Más allá de las montañas de Uyumbe ―Mitos, ritos y arte rupestre en el río Caquetá―

Author(s): 
Antropología

MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS DE UYUMBE

―Mitos, ritos y arte rupestre en el río Caquetá―

                                                                                                                         

Fernando Urbina Rangel

 

Introducción

 

Preuss plantea  (1994:13-15) la posi­bilidad de encontrar entre las tradiciones míticas y rituales de pueblos aborígenes amazónicos actuales (1914), elementos que permitan dar algunas luces acerca del sentido de obras escultóricas localizadas en la zona trascordillerana del alto Magdalena (Uyumbe[1]). La aproximación mayor la hizo entre los uitotos, nación indígena amazónica, algunos de cuyos repre­sentan­tes habitaban, a la llegada del investigador alemán, en un afluente del curso superior del río Caque­tá, relativamente cerca del piedemonte oriental a donde habían llegado desde su hábitat tradicional[2], huyendo de la acción genocida de las empresas caucheras, a comienzos del siglo pasado. Preuss abre el primer capítulo de su obra así:

“Se avecinaba la temporada de lluvias, lo que hacía necesaria la suspensión de las excavaciones en proximidades de San Agustín, cerca del nacimiento del Magdalena, que me mantuvieron a la expectativa alrededor de tres meses y medio y que hasta el último momento dieron su fruto con el hallazgo de nuevas estatuas. Ahora se trataba de abandonar lo más pronto posible esta misteriosa región, única en Suramérica, para ponerse oportunamente al amparo de una maloca indígena y allí, en la religión de los que aún viven, encontrar quizá los puntos de referencia que ayudaran a la comprensión de las figuras y sarcófagos de piedra descubiertos aquí recientemente…”[3]

   El problema de la posible existencia de tal ámbito conceptual común se inscribe en un contexto mucho más amplio: el estudio de los vínculos y mutuas influencias entre las innumera­bles culturas que configuraron la civilización abyayalense[4] y en el puesto cada vez menos marginal asignado a las Culturas de Selva Tropical (Ecuatorial) Húmeda (Lathrap 1980:21, G. Reichel, 1978:47). De modo ineludible, los primeros descubridores de los ámbitos en donde se desarrollaron las culturas de las tierras altas, como es el caso de Uyumbe, procedieron de las tierras bajas, por donde pasaron en su ininterrumpido avance en busca de nichos favorables y siguiendo el afán atávico de explorar.

   Retazos de las tradiciones fraguadas en su larga permanencia en las tierras bajas se pudieron haber conservado en los gestores de las culturas de las tierras altas[5], mediante tres lenguajes: el gestual, el oral y el gráfico. En los tres está presente el mito[6]: fórmula del pensar que permite salvar del olvido lo que se considera fundamental en cada cultura. En algún momento de toda cultura arcaica coincidió la palabra y la obra que hoy es arqueológica; ésta perdura, tanto más si se escogió la piedra como soporte. Pero se ansía la palabra: es la que más esclarece sentidos; sólo que la inmediatamente asociada a las obras pétreas de Uyumbe ha desaparecido. De pronto, en otro lugar razonablemente conectado geográficamente, perduren mitos y rituales que puedan decirnos algo pertinente al haber conservado retazos de tradiciones milenarias que un día fueron contemporáneas –mas no ubicuas– con las esculturas de Uyumbe, especialmente –pero no únicamente– en los orígenes de estas últimas. Tras de ello fue Preuss; un caso juicioso y acotado de paralelismo etnológico[7].

 

Algunas fechas y ámbitos geográficos de contacto

La data mejor consolidada para la presencia temprana del hombre en el curso medio del río Caquetá (Amazonia Colombiana) es del 9200 a.p. (Cavalier et al.:27), si bien se plantea por parte de Castaño y Van der Hammen (2005:56) una probabilidad de ocupación humana anterior al 19500 A.P. –presencia de arte rupestre y carbón vegetal‒ en la Serranía del Chiribiquete. La conexión cultural (cerámica, esculturas en piedra) entre Uyumbe y la Amazonia adquiere mayor seguridad luego de las investigaciones reportadas por Llanos & Ordóñez en Altos de Lavaderos (1998:97-98) y Llanos & Alarcón en el alto Caquetá (:2000); la conexión genética, a su vez, se muestra en la presencia del haplotipo mitocondrial D, el mayoritario entre las etnias amazónicas (Camilo Fernández citado por Llanos & Alarcón, 2000:39), localizado en restos óseos hallados en las excavaciones realizadas en Altos de Lavaderos (tumba Nº 8) por Llanos & Ordóñez (Llanos, 1998:54-56).

