Los huecos de la ciencia

...un inocuo cucarrón supervivió al pasajero destripamiento...

Como si el conocimiento se encuadrara por fuera de las lógicas, me encontraba en ejercicios de la razón cuando caminos bifurcados confluyeron ante mí en un día cualquiera, que pronto se tornó en un día simbólico. En momentos de lectura del libro Genealogía de la soberbia intelectual, autoría del narrador y ensayista mexicano Enrique Serna, la muerte de un inocuo cucarrón supervivió al pasajero destripamiento que le produjo la suela de uno de mis zapatos, al ponerme a pensar de los pies a la cabeza. El evento, bañado en sugestión, se unificó al escuchar a Leonard Cohen recitar: “Estoy dejando las tablas, estoy fuera del juego”, con su ronca voz de despedida presente en su álbum testamentario You Want it Darker y en su canción “Leaving the table”. La presencia final del arte musical, que hasta entonces era apenas una pista de fondo en la lectura, redondeó los frutos inenarrables de un misterio sapiente.

Tiempo atrás, en un suntuoso día, la profesora de biología de primaria nos legó una labor con la que se quebró por primera ocasión mi devoción hacia la ciencia.  

En lo que trascurren dos días de un fin de semana, nos correspondía disecar uno o preferentemente dos insectos, e incrustarlos, alfiler de por medio, en una tabla que diera razón de su tipología y familia. Se nos recomendó disecarlos en alcohol, el método más propicio para darles muerte conservando su estructura corporal. Quien llegase con los ejemplares más recónditos tendría el espléndido honor de colaborar al reconocimiento de nuestra excelsa fauna silvestre, y entre todos, formaríamos un museo lúdico con el que la profesora aspiraría a un concurso docente en la capital, acompañada del mejor alumno de la práctica.

Mis obsesiones con las notas altas, que para mi tiempo se grafiaban con una E (excelente) o una B+ (muy bueno), hicieron de mi fin de semana un periplo de viaje de campo sin fines recreativos. Mi buen amigo, ‘Pupi’, anunció a sus padres mi adjunción al paseo semanal a su finca, y me auguró que ésta, ubicada más allá del aeropuerto, en las zonas veredales de Lebrija, era un emporio de criaturas acorazadas y volantes: libélulas, escarabajos, moscas y abejorros pululaban en los alrededores de la piscina y crecían en los bajos de tierra, según sus palabras. Así fue como llevamos vasijas, redes y tarros para cazar, mientras escuchábamos el techno y el house monotónico de nuestra juventud camino al campo, diseñados para resarcir nuestros celosos encuentros de entre semana con el pop romanticón latinoamericano.

Al llegar corrimos por las laderas, cambiamos nuestra ropa, dimos unos golpes de balón y nos quedamos echados, cuerpo medio a mojar y medio cuerpo bajo el sol, en la pileta pequeña y redonda ubicada al extremo de la piscina olímpica. Dos libélulas moraron en la estancia, pero se nos antojaron comunes. Las mariposas nos daban la sensación de la intocable belleza femenina y las moscas gigantes, pensábamos, escapaban a cualquier intento por contenerlas en una red. Aunque holgazanes, aguardábamos en pláticas esperando a que un evento sobresaliente ocurriese por allí, y despertara nuestra destreza cazadora.

Saltarín y cachuchero, un brillante bailarín de cejas prominentes pasó por en frente de nosotros, con rutilante exhibición. Era un cucarrón forrado en un platino iridiscente, capaz de reflejar las luces en centenares de colores brillantes con solo moverse ante el sol. Su atuendo verde platino, y su tamaño medio, lo hacían parecer una inmensa pepa de café pintada por los dioses griegos, que se movía con vida propia por entre los pastizales. Revestía un aparente espíritu explorador, trasegando el pasto con la torpeza de un ser bajo para la maleza, pero con el orgullo de sacar sus alas y, en breves saltos impulsados por la brisa, tomar distancia en su recorrido naturalista.

Pregunté a Pupi por el ejemplar, pero le pareció una cacería demasiado fácil. Era un ejemplar que se alejaba de la intención, compartida por mí, de alcanzar un monstruo trepidante capaz de abrir las bocas museológicas de mis pares, los biólogos amateurs y contendientes en potencia.

Se acercaba la noche, y había dejado al cucarrón en un tarro como medida preventiva. Pronto llegó el grito de la mamá de Pupi, y la decisión de irnos.

Pupi se había perdido entre la maleza baja de la finca, convencido de que rondando el cerco de alambres de púas vivía el cucarrón más grande que sus ojos habían visto. Cuando lo llamé para irnos, a unos veinte pasos de él, un rinoceronte en miniatura transportaba una bola de estiércol considerable para su tamaño, empujándola con sus patas traseras. “¡Aquí está!”, le anuncié, y en un par de parpadeos tuve a Pupi a mi lado.

