La teoría del espejo

Fotografía original

La teoría del espejo

En la pared hay un agujero blanco, el

espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme

atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer

en el espejo.

Jean-Paul Sartre

        El ser humano es la especie que más oye sin escuchar. Que más ve, y peor observa. He sabido de casos en los que la creación de un aparato óptico para la visión humana afecta el deseo de observar; en contraste con el uso tecnológico de la lupa y el cuentahílos para los encandilados, cuya dificultad en el uso los hacía lectores furibundos. La facilidad, en su sentido, simplifica las capas de la vida y deja servido el entusiasmo de la carencia. Con la ausencia se pueden hacer cosas, mas con la carencia, las cosas se dan sin hechuras; cuánto más cuando la carencia no es la ausencia de posibilidades en un individuo. El ser humano es el principal de la existencia a la que no le alcanza el tiempo para hermosear la vida. Única capaz de hacer del mundo un teatro de operaciones, teniendo tan pocas intenciones de considerar a algún lugar como su hogar, como su adherencia, como su estética. Como si la debilidad debiera vencerse con el delirio de volar.

        Si por un momento fuera como yo, el ser humano me entendería. Resguardado en los resquicios, llevo tres días de vida insectívora. He visitado lugares habitados por esta especie singular. A donde vaya, hay personajes dignos de una crónica.

       Incapaz, como soy, de relatar tres movimientos en tercera persona, permítaseme escenificar la teoría del hombre ante el espejo de Jean-Paul Sartre con una variación. Bastó con succionar a mi huésped, un espécimen comprometido con el arte, para razonar por él. Ya el intelectual francés solucionó un misterio: el hombre encuentra en los ojos de los otros una proyección adecuada de sí mismo. La pesadilla es el encierro, de cuando lo peor de los otros sale de sí.

         Pretendo ser el espejo, objeto que necesita del hombre, de su creador, para saber distanciarse de ese otro por el que el mismo Sartre escribió varios de sus libros. Seré tan humano, que me costará trabajo ensayarme en el papel.

 

Primer espejo

4:10 p. m.

Es urgente, necesito que venga para acá.

Está bien, ya voy.

¡Pero ya!

Déjeme termino una cosa, y en veinte minutos arranco para allá.

¿Arranca en veinte minutos? ¿Qué parte de ‘para ya’ no entendió?

Bueno. Cierro ya, salgo ya. ¿Me da diez minutos para llegar?

No sea chistoso; aquí lo espero.

 

4:25 p. m.

        Quince minutos después, cinco minutos tarde, resulté hablando de cosas que eran para ayer. Los diez minutos habían pasado, y me encontré en la necesidad de disculparme por los cinco minutos que me distanciaban del ‘ya’ que había pasado, en un ‘hoy’ que comenzó quince minutos después.

Pude enunciar la pregunta:

 

Y bueno: ¿qué es tan urgente?

Simple: ¡el informe era para ayer!

No puedo entregar un informe de una actividad que estoy desarrollando.

¡Ayer! ¿Qué parte de ‘ayer’ no entendió?

Ayer llamé para avisar que estaba desarrollando el trabajo, y que, si así lo querían, me retrasaran el pago hasta el cumplimiento. No puedo entregar lo que no está hecho.

Así no son las cosas. A nosotros nos corresponde pagar a tiempo, y recibir a tiempo. Pero no podemos pagar sin haber recibido. ¿Me entiende?

Entiendo. Mañana mismo tengo el informe elaborado. Discúlpeme usted.

Pero ¡no se vaya! Mire: necesito que vaya a la oficina de abajo y revise dos documentos que van a salir, pero que necesitan de su revisión. Necesitamos que nos colabore con eso.

¿Y el informe?

¡El informe era para ayer! Concéntrese.

¿Y de qué trata lo que tengo que revisar?

Es algo sobre un texto que saldrá por comunicación institucional y un compilado de textos que deben salir editados mañana.

¿Son muchos textos?

No lo sé. ¿Y eso que importa? ¡Es para hoy!

Bueno, ya bajo.

¡No! Espere. Tengo otro problema.

Dígame.

Revisamos, y usted no va a alcanzar a cumplir las actividades pactadas para el próximo mes.

¿Y por qué no? Si me dejaran hacerlas, lo haría.

¿Sugiere que no le estamos permitiendo hacer su trabajo?