   Respecto a la ruta de conexión entre Uyumbe y la Amazonia, la más probable haya sido, como lo destaca Llanos & Alarcón (2000:20), la del río Caquetá cuyo nacimiento es bien cercano al del río Magdalena. El acceso desde la región amazónica, transponiendo la Cordillera Oriental, al área de Uyumbe, resulta privilegiado por ser el tramo montañoso con pasos más fáciles. El río Caquetá vertebra la parte central de la Amazonia colombiana. Dada su riqueza biótica (riberas inundables fértiles y gran riqueza ictiológica), debida al arrastre de sedimentos cordilleranos, fue uno de los más poblados desde las primeras ocupaciones humanas de la Amazonia colombiana; por ende, la región caquetense es donde se da, hasta ahora, el mayor número de testimonios arqueológicos del suroriente del país.

 

Arte rupestre en la Amazonia colombiana[8]

Para esta extensa región colombiana se cuenta con una bibliografía precaria (Urbina:2000) que contrasta con la abundancia de obras rupestres. Merecen especial mención Ermanno Stradelli (:1900), Theodor Koch-Grünberg (:1907), Gerardo Reichel Dolmatoff (:1967) y Manuel Romero (:2003). No fueron los únicos en valerse de paralelismos etnográficos –expresamente con base en mitologías y rituales– en orden a encontrar orientaciones para explicar el sentido de las obras rupestres (Cf. Castaño & Van der Hammen:1998, 2005). Este género de hermenéutica aplicado en Colombia proviene, por lo menos, del primer cuarto del s. XVII, con Fray Pedro Simón, quien en sus Noticias Historiales (1981: t. III- 373-5) certifica que los indígenas muiscas ya hacían alusión a las pinturas localizadas en su territorio refi­riéndolas a un tiempo mítico, incluso afir­mando cómo Nemterequeteba (Bochica), héroe cultural, había dejado en las piedras de las afueras de los pueblos las representaciones de sus enseñan­zas tecnológicas, referentes al procesamiento de las telas de algodón. Es motivo de sonrisa indulgente que los estudios del arte rupestre a nivel mundial partan, por lo general, del vergonzoso y tardío reconocimiento en 1902 de la existencia de arte rupestre prehistórico en Altamira, denunciado ya por Sautuola en 1880, quien por causa de la perfección de tales obras rupestres –“imposibles” –según los prejuicios raciales de la época– para una mente “primitiva”– llegó a ser tenido por falsificador[9]

   Gheerbrant (:1952) reseña en 1948 algunas de las pictografías del río Guayabero en la serranía de La Lindosa. La obra de Botiva (1986:73) aporta bibliografía al respecto; es una excelente monografía (salvo en lo fotográfico) dedicada a este complejo pictórico, el segundo por su tamaño, luego del detectado en la Serranía del Chiribiquete. Bautista (comunicación personal) viene trabajando de larga data en esta misma estación arqueológica del río Guayabero. Los antropólogos Felipe Cabrera y Carolina Barbero continúan un pormenorizado trabajo fotográfico en La Lindosa, donde se han descubierto nuevos murales; por su iniciativa, un equipo interdisciplinario de profesores de la Universidad Nacional y de la Universidad de La Amazonia, comandados por el arqueólogo Virgilio Becerra, iniciamos trabajos a partir de 2010.

 

Arte rupestre en el río Caquetá

Los más antiguos testimonios acerca del arte rupestre de la Amazonia colombiana provienen de los propios indígenas, quienes tuvieron la curia de consignar en sus mitologías datos acerca del asunto. Destaco uno.

