Los niños de la guerra

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Poesía

Los niños de la guerra

 

Quedan los niños de la guerra

jugando sobre los últimos escombros

que caen del cielo bañado de sal

a ser los héroes silenciosos

de una patria sin parques ni calles ni canciones

ni mujeres hilando una conversación en la tarde

ni hombres matando peones entre risas ebrias de chicha.

 

Quedan los niños de la guerra

que disparan con sus pequeños dedos torcidos y mugrosos

directo al corazón o la cabeza donde ya nadie habita

sólo unos cuantos fantasmas difusos

y unos paisajes de siluetas azules olvidados.

 

Quedan los niños de la guerra

y se revuelcan entre risas en el barro

como si solo fuera un juego

(aunque lo sea)

y el sol ya no conoce la mañana

dibujando un colibrí en la pared de una casa apenas sostenida

quemando una flor en la piel de la tierra

calcinando a un perro en el calor de la plaza vacía.

 

Quedan los niños de la guerra de esta guerra que no es de ellos

y están solos recordando el paso del abuelo por los andenes

o la sinvergüencería del perro robándose un pan

y ya no hay paredes donde apoyarse a descansar

y nadie pasa repitiendo el precio de las mandarinas

                                            o la frescura y el color de los tomates.

 

Quedan los niños de la guerra

de todas estas guerras impronunciables

y ellos van recorriendo lo que se llevó el viernes saliendo de la escuela

(el plomo los gritos las caras vencidas el hermano tendido en la calle).

 

Los niños desterrados con sus zapatos amarrados a la nada.

 

Esos niños que han perdido todo menos la vida

                               eso que algunos llaman vida             

y que parece otro escombro más.

 

Y todo es gris y se cae y ellos andan como si algún día

de nuevo fueran a ver al amigo del barrio comprando chocolatinas

                                          o llevando a su novia de la mano al cine.

 

Como si de nuevo fueran a pasear con la familia al mar

a ver a los pescados luchar por la vida entre anzuelos viejos

o a las olas tumbar castillos de arena.

 

Como si de nuevo fueran a ir entre caras largas y rezongos a la iglesia

o pasar la tarde soplando dientes de león en los potreros manchados de vacas

o caminar distraídos por las carreteras sin pavimentar de la vereda

donde a veces el río habla con la soledad de las piedras

y los sapos comen un manjar de moscas que habitan en el cuerpo.

 

Quedan los niños de la guerra

y la tarde se diluye en lo que ya no es un pueblo con sus fiestas patrimoniales

                                                 con sus caballos relinchando afuera de las cantinas

con la manada de mesas donde descansan las personas entre la historia de un café

y el sonido ocupacional de las campanas de la iglesia.

 

Los niños de la guerra

 

de esta guerra que no les pertenece

 

 

¿hasta cuándo caminarán encima nuestro recordando todo lo que les hemos quitado?

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