En algún momento debo hacerlo, ¿no?

Eso lo hablamos mañana.

¿Mañana?

Sí, mañana. Debía decirle que, como las cosas urgentes no las presentó, no le vamos a pagar, pero usted no puede quejarse porque usted ya sabe por qué.

Bueno, pero tampoco me dejen sin salario. Yo ya presenté dos recursos, y me han pagado lo de uno. Páguenme el segundo, y ahí aguanto.

Eso debe ir a hablarlo con el departamento financiero. Pero no baje sin haber pasado por lo que le dije, ¿me oyó?

¿Y cómo escribo? Un escritor también come.

Para hoy, lo de hoy. Para mañana, lo de mañana. Todavía no sé por qué los escritores no son capaces de cumplir una agenda. Yo vengo todos los días, llego a la hora, hablo con cien personas al día y dejo listo lo de mañana antes de irme para la casa.

Usted no escribe…; con su perdón.

No escribo ¡porque no tengo tiempo!

Yo tampoco, fíjese usted. Para escribir, tengo que ir al archivo, tengo que leer, tengo que cotejar versiones y, allí sí, escribir.

Ese es su oficio, ¿no?

Sí.

Bueno, a cada quien lo suyo. ¡Baje pues!

 

4:50 p. m.

“A cada quien lo suyo”. Me lo repetía, mientras bajaba los escalones que me llevarían a atender algo que no era mío.

Recién llegado, pregunté:

 

¿Me estaban buscando?

¡Sí! Venga, por favor.

Dígame.

Tiene que revisar esto, pero ¡para ya!

¿Para ya?

Sí.

Son las cinco de la tarde y tenía un compromiso personal a las seis…

Pues su compromiso se aplazó. Revise a ver.

Y tengo por hacer un informe para mañana…

A mí me toca entregar esto mañana, así que a hacerle. Son este texto, y este libro. Revíselos.

¿Libro? Escuché mal, creo.

Nada mal. Hágale, que para ayer es tarde.

 

9:30 p. m.

‘Le hice’. El trabajo está hecho; las correcciones en la mesa, y un documento con todo lo anotado, en buzones respectivos.

 

10:30 p. m.

        Las rutas de bus son infinitamente largas para quien no tiene tiempo. Me quedan años de vida por vivir, algunos deseos por cumplir y una salud de medianía que todavía sirve para pensar en el futuro. Si lo pienso, aquí mismo, contando los minutos, todavía tengo tiempo. Las rutas de bus son, al ahorcado, las vacaciones del cuerpo, y al insatisfecho el códice de los pensamientos. Es increíble cuánto se hace en un lugar donde el supuesto es no hacer nada mientras vamos de un lugar a otro.

He llegado, finalmente.

 

Tú y yo no vamos para ningún lado. Mi cumpleaños, ¿y me dices que no pudiste porque te dieron un trabajo de última hora? No saques excusas, por favor. Lo de nosotros termina hoy mismo.

¿Hoy?

Sí, ‘hoy’ mismo.

¿Por qué no lo hablamos mañana?

Porque no aguanto más.

Pero…

¡Adiós!

 

11:40 p. m.

Inicio el informe.

 

3:50 a. m.

Está listo el informe. Respiro. Escucho a Robert Plant, Carry Fire.

 

4:38 a. m.

Termino de escuchar a Robert Plant: “Escape the old world / Embrace the new world”.

 

5:50 a. m.

Un baño rápido. Llego a la oficina. Un churro en el camino.

 

6:30 a. m.

Entrego el informe.

 

2:30 p. m.

Me devuelven el informe.

 

3:40 p. m.

Entrego el informe con correcciones.

 

5:30 p. m.

Me dicen que revisarán el informe mañana.

 

6:00 p. m.

Llamada entrante.

 

¿Qué tal?

Algo cansado, pero bien.

¿Entregó el informe?

Sí, pero me lo devolvieron. Me tocó venirme desde el archivo, no almorzar y presentarlo de nuevo. Mañana lo revisan.

¿No lo entregó? ¿Qué cosa no entendió de ‘para hoy’?

Lo entregué.

¡Pero mal!

Bueno; no sé qué más decir. ¿Hablamos mañana?

¡No! Lo llamo para decirle que mañana tendremos una junta, y que discutiremos su situación. No queremos que la Casa de Control le caiga encima.

