Los tambores y las mujeres en la tierra del olvido

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Es otro día en el paraíso. La vida pasa lenta y apacible en Taganga, un pueblo de pescadores que se hizo célebre por los hoteles de israelíes, caros, con vista más privilegiada que cualquier lugareño y con bacanales que por la fuerza de la costumbre ya no son un escándalo nacional.

“El pescador

Habla con la luna, habla con la playa

No tiene fortuna

Solo su atarraya”.

Después de una noche de juerga en la que fue asaltada, Tatiana Margarita Roa, o Tati tambor, como la conocen en su terruño, se para en Playa Grande. Es morena, crespa, enjuta, sonriente y decidida. Se para en medio de la multitud con su tambor, un Alegre, que resuena imponente como gritando supremacía a los latidos de la multitud que ahora come en silencio. Empieza a cantar, pero su voz se ahoga en el espacio enorme que quiere conquistar; con todo, el tambor no la abandona.

La respiración se le corta, pero con el tambor a cuestas mueve las caderas, salta, sonríe y pide aplausos coqueta; explora la cumbia, la pulla, la salsa y los ritmos que documentan el intento de sobrevivir en esta Colombia negra y mestiza donde se pone por encima todo lo blanco.

Ella es samaria y siempre quiso cantar. Se encontró el tambor en el camino y el destino en el tambor. Su fortuna la contó siempre en atardeceres, noches estrelladas, agua de colores, pero nunca en dinero.

Cuando se me dañó mi primer tambor, me dolió mucho pagar el arreglo ¡era costosísimo! Entonces le pregunté a mi maestro musical si podía hacer un tambor. Él nunca me dijo que no, entonces aprendí lo que había detrás del instrumento que tocaba”.

Hay amores que duelen y marcan. Tatiana lo sabe: tocar y hacer tambores no es un oficio de mujeres ni de homosexuales, se lo han hecho saber en toques y festivales:

Yo sentí el machismo del folclor muchas veces. Cuando no tenía tambor y machacaba la cumbia, siempre me quedaba en el último pesto, esperando que alguien me soltara un instrumento para tocar; cuando al fin me lo daban, pasaban pocos minutos antes de que me lo rapara cualquier tamborero.

Un día, estábamos en el festival de Morroy, en una rueda de tamboreros. Mi cantaor era gay, de hecho, en el grupo solo una mujer era heterosexual. La noticia voló y los tipos en la rueda no nos dejaban tocar.

De repente un señor dijo: ¡eche, pero ustedes son culo de egoístas! ¡Dejen tocar a la pelada! Aunque muchos se sorprendieron de mi toque y la voz del cantaor, se fueron de a rueda y volvieron cuando terminamos. Es un secreto a voces que muchas de las personas que interactúan en el folclor son homosexuales y también hay grupos de mujeres tocadoras. Este ya no es un oficio propio de los machos y eso debería ser abiertamente aceptado”.

Antes de que el hombre se adueñara del tambor, era la mujer la que lo usaba para incitarlo con bailes cantados. Cuando Tatiana toca y hace tambores, está reclamando una herencia ancestral de las mujeres de su tierra. El primer tambor se lo vendió a un joyero de Cúcuta; el instrumento, tenía errores de acabado que no se atrevió a deshacer, por temor a no poder entregar nunca su primer, instrumento. El hombre no se quejó y desde ese día hasta ahora ella, entre práctica y mística, ha mejorado su técnica.

“Yo he tenido la oportunidad de comunicarme con mi tambor porque soy diseñadora. Después de acabar con dos vidas, la del carnero, el chivo o el venado, y la del árbol, el hacedor de tambores debe ir donde la madre tierra para que le dé la capacidad de transformar la vida que ha quitado y poder hacer música.

A partir de ahí es que se tiene una conexión con esa piel y con los vibratos que produce la madera cuando se toca el tambor. He dictado talleres a personas que no saben tocar, pero cuando se conectan con el alma del instrumento, sacan los sonidos de la cumbia, la pulla y el bullerengue sin saberlo, sin entender que todo son vibraciones y que la música siempre busca maneras de comunicarse.

Otro secreto para hacer buenos tambores, es cortar la madera en buena Luna, en cuarto menguante para que no se apolille. Si no se hizo así, se debe dejar el árbol diez días con sus noches al borde de un río para curarlo y entonces sacar el corte con el que se hará el tambor”.

Ahora esta mujer tiene tambores por toda Colombia, España e Israel.  Piensa que con contadas excepciones las fusiones solo han servido para que desaparezca el folclor. En sus palabras, ritmos como el vallenato, “ahora son solo reggaetón con acordeón y letras pobres”; por eso canta y toca delante de los turistas que se quedan absortos viéndola. A su folclor no le alcanza para pagar payola, pero late eternamente en la magia del Caribe y en las voces de mujeres como ella o Totó la Momposina, quien llevó sus raíces a Europa, y atrajo con su voz a miles de turistas que llegan tras los pasos de la música que podemos rescatar después de siglos de historia, saqueo, luchas y resistencia.

Hoy llegan extranjeros a visitar el Macondo de Gabo, mágico y pobre, para deleitarse con el tesoro que, como sociedad, guardamos en los cajones que hace mucho y sin ninguna razón, merecieron nuestro olvido.