Los días del encierro

Imagen tomada de Pixabay

No queda casi nadie en el pueblo. Antes de los días del encierro, las calles solían llenarse de vendedores, empleados, indigentes, niños y animales que se movían de un lado para otro todo el tiempo. No había un solo día de calma. La música, los gritos, los ladridos y toda clase de ruidos eran nuestro pan diario. Ahora, después de varios meses, seguimos esperando que las personas vuelvan, como dice el abuelo cuando le pregunto por papá y mamá.

—Ellos van a volver, mijito —responde a todas mis preguntas sobre el tema—. Dios sabe cómo hace sus cosas, y debemos confiar en lo que nos tiene preparado.

Mi maestra dice lo mismo en la escuela todos los días. Antes de iniciar la clase, debemos rezar por los que se fueron, para que Dios los cuide hasta que nos volvamos a encontrar. A veces, en medio de las oraciones, abro los ojos por un momento y veo que los suyos están mojados. Entonces siento un nudo en la garganta y recuerdo las sonrisas de papá y los besos de mamá. Lo único que quiero es que vuelvan pronto, porque me hacen mucha falta y ni siquiera se despidieron de mí. Tengo miedo de que me hayan dejado a propósito y no quieran volver.

En la escuela tenemos prohibido hablar sobre los días del encierro. Las dos maestras del pueblo dicen que esas son cosas malas y que Dios nos tiene preparado algo mejor. Si eso es verdad, quiero que ese algo llegue ya y las cosas vuelvan a ser como antes.

***

No sé realmente qué fue lo que ocurrió. Lo primero que recuerdo es que un domingo, después de la misa de las ocho, papá y mamá me trajeron a la finca del abuelo. Luego regresaron al pueblo, dejándome con el consuelo de que al día siguiente volverían por mí. Sin embargo, los días pasaron y lo único que se asomaba por la carretera eran soldados que se movían de un lado para otro. Cuando le pregunté por ellos al abuelo, me respondió:

—Ellos defienden al país, y toda la gente debe ayudarlos. Por eso Miguelito y Graciela lo trajeron: para poder cumplir con su deber.

La espera se prolongó por varios días. El sábado siguiente, casi en la noche, por fin papá asomó en la carretera y me llevó a casa de nuevo. Volví más contento que nunca, pero ni él ni mamá parecían estar felices de que estuviéramos juntos otra vez. Tanto se notaba su incomodidad, que dos días después me volvieron a llevar con el abuelo. Esta vez me negué rotundamente, pero me persuadieron con frases como: «Todo lo que hacemos es por tu bienestar». Tal vez sí querían abandonarme y por eso trataban de que me acostumbrara a estar sin ellos.

Poco después de que volvieron al pueblo, los soldados aparecieron de nuevo. Sin embargo, estos eran diferentes: caminaban en desorden, y algunos llevaban pantalones de otro color y sombreros extraños. El abuelo y yo los observábamos desde los árboles que tapaban la visibilidad de la finca, a una buena distancia de la carretera. Él solía decir por esos días que este era el lugar más seguro, ya que no se veía desde el pueblo ni desde el camino.

Esa noche, después de habernos acostado, escuché varias detonaciones, como en las quemas de pólvora de las ferias. No pude dormir hasta que se detuvieron. En la mañana le pregunté al abuelo y me respondió con su seguridad de siempre:

—Eso fue que estaban practicando tiro.

No vi ningún soldado en todo el día, así que me preparé para volver con papá y mamá. Sin embargo, solo llegó ella, me hizo ir a mi cuarto y habló con el abuelo por más de dos horas. No logré oír más que susurros, suspiros y un par de gemidos apagados. Luego vino mamá, se sentó en la cama, me abrazó y, con la voz entrecortada, me dijo:

—Tu papá tuvo que irse por un tiempo. Es mejor que te quedes con el abuelo unos días, y luego iremos juntos a casa.

No dije nada, pero sabía que iban a ser más de unos días. Se marchó, después de almorzar con nosotros en silencio, y no la he vuelto a ver desde ese momento. Ni siquiera me dijo que me amaba ni me regaló un beso antes de irse a toda prisa.

Esa tarde, poco antes del anochecer, vimos llegar a los soldados por tercera vez al pueblo. No pude ver si eran los primeros o los segundos que habían venido, porque en ese momento el sol ya se estaba ocultando y la luz no era suficiente. Lo que sí recuerdo bien fueron los disparos  durante la noche. No fui capaz de dormir, así que me senté en la cama a contar las detonaciones. Perdí la cuenta cuando iban más de ochenta, porque el corazón me latía tan fuerte que no podía concentrarme.

Tuvimos que esperar una semana para que los soldados se fueran. Después de dos días más a la expectativa, el abuelo decidió ir al pueblo y me ordenó quedarme todo el tiempo dentro de la casa. El tono de sus palabras no me permitió una réplica, así que obedecí y me quedé en mi cuarto hasta que volvió. Tuve una sensación extraña durante todo el día, como un nudo en la garganta. Me tranquilicé un poco cuando lo vi llegar de nuevo, pero solo estuve así hasta el momento en el que habló.

—Mijito —dijo—, su mamá se tuvo que ir con su papá. Le mandó decir que se quede conmigo unas semanas hasta que vuelvan.

***

Han pasado varios meses desde que papá y mamá se fueron, y sigo atento al momento en el que aparezcan en la carretera. El abuelo me lleva a la escuela y me trae todos los días. Cuando no estoy estudiando, pasamos todo el tiempo juntos, excepto los domingos, cuando va a visitar a mi abuela. En esas ocasiones corta tres rosas del jardín de la finca, se va y regresa horas después con los ojos rojos. Sé que la extraña mucho, así como yo extraño a papá y mamá.

En la escuela llaman a esas semanas «los días del encierro», y casi todos mis compañeros dicen que les ocurrió algo como lo que me pasó a mí. Con el paso de los días, me he dado cuenta de que casi todos se fueron del pueblo, y solo quedamos niños, mujeres y ancianos. Las maestras se volvieron asustadizas y gritan cuando oyen cualquier ruido. Todo se está volviendo amarillento, como si viviéramos en una época antigua.

Lo más extraño después de los días del encierro fue la inmensa puerta que le pusieron al cementerio. El abuelo dice que es para que los fantasmas de los muertos no puedan salir. Cada vez que pasamos por ahí, aprieta el paso y su cara se endurece como si se volviera de madera. En esos momentos pienso en papá y mamá, y siento que están un poco más cerca.

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