Con el cuerpo negro, su buche rayado en sombras de platino fue la primera impresión de un admirable portento. Este cucarrón era un ejemplar de exhibición, uno de grandiosidad inviolable. Sus patas gruesas, revestidas de puyas que demarcaban sus coyunturas, proyectaban el bollo de mierda tres veces más grande que él con total holgura sobre el pasto. Su cabeza, defendida por un frondoso casco de acero prusiano, al estilo stahlhelm, iba de arriba abajo con el empuje, advirtiendo a los moradores de su imbatible mente y de su propósito de no encontrar freno en su labor de transportador.

Pupi se echó para atrás, con el cuidado de quien conoce el peligro que corre la piel blanda al entrar en contacto con una armadura filosa. Se echó para atrás, pero sugirió tomar al rey de la finca, la muestra museográfica digna para mostrar.

Tras muchos intentos, logré tomarlo… o logré que él me tomara. Al tocar una de sus patas, él, como si estuviese rociado por un potente pegamento, quedó anclado a mi mano, que en la sacudida lo convocó a mi brazo, donde finalmente puso todas sus extremidades para mirarme de frente. Asustadizo yo, fueron sus calmos movimientos sobre mi piel los que me devolvieron la tranquilidad. Subiendo a mi hombro, el valiente mariscal de campo, hediondo a mierda, se posó con amistad sobre mi cuerpo y abrió sus brazos, como saludando la cima gloriosa de su nuevo amigo. Lo convidé a trepar en la mano, y el guerrero senior subió con estilo, ávido de coloquios de aventura.

Conversamos hasta que doña María Helena, la mamá de Pupi, me terminó regañando por la demora, y así terminé introduciéndolo rápidamente en un segundo tarro que había llevado para la recolección. Me despedí con unas leves palabras de amistad eterna: “Ahorita nos vemos, guerrero”, le dije.

Con dos cucarrones en reserva, pensaba hacia mis adentros: “Mirá: ¡cómo es de curiosa la vida! A veces el color representa la belleza, pero no la amabilidad; a veces la dureza y la ausencia de color son todo lo que recubre una fascinante amistad”. Un cucarrón hermoso y uno impresionante, en principio, me darían lo que necesitaba: una E en la tabla de notas.

Al llegar, los saqué de los tarros y se los mostré a mamá. Borradas las impresiones de su rostro ante la belleza y el portento de mis ejemplares, ella me tomó el hombro y me dijo: “Mijito: ellos son tu responsabilidad”. Se fue con su cara de reflejo, con esas caras con las que uno copia el semblante de alguien que conoce a profundidad, ante determinada situación ambigua. Su cara de nostalgia, con los ojos enclavados en el piso, eran asimismo el interrogante por su hijo, sometido a la diatriba de la muerte en la emoción de tener en sus manos la vida nunca antes vista de esos dos animales, y en la tarea de transformarlos, en el cumplimiento del deber, en cuerpos muertos, en incólumes muestras de perfección detenidas en el tiempo. Su cara fue el introito de mi impaciencia, sucedida instantes después.

Don Alfonso, el papá de Pupi, me había sugerido clavar el alfiler entre las ranuras del caparazón de los animales vivos, con el objeto de darles muerte en la posición ecuánime de la tabla a referenciar. Contradijo la sugerencia de la profesora con un chiste mordaz: “Cuando uno sabe que va a morir, es preferible que le claven una espada en el torso a morir ahogado”. Mi amigo se unió a esa estrategia y me ejemplificó la muerte que daban los biólogos a las mariposas, clavando el alfiler en la realización rápida del propósito.

Ante la duda, en la que dirimía con tenaz duelo la ejecución de mi tarea, me encariñaba con la modelo iridiscente, a quien ya veía con atuendo afeminado, y con el amigable mariscal de campo, que decidió caminar por mi cuerpo con la soltura de una mascota. A cada paso del mariscal y a cada pose de la modelo, mis sentidos de responsabilidad generaban una grieta erosiva en mi corazón. A cada revoloteo de la pequeña y a cada gesto de grandeza del guerrero, yo me alejaba de mi tarea, mientras por acto reflejo mis manos vaciaban un tercio de litro de alcohol en los dos tarros en los que había traído a los condenados a muerte. Mi madre, en el silencio sigiloso de la espera, era la única consciente de la batalla en la que me encontré por primera ocasión: la batalla por hallar el sentido de la responsabilidad.

