La UIS que no queremos

29 de febrero de 2020

¿Qué ha conseguido el movimiento estudiantil de la UIS en los últimos meses de protesta? Salvo el repudio general, la respuesta es una sola: nada. Quienes quieren continuar con su formación académica han comprobado que esta lucha estéril entre encapuchados y agentes del Esmad no es más que una rutina. La UIS, históricamente, ha protagonizado turbas iguales o peores a las del pasado viernes, sin que ninguna de ellas haya servido para algo. Miento, sí han servido para algo: para que nos sintamos hastiados y anhelemos, paradójicamente, un orden autoritario. Los encapuchados de la UIS, consciente o inconscientemente, no han hecho otra cosa que regalarle votos a la derecha más rancia del país; y han conseguido, por ese medio, que la gente propenda por líderes que prometen mano dura y cero tolerancia contra la protesta. En síntesis, lo único que hemos logrado es la validación de unas tesis que cualquier sociedad liberal vería con malos ojos.

            Porque, ¿qué otra cosa podría esperarse luego de cuatro meses de interrupciones constantes? La sensación de desgobierno es general, como también, el irrespeto por parte de quienes dicen representarnos y toman decisiones por todos, sin una consulta previa. No hay debates argumentados: solo peleas, vociferaciones e insultos dignos de un Carlos Felipe Mejía, senador del Centro Democrático, de quien nos reímos por sus rabias y pataletas sin notar que nosotros, los llamados a ser el cambio, actuamos de la misma manera. Hemos insistido tanto en las mismas consignas, en los mismos mecanismos de presión (llamados a Asamblea permanente, cierre de edificios, pupitrazos, etc.), que luego de comprobar su inutilidad no sabemos si quienes protagonizan tales actos son conscientes de su ineficiencia o son, simplemente, cínicos en extremo.

            La protesta del pasado viernes solo reafirmó unas ideas que ya han venido forjándose en los últimos días: hay que irse de la UIS, aquí no hay quien mande, es imposible estudiar, no vamos para ninguna parte. Los vendedores ambulantes de los alrededores, más que convencerse de la validez de una lucha, habrán comprobado una vez más que fue una buena idea haber votado por Uribe hace dieciocho años. Y habrán dicho, sospecho, que él sí sabe cómo gobernar este país. Y si él les pide votar en una próximas elecciones por su candidato, a cambio de seguridad y orden, van a hacerlo con el mayor de los gustos, porque ellos ya están cansados, como también lo estamos nosotros, de que quienes dicen defender el medio ambiente hayan quemado una moto y contaminado así el aire de la ciudad, de que quienes levantan su voz contra la violencia del Esmad saquen a la gente de sus aulas con papas bomba, y de que nos escandalicemos por el robo al que nos someten los políticos pero hayamos aplaudido el hurto de un vehículo.

            No hay cómo ocultar la decadencia moral de la UIS. Nos hemos convertido en el mejor argumento en contra de las movilizaciones sociales. Exigimos mejoras en la educación pública y en la infraestructura de la universidad; pero, a cambio, decidimos no ir a clase y destruimos los bienes muebles de la institución. Interrumpimos el calendario académico porque los docentes exigen al máximo; pedimos, por ello, reflexión y un nuevo cronograma; y, cuando nos lo conceden, no vamos a clase y solicitamos otra reforma en el calendario, porque los docentes otra vez nos exigen al máximo y necesitamos más tiempo para la reflexión política, la manera más solemne de decir que no queremos hacer nada.  

Concedido ese tiempo y otorgadas otras garantías, como que los docentes no puedan evaluar y asignen un repaso académico, quienes piden una mejor educación, paradójicamente, no van a clase y exigen que no se les sumen las fallas; pero, cuando este tiempo expira, vuelven a quejarse porque los docentes otra vez les están exigiendo al máximo y ellos necesitan mucho más tiempo para sus asambleas. ¿Y qué pasa, finalmente? Que la educación de calidad se reduce a unas pocas jornadas, a evaluaciones a medias y una formación mediocre que le saldrá cara a la UIS en pocos años, porque las empresas notarán que no tenemos las bases suficientes para desempeñar un trabajo con la responsabilidad necesaria. Pero, antes de que ese día llegue, seguiremos aplaudiendo actos de vandalismo, cerrando edificios e interrumpiendo el calendario académico, el método más indicado para que nuestro futuro esté lleno de profesionales mediocres y gobernantes de ultra derecha.

Si algún día esta pesadilla se concreta, podremos decirles a nuestros hijos, ojalá con autocrítica, que fuimos nosotros los responsables de esa debacle.