¿La Casacontrol? ¿Y quién está incumpliendo el trabajo?

¡Nosotros no! Y no fui yo, pero alguien envió su situación a jurídica, y eso decidieron.

Me parece bien. Firmé un contrato de seis meses en el que voy en el treinta y cinco por ciento de mis labores en este, el tercer mes, y estimo que voy en el mil por ciento en la casilla de ‘labores de apoyo’. No fui contratado para eso. Me parece bien. Un mes de contrato pago, y renuncio a los demás. ¿Le parece?

¿¡Que qué!? ¿Cómo?

Es justo.

¿Justo?

Sí. Es una buena decisión. ¿Puedo ir a dormir?

¿Usted quiere que me echen? ¡Yo lo sabía! Me aseguraré de que mañana nadie lo contrate, ¿me oyó?

Mañana es otro día. Intentaré lo mismo. Lo intentaré; delo por hecho.

 

7:00 a. m.

Reunión.

 

Mire, no se enoje. Tranquilo: entregue todo cuando pueda. Estamos demorados, pero sin usted no podemos cerrar este trabajo. Lo necesitamos.

¿Y el pago?

El informe…; eh, creo que lo devolvieron. Pero no se preocupe, yo le colaboro para llenar lo que haga falta. Son cosas burocráticas, su trabajo está bien. Es lo que importa.

¿Me están bromeando?

No, para nada.

Qué bueno. Ya viene siendo hora de entender que los resultados son eso mismo: finalizaciones. Hay personas que finalizan bien, y otras que van cumpliendo, y su final no es nada bueno.

Así son las cosas. Tenga en cuenta que aquí cada quien hace lo suyo. Es cuestión de entenderlo.

Me alegra que lo entendieran. ¿Y el tiempo? ¿Me van a dejar hacer mi trabajo?

Sí; tranquilo. Mañana es mañana.

Esperemos que así sea. Aquí, mañana es mañana, pero hoy es ayer. ¿Será que no existe el pasado mañana?

El mañana se construye en el hoy.

Pero sigue siendo mañana.

Hasta mañana.

Hasta pronto.

 

Segundo espejo

         No fue sino hasta la era industrial que se comenzó a necesitar y a exigir otro tipo de producto: empleados. Como respuesta, el gobierno asumió la tarea de educar de forma masiva, y adoptó el sistema prusiano, sistema que, hasta la fecha, sigue siendo modelo para la mayoría de las escuelas occidentales del mundo.

        ¿Alguna vez te has preguntado de dónde vino la idea de jubilarse a los 65 años? Te responderé: Otto von Bismarck, el presidente de Prusia en 1889. En realidad, el plan de Bismarck sugería la edad de 70, no 65 años, pero eso ya no importa mucho. Prometerles a sus adultos mayores una pensión garantizada cuando cumplieran 65 años no fue un riesgo económico demasiado grande para el gobierno de Bismarck. En aquel tiempo la expectativa de vida del prusiano promedio era de 45 años. En la actualidad hay tanta gente que llega a vivir hasta 80 o 90, que esa misma promesa muy bien podría llevar a la quiebra al gobierno federal en la próxima generación.

        Si investigas la filosofía detrás de la educación prusiana, encontrarás que su propósito era producir soldados y empleados: gente que siguiera órdenes e hiciera todo lo que se le dijera. El sistema prusiano busca la producción masiva de empleados.

 

        La reflexión es de Robert Kiyosaki, empresario e inversionista hawaiano al que se le ocurrió, en algún momento de su existir, el dar conferencias, motivar a otros empresarios y, con la asesoría de una contadora, escribir libros. Este libro se llama El negocio del siglo 21.

        No hay nada de malo en la reflexión, en realidad. La carencia es mi problema.