Hablaba con Pupi cada media hora, relatándole las hipótesis de mis decisiones. Le contaba que deseaba dejarlos vivos una semana, y que con su compañía los devolvería a su hogar en su finca, a lo que él me respondía que ir a recolectar una hormiga común y una cucaracha no eran acciones merecedoras de una muy buena nota. Le volvía a contar que el crujido del cuerpo era mi gran temor a la hora de clavarles el alfiler, y que si lo lograba, lo haría en cumplimiento de la ciencia: ahogados en alcohol, tal cual me lo había sugerido la experta. Él me daba ánimo, me decía que él no sería capaz pero que ya casi eran las once de la noche, y que si quería preparar la tarea, debía ahogarlos inmediatamente. Retornaba a la hipótesis de la liberación, y él insistía en que tendría que alimentarlos durante una semana antes de devolverlos a su finca, y que de alguna u otra forma podrían morir.

Cuando pasaba la medianoche, y tras evidenciar que por lo menos al guerrero le gustaban las galletas de soda, agarré los dos cuerpos y los metí en los tarros con alcohol, sin pensarlo. Agarré a mis cucarrones como eso, como dos entes y nada más. Al contactar el líquido, sus cuerpos, inmaculados en su color y en su forma, comenzaron a brillar por encima de su naturaleza, en un destello de luces que flechaban mientras se incineraban sus entrañas, incitando una batalla para cada cual.

La modelo intentaba nadar boca arriba, como queriendo mostrarme la tristeza de su corazón y ya no su belleza exterior. El mariscal nadaba, lo hacía con el iracundo descontrol de un preso rebelde. Sacaba cuando podía su cabeza, y me insultaba con el dolor profundo al que ningún alfiler, o incluso una bala, podría haberle llegado a provocar. La modelo sacaba sus alas, intentaba ponerse boca arriba, pero su cuerpo se hundía hasta lo profundo. El mariscal flotaba, pero flotaba boca abajo, y eran palpables sus bocanadas de alcohol, que pasaba a fondo cada vez que su cabeza, sostenida en un pesado casco, lo mandaba a deglutir toneladas proporcionales de fuego líquido a sus adentros. Sus patas traseras, con las que delicadamente se paseó por mi cuerpo, iban bruscas de aquí para allá, apuñaleando infructuosamente los contornos del tarro. La modelo reposó en el fondo, con sus alas entreabiertas. Y mientras el tarro del mariscal parecía bajar su nivel de alcohol, el tarro de la modelo parecía llenarse a ras. Mientras el mariscal tragaba fuego para encontrar piso desde donde impulsarse, la modelo lloraba ardiente, con la esperanza de subir a una superficie desde la cual viajar hacia afuera, rebosando sus orillas.

“El daño está hecho”, me dije, y decidí echarme en la cama sin dibujar los rótulos de la tabla taxonómica. Lloraba de cuan en cuan, y me era imposible dormir, escuchando los vituperios del mariscal y los quejidos tenues de la modelo. Me levanté tres veces a mirar, en la madrugada. En el tercer avistamiento parecía haber perecido la modelo, y el mariscal, sumergido en la quietud, despertó con una ira borracha y lastimosa cuando intenté tocarlo… sus batallas parecían no terminar, como las horas tampoco.

Al levantarme, saqué los dos cuerpos de los tarros. La modelo estaba opacada… su muerte parecía haber difuminado su color, en un plateado desprovisto de su vital iridiscencia. El mariscal, sometido al encuadre en el rótulo de exhibición, se veía indefenso, inútil.

Tenía finalmente lista mi tarea, pero la vida, esa que necesitaba exhibir, había huido tristemente de la tabla, y de mis ganas de hablar de ella.

Mi madre preparó el desayuno, y me dio un beso en la cabeza, tras limpiarme los cachetes juagados en agua sal. Me dijo: “Ya ves, mijito: a veces hay que declararse incapaz de hacer algo por ir en contra de lo que creemos correcto”. Le respondí: “Desde el corazón, te digo que todo me duele…”

Llegué con los dos cucarrones en un tarro y con la tabla entre el maletín. Puse la tabla en el escritorio y los cucarrones en uno de los bordes, sin los alfileres. Al ver a mis compañeros cazadores, veía las sonrisas de la ciencia, de logros morfológicos y conocimientos emergentes bañados por el ego expositor. Mariposas gigantes, mariscales más grandes que el mío, chicharras de alas abiertas… veía y escuchaba a cada uno de esos bellos animales en su crudo silencio y su mórbida quietud. Mis manos no se movieron: los alfileres permanecieron a un lado, los animales al otro, la tabla en el medio.

