Más allá de la negación de la política

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Comprender la política como una práctica agonista, es decir, como una lucha entre diferentes grupos sociales que se reconocen como agonistas y cuyo objetivo es construir y establecer el sentido común que oriente política, cultural, económica y moralmente a la sociedad, es un ejercicio que implica romper con visiones dicotómicas del tipo amigo-enemigo, bueno-malo, normal-anormal, correcto-incorrecto y reconocer que, en una relación nosotros-ellos, las subjetividades que portan cada uno de los oponentes siempre van a ser interpeladas, cuestionadas, puestas en suspenso, pero respetadas y valoradas en su diferencia y heterogeneidad.

Si lo anterior no ocurre, se corre el riesgo de anular la existencia simbólica y, en ciertas ocasiones, física, de alguna de estas, al abrir el camino a prácticas y discursos excluyentes, discriminatorios, negacionistas y totalizantes. Un ejemplo de ello es la negación del conflicto armado que se ha venido realizando por una parte de la sociedad colombiana desde inicios del siglo XXI, particularmente por aquella que detenta el poder político hoy en día. Si bien esta se ampara en un supuesto ejercicio académico -cabe recordar que todo ejercicio de conocimiento también es un ejercicio de poder, por lo tanto de imposición y nominación- por medio del cual se sostiene que en el país lo que ha existido es una amenaza terrorista contra un Estado legítimamente constituido y sus instituciones democráticas, no deja de generar polémica el hecho de que a través de esta estrategia se intente reescribir la historia reciente del país borrando la subjetividad de diferentes sujetos sociales. Lo que implica cercenar una parte, por lo demás dolorosa, de la historia del país. 

Por un lado, se ha puesto en marcha y reforzado la negación del carácter histórico del surgimiento de las guerrillas en la década del sesenta como movimientos de resistencia, protesta y reivindicación de ciertos sectores populares marginados social, política y económicamente, así después este ideal haya perdido su horizonte político, con el efecto colateral de revivir una especie de macartismo que estigmatiza todo aquello que huela a izquierda, lo cual en nada contribuye al ejercicio democrático. Por otro lado, el de las más de ocho millones de víctimas producidas por el conflicto armado, a quienes se les está anulando una parte constitutiva de su historia que ha marcado su forma de vida. Por último, se intenta encubrir el carácter cultural que produjo una práctica como el paramilitarismo, el cual no se agota en su componente militar, sino en las múltiples redes de sociabilidad, aceptabilidad y legitimidad que alcanzó en ciertos sectores y territorios colombianos. Enlazado a las relaciones y responsabilidades que establecieron políticos, empresarios y civiles respecto a la extensión e intensidad del conflicto armado.

En síntesis, con esta estrategia oficialista se robustece una idea mesiánica respecto a la historia, en la cual existe un bando conformado por los buenos, los que están en lo cierto, lo correcto; y uno por los malos, quienes han extraviado su camino y, por lo tanto, deben ser condenados por su pecado. Unas frases pronunciadas en las últimas semanas por dirigentes políticos del país ilustran lo anterior. Duque, al dirigir unas palabras a los miembros de las Fuerzas Armadas de Venezuela los instó a que “estén del lado correcto de la historia”, por supuesto el lado en el cual él se ubica; mientras el Ministro de Defensa, al referirse al polémico decreto que reglamentaría el porte de armas por civiles, mencionó que estas sólo las podrán portar “personas de bien”.

Alonso Sánchez Baute, en uno de sus libros, ya nos ofreció una reconstrucción histórica que nos ofrece algunos indicios acerca del peligro de legitimar este tipo de discursos y prácticas, el cual les recomiendo leer cuidadosamente a Duque y a Botero. Su título lo sintetiza todo: “Líbranos del bien”.

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