      El libro explica un resabio: la política estatal gobierna bajo promesas. Lo sabemos, y sabemos que el gobierno no enseña el criterio de sus promesas: son secretos de Estado. En segundo, la realidad que plantea tiene el escándalo de hacerse sustantivo: industria, empleados, mecanización, órdenes, masa. Vida, civilización, organización social y ser humano desechos en medios sustantivados, sinónimos en cascada de una realidad que el autor omite: la industria crece en la medida en que el arte decrece, y en la historia humana desaparece campantemente la noción de calidad de vida. En tercero, el autor, de ascendencia oriental, habla de Occidente y, dentro de esta tradición, de Prusia: el foco de inspiración del pragmatismo, del comportamiento militar, de la propaganda premeditada del diseño gráfico y de la libertad proyectiva del yo monetario. El autor nunca habla de la relación del mundo que se explica con su otro mundo, el de Oriente, donde la reflexión interior tiene milenios y el uso del pragmatismo es una faceta del silencio interior, al que los japoneses han llegado con la capacidad de habitar ciudades inmensas en las que ningún vecino se habla. El hombre nos incita a ser empleados de su vacío interior. Y, en cuarto, y por abreviar este asunto, el autor –si es que puedo llamarlo así– genera una pregunta y nos da inmediatamente la respuesta. ¡Qué amabilidad la suya! El cuestionamiento milenario reducido a un encuentro de pimpón de dos juegos. ¿Reduccionismo? No; sustracción: una muestra más de lo inepto que es como escritor, o bien, como persona dialogando con un papel. Escribe, desde un comienzo, con la noción de que otros, exclusivamente los otros, lo leerán.

        ¿Dónde estará él?, me pregunto ahora. Y no en Hawái, Shanghái o Dubái, bebiendo piña colada mientras dos esculturales chicas le airean la nuca con un abanico. Cavilo que quizá en su escritorio, reflexionando los desajustes de su triunfo vital y la necesidad de algún día confesar a sus adeptos que su vida no está nada bien: que sus ideas de “padre rico/familia rica/mujer rica” son vocecillas caprichosas que no lo dejan dormir, y que, asesoría en escritura incluida, sus libros de educación financiera seguirán siendo intentos por escribir desde las orillas en las que los actos de educar y escribir son su propia huida. Pero no lo hago así; me pregunto mirando hacia el horizonte. ¿Dónde está él, y el otro él, en el texto? Madre mía: ¡está en todas las universidades latinoamericanas y anglosajonas, en casi todas las carreras ingenieriles, técnicas, periodísticas y políticas del mundo contemporáneo! ¡Y pone los números sin escribirlos en letras, soluciona el contexto del ‘ahora’ con citas de siglos aleatorios y reduce el campo de la vida a la quiebra!

      Él, un hombre que no es un empleado, anuncia al mundo que lo será, que letrada, investigativa y pragmáticamente lo será, sepultando las lecturas de Hobbes, Rousseau, Marx, Foucault o Bobbio, que se plagian apenas por capítulos entre los sátrapas del conocimiento universitario, entre los estudiantes que estudian al hombre y que parecen tampoco tener el derecho a llamarse ciencias humanas, sino humanidades.

        Él, el escritor, no está en ningún lado. Quien escribe es muy poco gallardo para escribir bien, es decir, para transferir un yo investigador, un yo interior o regalar un yo contrariado. En él, el yo del escritor es el lector: egocentrismo puro. Tan engañoso como quien encuentra la causal de su escritura por considerar a sus lectores. Así compite con un historiador, un sociólogo o un literato común y corriente. Compite. Está para poner sobre un papel una de sus pirotécnicas conferencias diseñadas para chicos que, si no babean por la chica que está al lado, tienen que recoger con su muñeca las babas que se le deslizan por la quijada al pensar en cómo se maneja exitosamente el dinero. En eso en que se está convirtiendo su valor: en babas.

        Pero no estoy para enojarme. Estoy para disentir, y hacer otra acción. Estoy para pensar en la pregunta interior.

       En mi interior, se desata una tragedia inmensa al pensar que la vejez, la juventud, el trabajo, la dificultad, la política y la mera relación entre una pregunta y una respuesta tienen en este libro tanta lógica, a los ojos de la realidad cotidiana, que nos tiene el alma hurgada. Nos da vida, y nos quita la esencia. Nos entrega el problema sin invitarnos a pensarlo. Es un proyector de réplicas en las que el flujo del dinero se hace quintaescencia.

       Una amiga de niñez se convirtió en la autora del libro más vendido en Colombia, en un año que vale considerar como reciente. Firmó más de dos mil ejemplares en un mes, y me alegró observar su alegría. Me alegró su éxito, y que sus ojeras ya no estuvieran encima de sus generosos cachetes, producto de un desaire amoroso, de una ocupación indeseada o la falta de sueño. Me alegró que tuviera algo de sí para celebrar.

