar ruidos, palabras y suspiros. Tenemos el derecho de ocupar el espacio que queramos y que elijamos de una manera tranquila. El espacio público no le pertenece solo a ustedes, lo hombres. El espacio se construye con la ciudadanía, y la mujer hace parte de ella. La mujer tiene el derecho de apropiarse y vivir el espacio público; no, como los hombres. Quiere habitarlo como la mujer que es, y para eso, no tiene que pedir permiso.

 

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