   En Araracuara el Abuelo Enókayï me contó que el hacedor de los muchos grabados que aparecen en los roquedos orilleros del Caquetá fue Jitoma (Sol), quien avanzando desde el oriente –a donde van los ríos– venía quemando la selva, dejándola convertida en sabanas y angostas franjas de bosque enmarcando las orillas de los cursos de agua. En determinados puntos de su recorrido, trazaba en el barro de las riberas los dibujos [modelos, arquetipos] de los seres que poblarían el mundo; además, dejaba ciertas figuras para diferenciar los pasaderos por donde debían cruzar las tribus del futuro, en orden a evitar conflictos. Terminada la labor diaria, Sol se paraba sobre las cordillerías (¿mesetas de Araracuara?, ¿serranías amazónicas?, ¿los Andes?) y calcinaba con su fuego el barro signado “para que vuelto piedra los humanos recordaran los comienzos”.        

   Se ha confirmado (Van der Hammen, 1992:116 ss.) que en la Amazonia hubo ciclos prolongados y recurrentes de mayor a menor pluviosidad, fenómeno que determina el paso de selvas a llanuras herbáceas. Los seres humanos que crearon esta variable del mito[10] atestiguaron un fenómeno paleoclimático que tuvo que incidir drásticamente en su cultura y lo registraron mediante el mecanismo que mejor guarda las experiencias colectivas cruciales: la mítica. Según el mito la hechura de los petroglifos se dio en una de las etapas de menor precipitación lluviosa. De ello se infiere, al menos, que los grabados tendrían como mínimo la edad del último período seco, y como máximo el último período glacial, en que al bajar la temperatura disminuyen las lluvias. El mito y la palinología se apoyan mutuamente.  (Ver nota complementaria al final).

   Spix y Martius  reseñaron en su viaje de 1817-20 (1938: vol. II, 351) muy pocos de los centenares de graba­dos de La Pedrera y de Araracuara. Por cierto, la actitud plagada de prejui­cios de estos dos investigadores compendia una posición frecuente entre algunos de los apresurados viajeros del s. XIX, ansiosos por cubrir grandes distancias para atiborrarse de datos curiosos y cosas de indios con destino a los museos europeos, pero muy poco  interesados en profundizar en las culturas indígenas, a las que despreciaban. No vacilan en afirmar, refiriéndose a dichas obras rupestres, que “ellas cons­tituyen, desde hace siglos, la tétrica demostración de la infe­rioridad de intuición de esa raza”... Y rematan diciendo que “... al primer golpe de vista se verifica en estas figuras grotescas la absoluta inexistencia de cualquier significado de un simbolis­mo superior” (op. cit.: 373-4).            

   En 1962, Silva había efec­tuado cuida­dosa reseña de una serie de glifos en algu­nos de los afluen­tes superiores del río Caquetá; en su estudio posterior (1968:134-5) se esfuerza por mostrar las relaciones entre los petrogli­fos del alto Caquetá y el arte rupestre del interior andino, sobre todo del agustiniano. E. Reichel (Hildebrand en la bibliografía) llevó a cabo en 1976 el riguroso levantamiento de más de dos millares y medio de graba­dos entre  La Pedrera y Araracuara, un tramo de aproximadamente 400 kms. Por ese mismo año H. Schindler (1976) publica una breve reseña sobre petroglifos del río Apaporis, afluente del Caquetá.

   Entre 1978 y 1998, desde donde suspendiera su trabajo E. Reichel, hasta Peñas Negras arriba de Guaymaraya, detecté más de 2.000 grabados y 8 pictografías (grecas e improntas de manos) que son, por cierto, las únicas localizadas al sur de la serranía del Chiribiquete; se encuentran estampadas en el centro del cañón de Angosturas, sobre la inmensa pared de la margen izquierda. En este punto, en el que se forma un mínimo abrigo, me informaron algunos sabedores indígenas, muy ancianos, que antes de establecerse la Colonia Penal de Araracuara (1938), al pie de esas pinturas había unos bancos de piedra donde los Abuelos Sabedores venían, en ciertas ocasiones muy especiales, a celebrar ritos que tenían por objeto contactar al Dueño mítico del raudal y cañón de Angosturas, el poderoso Igüíruema. El hallazgo que efectué en la región de Guaymaraya –arriba de Araracuara– de un conjunto de grabados rupestres, donde se asociaban representaciones humanas con serpentiformes, me permitió reconocer por analogía la puesta en escena de un tema recurrente en la mitología amazónica: la relación hombre-serpiente, en su variable «Origen de la Humanidad a partir de la Culebra Ancestral».