        Ella escribió un libro sobre cómo trabajar dejándose el alma en el trabajo, con la leve variación que sugería su subtítulo: supervivencia emocional para humanos en edad productiva. Es entrenadora personal, experta en hacer de una persona una marca. Pero no entrena a nadie, pues ella es coach: ¿you know, teacher?

       La publicó Planeta. Yo, que evito leer el libro para no acercar el darme cuenta de sus inmensas habilidades para dejar en un papel los contenidos que bien podrían artísticamente quedarse en una charla telefónica o de café, entre dos adultos conscientes, y que por su significado no la hacen escritora… Yo, escribo. Lo hago acompañado de infinitos problemas. Unos en el hoy, y otros en el mañana, dejándome la piel en algo que todavía no puedo considerar un trabajo y, aunque me cueste todo el trabajo, pienso, moriré en el intento de escribir. Creo estaré muerto para cuando me publiquen apropiadamente.

        Además, trabajo en sentir la obra de un escritor coterráneo, tanto de mí como de mi amiga, que alguna vez publicó Planeta. Ganó el Premio literario de la editorial barcelonesa no hace demasiado tiempo y vendió diez mil de ejemplares en la primera semana, evidentemente en otro tiempo. Pienso en el tiempo en que los escritores eran leídos masivamente, no en masa, y de cuando el lector tenía el criterio para erigir sus dudas y el libro era la excusa para ampliarlas, nunca para solucionarlas. Se revisaba el contenido, dentro del libro al héroe, y se evaluaba su relación con un antagonista.

        Me queda la sensación de que, ante su libro, soy un villano y ella la heroína. No necesito leérmelo para saberlo. La culpa parece no ser de nadie, ni de ella ni de la editorial. En un futuro cercano existirán editores publicando libros sobre sus experiencias –reléase lo contradictorio y nefasto– de cacería de comerciantes de palabras.

        En dieciocho meses, mi amiga alcanzó la sexta edición, que para la editorial corresponde, mejor, a la sexta reimpresión. Celebró compartiendo una portada de Rómulo Gallegos, que parafraseaba lo siguiente: “Hay personas que, entre pensar y hacer, le salen canas”. Si ya no por responsabilidad, el dolor en mi abdomen puede ser el síntoma de la existencia de una culpa moral. La culpa es mía, que debo cargar con la envidia irrefrenable de ver mis libros enterrarse en la sécula del anonimato presente, y tener que presenciar la lectura de párrafos de los que lo único que puedo sacar a un lado son las cosas que no están escritas: las estrategias, el metalenguaje, el pragmatismo…; el visible objetivo de los otros, evitando cualquier relación con el yo. Poseo entonces el fracaso y escribo con el visible objetivo de puñetear a mi peor enemigo: a mí mismo, en el desenfrenado oficio de sacar de mi propio pulpo un poco de tinta para que, si alguien me lee, entienda que mi vida poco o nada tuvo que ver con el hallazgo del arte en que se convirtió el texto. A cada letra puesta en el papel, una pelea interior que se hace intensa por la mirada de un exterior descarado. Y la conserva, como el formol al cuerpo, de una mente encanada.

       A veces pienso en leerla. En su capítulo cuarto, titulado: “Lo único más cruel que no hacer lo que le gusta es obligarse a creer que le gusta algo que no le gusta”, lo cervantino del juego de palabras abre la reflexión, diciendo: “Si ser honesto con otras personas le ha parecido complicado, espere a que tenga que ser honesto con usted mismo”. Lo lindo de Cervantes era abarcar el juego de palabras bajo la noción implícita de la locura; como cuando un maestro me marcó de por vida, al decirme: “Para hacer lo que nos gusta, habrá qué hacerse muchas cosas que no nos gustan”, hablando del papel de la teoría crítica y de la lingüística en la narrativa. Lo que ella hace, en el fondo, le gusta. Es una conformidad peligrosa, pues, en ella, existe otra moral. ¿Cómo es posible que toda esta gente esté así de loca?, se preguntará con autosatisfacción. A veces pienso en leerla.

