LOS RASTROS DEL DESPOJO Sobre el libro de cuentos «Un lugar para que rece Adela» de Andrés Mauricio Muñoz (Reseña)

Son las 6:10 de la mañana y camino al trasmilenio. A lo lejos se ven las montañas de un color zafiro oscuro. He intentado calcular los colores de los cerros y por ahora llevo tres: el zafiro oscuro, cuando llueve, sobre las montañas se arremolinan plomizas nubes; verde pizarra antigua, cuando hace sol; verde café, que por no encontrar el nombre he decidido llamar verde desolado, cuando falta poco para que llegue la neblina. Empieza a amanecer y varios rayos de luz se cuelan al fondo de los cerros entre las nubes. Hoy tengo una nueva clase con estudiantes de secundaria y en mi maleta llevo el libro de cuentos.

Habría que quedarse callado y mirar por horas, por años, a las personas que están a nuestro lado; estar atentos a sus historias y grabarlas en la memoria. El trabajo consiste en descubrir en ellos los rastros del despojo. Se nos olvida que la literatura es atrapar la esencia de la realidad que en su momento revela el anquilosado funcionamiento de la existencia. Cuando se empieza a leer el libro de cuentos, comenzando por el cuento que lleva el mismo nombre del libro, Un lugar para que rece Adela, uno no deja de pensar en tantas cosas que se han dejado de narrar por ir tras historias rimbombantes.

¿No es acaso la literatura un lugar para lo común, lo cotidiano? La literatura no puede ser la excepción de la regla sino aquello por lo cual podemos descubrir lo que se nos olvida por presumir de cotidianidad.

Me subo al articulado, busco el fuelle y allí abro el libro. Antes no leía en los buses, prefería mirar por la ventana y pensar. Ahora, por tiempo, para aprovechar los largos trayectos donde atravieso la ciudad de lado a lado, me dedico a leer para no sentir que se pierde el tiempo, aunque el tiempo siempre se malogra. Antes de perderme en el libro veo a una persona que duerme, se abraza a su maleta con fuerza, con su boca entreabierta y la cabeza inclinada.

El libro es el resultado de un trabajo de sincronización entre las descripciones, acciones psicológicas, gestos y tramas que van entre giro y giro de tuerca, porque el autor del libro tiene la inteligencia para retomar el cuento clásico en su sentido puro. Su pretensión no es meramente anglosajona en el sentido de dejar el final a la metáfora de situación; su iceberg es la maraña de la montaña de los Andes y no el frío glacial del norte donde la desolación se expande en el agua impasible.

Entonces vemos a seres de la vida real que no luchan contra un evento sobrehumano sino a personas que fracasan en la cotidianidad; así, todos fracasamos, y tergiversando a Dostoievski diríamos que «todos fracasamos en todo y por todos». El ejercicio consiste en eso, en observar cada pérdida, cada deseo (¿no será, más bien, que todo deseo esconde un fracaso en sí mismo?), cada ruptura, cada delirio que está a nuestro lado y que por dar zancadas rápidas pasamos desapercibido.

¿Qué fracasos ocultará la señora que se aferra a la barra del bus y que vigila con sigilo su bolso? Porque si todos somos fracasados es necesario descubrir esos días en los que no se cuenta la historia de nuestra vida como un todo sino simplemente como un andar desconectado. No hay tiempo para el flashback.

Vuelvo al libro y leo.

Este autor es lento. De seguro se tomará su tiempo pensando, como buen flemático se perderá observando cómo los otros trabajan, mirará las manos, los movimientos, en cámara lenta, sentirá el latido de su corazón, su respiración, se sentará en los andenes donde creará surcos con los que intenta impedir el paso de las hormigas. Y encontrará que el fracaso no es otra cosa sino la cotidianidad, porque para los triunfadores, aquellos seres del resumen, de la síntesis, no existe el día; el absurdo y sin sentido que resultan los días sin una mirada que los agrupe en un proyecto. ¿Acaso no fracasamos en el día a día y el triunfo no es sino un todo que pretende explicar lo que no se puede explicar?

Cierro el libro un segundo para pensar. No cabe una sola persona en el bus. Tengo espacio para abrir el libro, por suerte.

Todos estos personajes están cansados de algo, de no ser, de haber sido, de seguir siendo.

Los cuentos del señor Andrés Mauricio Muñoz poseen una estética propia, eficaz a la hora de presentar lo humano de la cotidianidad colombiana; y, quizás, esta sea la gran apuesta de un hombre que no intenta quedarse en la imitación de un estilos. Se siente el juego, alguien que se sienta ante la hoja en blanco para ver mejor la realidad y, en todo caso, divertirse.  Al parecer los momentos cotidianos son parte de su actividad diaria: entrar a un patio donde cuelga la ropa y ver que no hay espacio para colgar las medias —¿qué humano en su casa no ha padecido esa suerte de incertidumbre en el patio ante una cuerda llena de ropa, ese dilema que hamletiza  nuestro presente de forma mordaz?; poner a sus personajes a impedir el paso de hormigas que no existen en Bogotá (las únicas hormiguitas que he visto no precisamente salen de día y son demasiado pequeñas; incluso no caminan en hilera como las de tierra caliente ¿será una tergiversación de Popayán?). Esos gestos-acciones hacen que los personajes sean reales. No es necesario describir los rostros: es necesario hablar de sus gestos, del beso infantil que rompe la lógica habitual de la manera masculina.