 

 

   Sin conformar secuencia, estos grabados –ubicados a escasos metros unos de otros en una gran losa, arriba de la raudalera de Guaymaraya en el curso medio del río Caquetá–, permiten ver dos formas de representar la segmentación de la Gran Serpiente. Esto constituye otro caso acotado y puntual de paralelismo etnográfico: persistencia de un mito milenario (lo prueba su extrema difusión y sus muchas variables) y un conjunto de obras rupestres que posiblemente vienen de un pasado en modo alguno inferior a 300 años, pero cuya antigüedad podría remontarse, también, a varios milenios. Según el Abuelo muinane don José García, el cuarto representa la maloca de cuatro estantillos: cada uno es un Ancestro-serpiente.

   En 1986 el geólogo Jaime Galvis comunicó a algunos interesados la confirmación de su hallazgo –hecho en 1977– de pictografías en la serranía del Chiribiquete, como, también, que unos colonos que habían sido caucheros habían visto “elefantes” en alguno de esos murales. Los dos ríos principales que drenan las aguas de esta inmensa serranía son el Yarí y el Apaporis, tributarios del Caquetá. Para 1992, las dos expediciones colombo-españolas efectuadas al mando de Carlos Castaño[11] (:1998 y 2005), permiten detectar 34 murales con no menos de 21.000 figuras[12], y eso sólo en la mínima parte explorada. Es hasta ahora la mayor concentración de arte rupestre en Colombia… Pero no se han encontrado representaciones de mastodontes.

   Hace alrededor de dos lustros, el arqueólogo Enrique Bautista charló con algún indígena uitoto quien a su vez había escuchado en Araracuara a dos (¿o era uno, solamente?) indígenas amazónicos quienes, luego de ser reclutados por la guerrilla de las FARC, lograron escapar desertando de la escuadra que por esos días acampaba en su zona de refugio en la Serranía del Chiribiquete. Lo intrincado del territorio, conformado por tepuyes, permitió su escape. Contaban que en su huida se toparon de improviso con unos indígenas de lengua desconocida quienes se encontraban pintando en la rocas. Con Roberto Pineda, el antropólogo y etnohistoriador, ocurrió otro tanto pues, al parecer, el mismo indígena le suministró casi idéntico dato y por las mismas fechas. Este testimonio garantizaría la persistencia en la Amazonia de la práctica de pintar en las rocas. No es de extrañar que entre ciertos “indígenas aislados” (Franco, 2013: XVII y contra carátula).  se conserve esa tradición pictórica. He querido ir a buscar a esos pintores. Saber de ellos[13]. La guerra atroz que vivimos los colombianos no lo permite.

 Por mi parte detecté en las representaciones rupestres de la Serranía de La Lindosa, caballos, vacunos y perros de guerra que atestiguan que los indígenas los pudieron haber reseñado desde 1535, año en que por primera vez se vieron esos animales domésticos[14] en la región, llevados por las expediciones comandadas por alemanes que buscaban un paso al interior andino en busca de Eldorado: lo encontraron, pero no el agrandado por la ambición más descomunal y genocida de la historia humana.

 

Alto relieve y escultura en el río Caquetá.

Las tribus amazónicas vienen modelando figuras humanas desde un pasado milenario, hecho atestiguado en los mitos y la modelación de figuras en barro y madera, aparte de representaciones animales o mixtas y de máscaras; todo ello con diversos usos ceremoniales (Yépez:1982) y de esparcimiento y comercio.