        Sería incluso más satisfactorio que observar cómo llena los más amplios salones de las ferias del libro, justo en el salón contiguo al saloncito donde hermosos libros independientes, acompañados de veinte potenciales lectores –que aguardamos tan constreñidos como el artista que nos pretende hablar de ellos–, aguardamos por los tejidos de la escritura que confiesa debilidades por el arte, y desde el otro salón, desde el cual se escucha el silencio abrumador. Hasta allí llegan las oleadas de aplausos, disturbios del silencio que se hace conversación a una sala de distancia. Pienso en sus insistentes mensajes de gracia, en las incontables tomas de video y de foto de sus eventos y de los de su agenda, o en sus apariciones en cnn y rcn. Pienso en si el problema será el mundo, ante el cuál ella es un inmaculado tomate dentro de una licuadora a punto de ser encendida. Ce-ene-ene: ser nadie. Erre-ce-ene: acepto ser nadie. Los canales son mentirosos: ventilando posibles verdades de la vida fútil, no enuncian o esbozan un solo paradigma de la vida. Una sola cana.

        A punto de leerla, y bajo el riesgo de terminar trabajando para ella, siendo su crítico o corrector, la evito cuando aparece un viejo que partió de este mundo siendo artista musical y escritor. Canoso, además. Tan inteligente, que fue capaz de reverdecer amistades grises, como la que sostuvo conmigo, y amistades blancas como la que tuvo con mi amiga. Sobre la envidia, en uno de sus libros apuntó: “esa abominable pariente de la codicia (a veces se confunde) […] creo que tiene que ver directamente con la tacañería: la envidia es el único pecado capital que no cuesta un centavo”. Y freno. Puede que mi envidia sea sensata, en la medida en que, como hacedor, soy muy poco tacaño: creo que lo mío tiene que ver directamente con la hurañía, pues la tacañería es un mal que se practica en los más altos despachos de oficinas.

        Humanos haciendo de máquinas; o, precisemos: la humanidad creando entes operativos. Slavoj Žižek habla de poshumanos, que existen apenas como idea materializada por el cine y la música popular, eso que estudia y que considera, como pensador contemporáneo, que es el lugar donde se está desarrollando el futuro. El arte subsistiendo en los territorios del underground: un suicidio patrimonial, una certeza macabra. Y el arte, el social, en el lugar del tiempo más cómodo para los exitosos: el siglo que ya no es veinte y no tiene idea de si será veintiuno.

        ¿Y el yo? Bueno: me basto con el mío, riéndome groseramente de los lectores de Kiyosaki, cuando dicen: “¡Edúcate! Ojo: pensar en grande y… ¡romper paradigmas!”.

        Kiyosaki, admirador de Donald Trump. Otro forúnculo de pensador que tendrá un motivo del cuál arrepentirse. Lo tendrá. Empleados ‘recibiendo’ lectores iletrados. Bellos proyectos del universo estancados, buscando una felicidad a prueba de oficinas

        Y yo, llorando: llorando tinta de pulpo, sin derramar una sola lágrima de cristal.

      ¿Estará en la biblioteca de mi amiga el libro Elogio de la dificultad y otros ensayos de Estanislao Zuleta? ¿Cabrá la posibilidad de enviar, en un correo electrónico a Kiyosaki, el apartado de ese mismo libro que se titulaba “Los signos de puntuación”? ¿Leerán ellos, algún día, contemplando la posibilidad de que lo leído quede dentro del cuerpo, íntegro, antes de hacerse rebote?

 

Tercer espejo

        Walter vino a casa con el objeto de que le sirviera de hombro en el cual apoyarse. Walter es músico, y toca el piano y hace jazz. A Walter la novia le pidió un tiempo, con el grave accidente de que, durante ese tiempo, mi amigo Walter la vio con otro.

        En esta condición me llamó; repito, necesitaba de un hombro. Walter llegó. Su cara en el piso, sus manos en mi espalda cuando nos saludamos.

—¡Vamos amigo! Vamos a escuchar música —le propuse.

—¿Música?

—Sí, musiquita. ¿Estamos?

—No. Primero escúcheme.

Walter contó lo sucedido. Me dijo que, en esa misma noche, según sus sospechas, su novia iría a un lugar en el que yo podía espiarla, si aceptaba su propuesta.

—Digamos que la veo en malos pasos. ¿Qué gana con eso? —le propuse.

—Primero, lo primero. Después lo segundo.

—Digamos que voy. ¿Qué debo hacer?