  • ¿Le gusta leer? —me habla el señor que está al frente, casi sobre mí. Veo su corbata, su maleta de cuero bajo el brazo. Que una persona le hable a otra en un bus siempre me ha parecido un milagro, y como milagro lo aborrezco.
  • Sí — regreso a mi lectura, esperando espantar al intruso.

Los giros son más inteligentes de lo que se cree y no están solo al final. Si el lector es cuidadoso se verá a sí mismo experimentando escenas y descubriendo saltos que nos presentan la humanidad de los personajes, su psicología.

  • ¿Ese libro es de quién? —me imagino que se refería al autor.
  • Andrés Mauricio Muñoz, un autor colombiano.

El fracaso es el mejor material para un escritor y en este caso las historias que presenta hablan de seres del fracaso habitual. No hay una lucha contra un destino que sobre pase lo humano, una fuerza demoledora como lo es la de un hombre contra el Estado, la de los narcos, la de la violencia; esto es más simple, y por ser simple más conmovedor; se trata de fracasos como el de un taxista que pierde una carrera, el de una natilla que nunca llegó a la cena de navidad, el de la tumba que está de más en la memoria y que estorba porque daña el recuerdo, el de una mujer de pueblo, una casa que un Bartleby creado por la malicia indígena usurpa, o el amor perdido al presenciar cómo un hombre es atropellado. Aquí el fracaso constituye los días del hombre y no esa lepra que predican lo sacerdotes de la mentalidad positiva de la cual hay que huir, según ellos.

  • A mí me gusta Gabito.
  • Ajá —descortés, pero primero lo primero, pienso.

Entonces aquí se desarrolla el estilo al mostrar que somos seres que hemos perdido, pero no una pérdida europea de sentido existencial de posguerra, o un sin sabor norteamericano ante la cultura de consumo, sino más bien hemos perdido porque el deseo es el motor de todos los fracasos Adela da pequeños pasos, vacilante; parece como si, de un momento a otro, hubiera olvidado la geografía del patio”. No es lo mismo perder el derecho de velar a tus muertos porque una fuerza Estatal te negó el derecho (Antígona),  que perderlo porque existió otro amor en la vida del muerto. La lucha de la memoria contra el olvido, contra los sinnombre, contra la muerte sin un lugar donde te recuerden. No es lo mismo perder a una mujer por otro amor y perderla porque te la quitó una ciudad que embelesa a los jóvenes del pueblo con un futuro que no existe, y  que para ella se hace real, por lo cual es suficiente para fracasar. ¿Qué es el fracaso sino una comprensión real de lo que es el ser humano?

El señor desiste porque tiene que bajarse del bus. Ahora puedo volver a ver a la ciudad, que ya no es la ciudad de las postales sino la de los suburbios. Se ven los rectángulos de casas de bloque que crecen sobre lo que fue una montaña y que no es otra cosa que una costra de casas conglomeradas. Me bajo en el portal y pienso en el uso que Muñoz hace del punto y coma: constante, rítmico, que determina descripciones, lento, esperando para atrapar los gestos. Construyendo subtexto a partir de visiones de la cotidianidad.

Entro al salón de clase y hoy, como todos los días, los estudiantes aún no se despiertan, son sonámbulos que se sientan a esperar su recuerdo.

Me siento en la silla.

Esperaría de la novela que está escribiendo Andrés Mauricio Muñoz un texto donde no pase nada trascendental y que personajes cotidianos presenten su psicología sincronizada con las acciones. Ahora bien, veo el libro como objeto y me parece feo, no puedo evitarlo. ¿Quién diseñó la portada? Se nota que no leyeron lo que iban a imprimir. Recuerdo a Vallcorba, editor de Acantilado, que hablaba sobre el color del papel, su color no debe ser blanco. Le han quitado la fuerza al objeto de siete cuentos que tienen el suficiente trabajo como para estar en los primeros lugares de cualquier casa editorial. ¿Y si este libro se presentaba así por una razón profunda? No como un descuido sino como una propuesta estética que une el libro como objeto con su contenido. Un manual para la vida, una cartilla empresarial, un desasosiego ante el día a día de trabajar sin sentido aparente. ¿Por qué aparece algo parecido a una estrella blanca en la portada tapando la cara de un santo? No será ese dios del fracaso sin rostro que exige un rito diario de optimismo barato, de esperanza, para que el dolor sea más profundo.

La coordinadora entra al salón.

—Profesor, hoy no hay clase.

Comentarios

*