   Aparte de las ocho pictografías y los de alrededor de 5.000 petroglifos localizados hasta ahora en el río Caquetá, he detectado una serie de obras que al aprovechar las aristas y bordes de las rocas, dan por resultado relieves escultóricos.  Es el caso del llamado Tïzi (El-hombre-hueso), un Dueño de territorio. Representa una calavera, ubicada en los roquedos norteños de la raudalera de Guaymaraya a unos 80 kms. arriba de Araracuara. Es en esta región donde, según la tradición, se aparece Tïzi. El mito cuenta que se trata de un caníbal que no contento con devorar a sus enemigos, continuó con la gente de su tribu, con su propia familia nuclear y consigo mismo, dejando sólo su hígado. Deambula por su territorio sosteniéndose la víscera, de la que gotea sangre. Hace tratos amables con quien le ofrende coca y tabaco.

   La siguiente fotografía muestra una obra en la que se llega a la escultura. En contraste con los innumerables grabados que representan rostros, la conformación del apéndice nasal y de los ojos no se logra mediante surcos (glifos); se desbasta la roca de tal forma que nariz y ojos sobresalen. La obra está completamente aislada del empotramiento. El mito viene en ayuda al proporcionarnos una rica recurrencia a lo que se ha dado en llamar “órganos descorporeizados”, seres absurdos, sin contexto: cabezas rodantes que pueden quitarse ciertos personajes con diversos fines, generalmente aviesos, para luego volverlas a incorporar. En la misma tónica se dan ojos que van por ahí espiando y retornan a su dueño y lo informan; o manos o piernas… Estos órganos descontextualizados son asociados a hechicerías muy potentes.

 

[1] Prefiero este nombre, por obvias razones, a “San Agustín”.  Ver infra la nota Nº 4.

[2] Riveras e interfluvios de los ríos Caraparaná e Igaraparaná, afluentes del río Putumayo. 

[3]  Basándome en la hipótesis de Preuss presenté en 1978 una propuesta de investigación a la Fundación de Investigaciones

 Arqueológicas Nacionales.  Se trataba de continuar profundizando en la mitología de los Murui-Muina (uitotos) y Muinanes. Al realizar el trabajo de campo en Araracuara (río Caquetá) dio la oportunidad, además, de continuar el trabajo de reseña de arte rupestre llevado a cabo de forma excelente por Elizabeth Reichel en años inmediatamente anteriores. El hallazgo de más1.500 petroglifos permitió orientar la investigación de una manera más promisoria: explorar las posibles relaciones entre la mitología amazónica y el arte rupestre amazónico, y luego pasar a explorar las posibles analogías entre la plástica amazonense y la agustiniana. Allí la intermediación de las mitologías para guiar la averiguación de sentidos resulta más viable (Urbina 1981, 1986 y1993).               

[4] Nombre en idioma tule con que los kunas del Darién denominaban lo que después sería llamado eurocéntricamente América.    Significa Tierra-en-plena-madurez, sentido que contrasta totalmente con el contenido de la expresión “Nuevo Mundo”, que resulta insultante –como lo es la expresión “Colombia, la tierra de Colón”– para los descendientes de quienes lo descubrieron realmente hace no menos de 50 milenios (o de 30 si nos atenemos a las cuentas más cortas); tiempo para decantar manejos de mundo (culturas, civilizaciones) que asombran por su complejidad ideológica y material. Es el caso de la cultura Uyumbe. Por razones de logística se debería manejar, por un tiempo prudente, el nombre «Cultura Uyumbe (Agustíniana)», o la forma que recomiende la Academia. Rodhesia, un país, al dejar de ser colonia cambió a Zimbabwe por razones de dignidad nacional.   

[5]  Pero no sólo en el inicio de las segundas, toda vez que esos influjos pudieron continuarse mediante contactos posteriores en los que las culturas de las tierras altas serían no sólo  receptoras; también pudieron ser dadoras. En este orden se ha planteado la posibilidad de un migración de los pueblos que produjeron la Cultura Uyumbe, a partir de finales de 900 d.C., y que una de las rutas de migración fue descendiendo el río Caquetá desde su nacimiento, la misma que en su ascenso habían seguido desde la planicie amazónica en las épocas del primer poblamiento de la zona transcordillerana de Uyumbe. No parece válida esta vía de escape toda vez que si utilizamos la incipiente estatuaria caqueteña no veríamos razón para que sea tan rústica habiendo ya llegado los uyumbenses a tan depurado estilo como el que ostentan las estatuas atribuidas al final del clásico regional. Lo incipiente de la estatuaria caquetense estaría mostrando lo contrario: que fueron desde allí desde donde subieron los influjos que dieron lugar a la Cultura Uyumbe, con su incipiente estatuaria continuada de modo paulatino hasta llegar a la decantación de unas formas de plena madurez abstracta.   