—Decirme todo con pelos y detalles. Quiero saber si está con ese reguetonero hijo de la gran puta.

—El tipo puede escuchar Miles Davis, y ser el mismo hijo de puta, ¿no?

—Nada. Si escuchara Miles, sería mi amigo. Un amigo no me haría eso.

—Puedo ser yo.

—¿Usted? ¡No joda, bolsa! Mejor póngase una canción —me propuso.

Puse un blues hermoso, una de esas canciones con las que yo suelo abrirme el tórax sin caer muerto. Al cerrarlo, el corazón se siente aireado, libre de toxinas y genuinamente limpio.

        Buscaba ese efecto en Walter. Le di un vaso de whisky, y lo preparé emocionalmente. Le dije que los amores van y vienen, que la adolescencia del amor residió desde las eras de los dinosaurios, que el amor de ella puede venir de nuevo y seguir siendo amor; que la música es amor, y que el amor está en nosotros.

Me abrazó, casi llora. Teniéndolo preparado, puse play.

—¡Es que el reguetón es una mierda! —dijo a los diez segundos de la canción.

—Escuche, hermano. Perciba la cadencia; pesque cómo es que llega la guitarra —intenté.

—¡El reguetón es una mierda! —insistió.

—¿Va a escuchar? O pongo reguetón, e insultamos juntos.

—Póngala otra vez.

La puse de nuevo. Play. A los cuarenta segundos dijo:

—¿Qué es lo que le gustará cuando ve al tipo cantar?

—Le gustará el tipo, o que canta mal y se ve bien. ¿Qué se yo? A usted nunca le disgustó la idea de que una nena pareciera bruta, siempre que le dijera que lo único que quiere en esta vida es revolcarlo en una cama.

—Preséntemela primero.

—Roquero, pero no bobo. Acuérdese de lo que le digo. Roquero, pero no bobo. Jazzero, en su caso. De lo contrario nunca le llegará esa chica. Es más: puede que ella sea…

—¡Ni por el carajo lo diga! Le clavo un mueco —interrumpió Walter.

—Bueno. Pero escuche. Ya viene la parte deliciosa. ¡Escuche!

—Escúcheme usted. ¿Qué hice yo para que esta hijueputa…? —dijo, quebrantándosele un poco la voz.

—¿Qué siente, hermano? Dígame qué siente —le dije, y puse stop.

—Nada, bolsa. Nada. No es nada. Esa hija de puta se me transformó en una obsesión y una pesadilla. Ni la quería; yo amaba el piano, usted sabe. Ni lo toco ahora. ¿Qué me hizo?

—Sentir, culón. El piano llegará otra vez. Ahora es momento de ajustar sus propias teclas, afinar sus cuerdas, recomponer su acústica. ¿Vamos afuera por una cerveza?

—Está como buena la canción. Escríbame el nombre de la banda en un papel.

—Listo —y le di el papel.

Mientras me alistaba, le pregunté:

—¿Qué va a hacer mientras estoy por allá espiándola?

—Voy a ir donde una vieja con la que estuve hablando anoche.

—¡Póngase serio! El reguetón es una mierda, pero ¡qué fácil es cagarla!, ¿no? —le dije un poco molesto.

—¿Cagarla? Ya todo está cagado: la vieja me dejó por un reguetonero. Además, no me fluye un solo compás, ya que todas las melodías son una repetición desesperante. Usted no me entiende, y ¿no puedo hacer lo que se me da la gana? ¡No me joda! —dijo.

Walter se paró de la silla, le pegó un puño a la puerta, se metió el papel que le había dado en el pantalón y se fue, diciendo:

—Ya no haga la vuelta. Yo voy.

—Culón: ¡no vaya a buscar lo que no se le ha perdido! Un pianista de jazz no tiene nada qué hacer en un bar de reguetón. Más los que son como usted, tontamente genios por el jazz.

Walter salió de la casa furibundo. Me botó la puerta en la cara. Lo escuché maldiciendo mientras esperaba por el ascensor en el corredor.

Quedé pensando en qué era lo malo del reguetón, y en Walter y su novia, y el reguetón en el medio. La pregunta había cambiado, e intentaba hallar lo bueno del reguetón.

