Lagrimitas sesgadas

Imagen tomada de Pixabay

I

Recuerdos remotos de olor a andén insolado
y sopor de carretera.
Yo, alguna vez, fui parque; también chicharra enmudecida.
Y hui, sin sospecharlo, tomado de las manos de mamá,
a las mil formas de bestias que dibujaban los dedos
huesudos de los árboles con las sombras de mi inocencia.

Me raspé las rodillas y también me escarbé,
con las uñas rotas, la sangre endurecida contándole al
día mis más grandes sueños.

Lloré en el Terminal de Transporte con un gesto arrugado
de olor a mandarina y sabor a Mareol, escurriendo los mocos,
con una mano clavada en el pecho
y la otra
diciendo adiós.

Le di cuarenta y tres vueltas al parque de la Flora
mirándome las manos; pensando en cuánto había cambiado todo,
absolutamente todo.

Escalé el clavijo de tiple decapitado del Parque de los Niños
para no darle, de ninguna manera, oportunidad a la lástima de alcanzarme.

Me hice una pulsera con florecillas rojas, me abrí la carne
con la maleza del monte y me desinfecté, solo,
las heridas con el rocío de las hojas secas y ennegrecidas por el aliento callejero.

Desperté escuchando el himno de Santander
y me acosté dando un paso atrás.

Yo solía ser parque, también chicharra enmudecida.
Yo solía ser niño, paloma y monte azul.
Pero un día,
con hambre y ya mareado, aposté al asombro
por un tostado y aguapanela
y lo perdí todo.

II

Muchas veces sentí
que las calles y carreras
eran como una pecera mugrienta.
Peces como gente de palabras bajo el agua; inaudibles
que me sugieren, con dolor, que caminamos o nadamos,
tal vez,
en un espacio reducido,
cíclico, atestados de rencores; tan espesos como el agua estancada.

Hoy soy tan frágil, tan indefenso.
Hoy soy colibrí que atraviesa un severo ataque de ansiedad;
estrellándose, hasta que el corazón le explote,
cuarenta y tres veces
en el vidrio ilusorio
de las ventanas del cielo.

Hoy soy un niño que sostiene, como puede,
una luciérnaga muerta para espantar a los monstruos
que lo asechan en su habitación.

Hoy se me escapa el llanto mientras abrazo,
sentado en el rincón cruel del desengaño, mi vientre; en el que germinan
un millón de semillas de sandía.

Hoy soy tan pequeño
que el lastre del aire
y la vida
asfixian toda voluntad de residir en algún lugar.

Hoy me pesa el alma en las pestañas.

Hoy llevo a tuche a la noche,
a la tristeza y al desamparo.

Mis mangas están empapadas de sangre.
Y mis manos, engangrenadas de abandono,
sostienen, temblorosas, las huellas del amor incondicional
que un día juré que alguien me había prometido.

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