[6]Utilizo la palabra «mito» (del griego mythos), con el sentido más arcaico. Según Stählin (en Duch, 1998:65) esta expresión contiene el radical indoeuropeo /meudh/, que se encuentra en diversas lenguas de dicho tronco lingüístico conformando términos que se refieren al conocimiento, a la representación, al pensamiento y al recuerdo. En su más hondo y original sentido mythos equivale a la también arcaica  alétheia  (veritas): el «no /a/ al olvido /léthe/», que guarda una conexión esencial con el mítico Leteo, el río del inframundo en que beben las almas de los muertos para olvidar sus pasadas experiencias antes de su siguiente reencarnación (Platón, Rep. XIII-XVI). 

[7] En la obra de Ucko & Rosenfeld (1967:158) se consignan  críticas y alcances de tal método. En el aparte pertinente de la obra, los autores concluyen: “Las múltiples ocasiones  en que el uso sistemático de paralelos etnográficos ha añadido en verdad una comprensión más profunda a los meros hechos arqueológicos, o ha ofrecido a los arqueólogos un medio posible de interpretar su material, son quizás más convincentes que cualquiera de las justificaciones teóricas”. Este juicio favorable se vio reforzado por los aportes de Binford (1988:27), y no se invalida a pesar de las invectivas y críticas negativas que ha recibido éste último. Lo menos que puede decirse al respecto es que enfocar comunidades que mantienen técnicas arcaicas de manejo de mundo (cazadores-recolectores actuales), permite a los investigadores de la prehistoria formularse hipótesis menos riesgosas.    

[8]  Bibliografía complementaria en Alzate (1996: varias referencias) y Urbina (2000: 39-44).

[9]  Actitud bien distinta adopta Paul G. Bahn (:1998) al rastrear con detalle las primeras referencias al arte rupestre:  tal parece que las más antiguas observaciones –consignadas por escrito– sean las de Li Daoyuan (geógrafo que  muere en 527,  durante la Dinastía Wei); la primera referencia a las pinturas prehistóricas en Europa data de 1458 y tiene como motivo la condena a una persistencia del culto al caballo, representado en una cueva española, por parte del Papa Calixto III; la primera referencia a petroglifos en Brasil se atribuye a Ambrósio Fernandes Brandao, en 1598, en el río Araçai (estado de Paraiba).

[10]En muchas otras variables se atribuye la autoría de los glifos a la pareja de héroes, el prudente Sol y su hermano el travieso Picaflor: Jitoma los hace “bien hechos” (= fácilmente identificables), en tanto que el descuidado Fizido los fragua “mal” (= abstractos).   

[11] Arqueólogo, quien fuera Director de Parques Nacionales, y a quien se debe la creación del Parque Nacional del Chiribiquete.

[12] La particularidad esotérica de estas pinturas es que parece que se pueden autoreproducir, toda vez que cada vez que se mienta su número por parte de su “descubridor” la cantidad aumenta muy sesiblemente. De las 21.000 iniciales se pasa a 30,000 y luego a más de medio millón sin que medien nuevas exploraciones.

[13]  En mi último trabajo de campo en la Amazonia (junio de 2016) charlé con dos indígenas que acogieron sucesivamente en su huida al desertor de las FARC que fue testigo de cómo indígenas aislados “estaban pintando un gran venado” en una cueva de la serranía del Chiribiquete. Me contaron que dicho indígena murió pocos años después.  

[14] El Equus lasallei pudo haber hecho presencia en esa región. Se cree que la extinción del caballo americano data del 10000 a.p.