Como llevo un apellido lejano en la lista del abecedario, solicité a la profesora salir al baño. No resistí permanecer en la galería comentada de asesinatos animales, y preferí la ignorancia práctica en aquel aprendizaje inanimado del mundo artrópodo. Salí cuando iban en la letra ge, y ante el lavamanos, donde secaba mis interminables lágrimas, decidí no volver al salón. En mis manos acariciaba el cuerpo seco de mis cadáveres, con quienes hablé por última vez en el borde de la silla que, del corredor, daba a la cancha principal del colegio, antecedida por un jardín. Les di un beso a cada uno, y con unos cuchis, los boté en el pasto inclinado, en el que dieron dos botes y se perdieron, hundiéndose entre el pasto y la tierra.

Cuando llegué, iban en letra te, y Martha, una amiga que había cumplido a cabalidad su tarea pero que conocía mis lamentos por yo haberla cumplido, había expuesto ante mis compañeros mi búsqueda, describiendo los escarabajos que no estaban en la tabla y utilizando la imaginación para soportarme. Cuando llegué, me dijeron que la profesora había interrumpido a Marthica en su exposición de reemplazo, diciendo: “De los escarabajos, nada como el pelotero que trajo Fabián… lo importante era demostrar la validez del conocimiento científico”, y la mandó a tomar asiento. Al sentarme, la profesora se me acercó, y me entregó una nota que decía: “Te pongo A [aceptable] porque sé que eres buen estudiante, pero debes entender que incluso hay cosas que serán muy difíciles de hacer y que pondrán a prueba tu capacidad de salir adelante”. Volteé la hoja, y escribí: “Póngame I [insuficiente]. Lo que soy yo, no vuelvo a matar a un insecto para participar de estos juegos. Con una foto hubiera tenido”, y se la entregué de vuelta en su escritorio. Ella me puso B (bueno) en la nota final, y no ganó en el concurso de morfología escolar de Bogotá con nuestra muestra.

Al llegar del colegio llamé a Pupi. Él me contó que en la madrugada se había despertado con un dolor profundo. Le conté la historia completa, y él vino a mi casa para abrazarme. Cuando él lo hizo, sentí que por fin algo había crecido en mí a la manera de una enseñanza, ya no de una trágica lección. Sólo en ese momento volví a ser el niño que la ciencia me había quitado con su insolencia, y que el cumplimiento del deber me había ofuscado con falsificaciones.

Veintitrés años más tarde, en un nuevo día, mi pie espachurró a un pequeño cucarrón que había entrado volando al apartamento. Para exhortarlo de una muerte torturante proferida por mi gato, cuyas pupilas se habían dilatado desde el momento en que el sonido hueco y las alas ruidosas del cucarrón coincidieron con sus sentidos, tomé la decisión de recogerlo y botarlo por la ventana. El terco Negrón, un ápice diminuto de mi recordado mariscal, entró de nuevo al apartamento sin mi sospecha, y encontró la planta de mi pie con el infortunio de ponerme a decir, de nueva cuenta: “El daño está hecho”. Completé su muerte, y con un cuchi, se perdió en el jardín que va a dar al primer piso de mi ventana.

Sin esperarlo, una lágrima escenificó el lento repaso del recuerdo, en el que una brillante modelo perdió su color en el fondo de un pozo de lágrimas y un majestuoso mariscal de campo perdió su más honrosa batalla entre las paredes de un fuego líquido, contenido por un tarro… el tarro de lágrimas ácidas que posaban silentes en mi vida madura de ecléctico defensor de la ciencia.

En la ruta de mis decisiones ha aprendido a hacer cosas que no me gustan para alcanzar las cosas que me gustan, poco a poco. He sido capaz de mucho, hasta de abandonar mis sueños por el riego clarificador de la ciencia. He sido capaz de todo, menos de despreciar a los insectos.

En la ruta de mis decisiones, escogí defender la causa de una ciencia humana. La he trabajado de la mente al corazón, y con su primacía ha envejecido mi cuerpo. Pero es posible que haya encontrado a un insecto como el zancudo, inconsciente o accidentalmente, para personificar al individuo capaz de burlar la rigidez humana de la ciencia. Es científicamente posible, aunque espiritualmente impredecible; como lo es encontrar en un cucarrón espichado los huecos de la ciencia y el relleno artístico de la memoria, secundados por una lectura portadora de incalculables interrogantes a la existencia y una canción sensiblemente razonable al oído. Todo a la vez, reunido en un puñado de segundos. Todo desprendido de los pies a la cabeza, al contrario de las leyes grises.

Aunque el valor del saber se revela al final, en su desarrollo es que se verifican sus causas. Causas de lo más finas, sumamente delicadas, que la ciencia nunca logrará encuadrar en su lenguaje pero que tendrá que abrigar en su espíritu si su intención es transformar sensible y agudamente al hombre con el progreso del conocimiento.

 

Atentamente,

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

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