La verdadera cara de la migración

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Hace varios lustros, grandes cantidades de africanos fueron llevados a tierras extrañas como esclavos con el fin de realizar trabajos pesados que otros no estaban dispuestos a realizar. Actualmente, en este siglo XXI ha surgido su contraparte: los inmigrantes. Mientras en los países desarrollados algunos sectores de la población temen perder su trabajo, en el otro extremo quienes ya lo perdieron todo no dudan en desplazarse en busca de horizontes más promisorios. Así, los migrantes se han convertido en una codiciada mano de obra barata, en donde son marginados y explotados. Sin quererlo se han vuelto unos incómodos mensajeros de una era marcada por la incertidumbre y el olvido.

Sabemos que el tránsito de personas ha existido desde la prehistoria, con aquellas poblaciones nómadas que se movían de un sitio a otro en búsqueda de alimentos mediante la caza y la recolección, todo con el objetivo de sobrevivir a pesar de las duras condiciones. De igual forma, hoy en día la cosa sigue igual, solo que antes no había métodos como los cultivos para alimentarse y establecerse. Actualmente, con tanta tecnología y tantos avances a nuestro alrededor, esta crisis migratoria sigue en ascenso. Pero aquí me pregunto algo: ¿qué tiene que pasar para que una persona decida irse de su tierra en búsqueda de un futuro mejor, pero sin ninguna garantía? Por supervivencia, irse de casa porque la vida es cada vez más pesada de sobrellevar y no va a mejorar, por lo menos, durante un buen tiempo. Esto es lo mismo que pasa con nuestros migrantes. Ellos, sin saberlo, se montan en un barco sin capitán, sin nadie que les asegure la llegada a tierra firme.

Cuando hablamos con personas que deciden tomar estos riesgos podemos ver que son individuos con sueños pero también con muchos miedos y exigencias, no solo porque deben sobrevivir por ellos mismos sino, porque en muchos casos, terceros dependen de ellos. También, son exigidos en la nueva sociedad a la que llegan porque los extranjeros siempre serán observados con la lupa de la curiosidad pero también con ojos acusadores. Los estigmas que hay alrededor de un estudiante que llega nuevo a la escuela también lo llevan estas personas, que si bien en un principio no suelen molestar, después de un tiempo incomodan. Como dicen por ahí, el muerto empieza a oler después de tres días. Y muchos se preguntan, ¿por qué no se quedan en sus países? ¿por qué se lanzan, así como así? “Tienes que entender, nadie pone a su hijo en una balsa a menos que el agua sea más segura que la tierra”, dice uno de los versos de la poeta somalí Warsan Shire, refugiada en el Reino Unido desde su infancia.

Por otro lado, debemos hablar del tiempo, del espacio y de su acechante resultado: el olvido. Personas que se van y que se olvidan. El miedo de muchos de nosotros. Ser olvidados por aquellos que amamos es como si algo muriera en cada uno, como si aquellos fantasmas de la niñez se aparecieran como abejas que buscan las flores. Miedo al tiempo, miedo al espacio, miedo al olvido. Pero no solo son olvidados por los que se quedaron sino también por los que están. Personas que prefieren callar para que no reconozcan de dónde son o de dónde vienen son más comunes de lo que pensamos. Estudiantes que deciden enmudecer en clases para evitar ser reconocidos y juzgados. Trabajadores extranjeros con miedo de convertirse en objeto de envidias y malos tratos. Jóvenes con temor de haber arrojado su futuro por la borda. Adultos que viven intranquilos por el atemorizante día a día. Todos ellos son, en algún punto, seres olvidados. Personas que simplemente dejan de existir para seguir aquí. Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido, dijo alguna vez Francis Bacon.

Políticas locales que no abarcan un tema global. Sectores condenados a la soledad, al olvido y a la indiferencia. Personas que sienten que no son escuchados por el simple hecho de no haber nacido en el mismo lugar. Podemos hablar la misma lengua pero no nos escuchamos, no nos entendemos y mucho menos nos comprendemos. Fronteras que dividen no solo la vasta geografía sino también la capacidad de empatizar con lo que aparenta ser distinto pero que al final tiene los mismos problemas, sufrimientos, deseos, miedos, incertidumbres y alegrías. Promesas falsas que auguran tiempos mejores pero que terminan aislando y trayendo consigo más sufrimiento. No importan los muros, las barreras, los campos de refugiados, la vida clandestina, el rechazo, los ataques, el olvido, los riesgos de buena voluntad, los desiertos, las montañas, los ríos, los mares, las insensibles leyes; todos aquellos que saltan a este vacío caminan como pobres diablos con la determinación de quienes no tienen mucho más que perder, porque ya lo perdieron todo.