        El reguetón es ‘malo’ porque es como la venganza japonesa a los Estados Unidos con las motos: sirven para que otros se maten en nuestro idioma. El reguetón es el calor caribeño, del maluco: que rostiza la cara, que da sed y parola y no deja sino la seca. Pero el reguetón es ‘bueno’. Es el único género que expandió las fronteras perdidas de la lengua española de uso latino, y, mal o bien, esa influencia se deja ver en lugares insospechados. En la literatura, por ejemplo, o en la sociolingüística: cada vez más angloparlantes conocen el uso y significado social de una gran cantidad de palabras castellanas de connotación latinoamericana. O en la música misma, y por eso existen bandas de rock que tomaron notoriedad en el mundo porque desde los años noventa venían utilizando connotaciones castellanas en su lenguaje, desde nombres de personas y pueblos hasta leyendas de uso hispánico. No es extraño que algo de caribe comience a poblar los destinos físicos de los novelistas europeos. Así como el blues es un género impropio que terminó influenciado por la salsa, el stoner rock es casi un premiado del reguetón. Así de bueno como “Te coloniso”, canción de reguetón hecha por un dueto español llamado BeautyBrain, que logró lo que la Corona no ha podido en cinco siglos: mofarse de la heredad y asumir, en el sarcasmo, la naturalidad y la cercanía, la responsabilidad histórica de asumir que la barbarie no es un reflejo lejano, sino la razón barbarizada con que se realizó la Conquista provincial de América.

        Lo malo, de pronto, es no escuchar: no disentir, no cuestionarse si lo que hacemos todos en nuestra vida es, en todo y en parte, un esfuerzo porque nos llegue ese momento para ser los odiados; para ser esa gente a la que la gloria le llega como el reguetonero a la vida de la novia de mi amigo, como una imagen digna de ser consumida por un extraño. Ella lo sabrá. El reguetón también, cuando deje de escuchar los aplausos y se voltee ante sí mismo, a ver su lugar en el mundo.

        Así como le ocurrió a mi amigo Walter. Una hora después me escribió un mensaje, que decía: “¡Bolsa! ¡Qué banda tan hija de puta! Es una nota cuando el cantante dice vamonó antes del solo. Aquí estoy, gozándomela. ¿Sabe? Voy a dejarme de joder con esta nena. Ella está allá, feliz, y yo acá también. ¡Que viva la música! Gracias, hermano. Muchas gracias”.

       Como ocurre con todo, Walter ni me prestó atención cuando me tuvo en frente. No necesitaba escucharme: necesitaba escuchar algo de reguetón en su mismo idioma, y poder, así, y por fin, escucharse a sí mismo. 

 

* * *

 

        Socavar los territorios de un pulpo gigante y exprimir sus inasibles intestinos, para robar de su óbito algo de tinta y dejar grabada una estratagema en la conciencia activa de quien lo vive, o en la rúbrica inmortal del papel donde quedó escrito, es hurgar el alma. Es una acción humana, ejecutada a medio camino entre el sistema límbico y el hipocampo del cerebro. En la poética de la física neuronal, espacio del impulso infatigable de la sustancia gris.

        ¿De dónde puede provenir esta necedad? ¿Por qué no quedarse quieto, silenciando la pregunta interior? ¿Por qué no ha de ser una respuesta mecánica de reflexión rápida?

        La respuesta proviene de quienes elaboran la respuesta interior, y de la facilidad con que a los individuos de este planeta bípedo se le ha dado la gana resolver tan recóndita búsqueda. La respuesta es la urdimbre de la respuesta.

        Si fuera literatura, provendría de la perversión con que los escritores que no son escritores logran esgrimir con habilidad unas letras que disfrazan de arte la autosatisfacción, la ética inocua, la utilidad corporativa o la entretención vacía. Si fuera música, provendría de la progresiva participación de estériles, modelos de pasarela, magnates industriales y productores sin oído, superando por cinco la cantidad de actores al momento de grabar, presenciar o disfrutar una pieza de música. Y si no fuera arte, mas sentimiento alguno de vida, provendría del uso del tiempo para quienes un minuto tiene sesenta segundos, una hora sesenta minutos y un día veinticuatro horas. Lejos de la imagen perfecta, la blancura y toda masa llana es vacío, la carencia de curtiembre y el tono inmaculado para los habitantes de la nada: el cielo, la claridad, el espacio, el orton. De donde se desprenden, falsos como una dentadura de un solo color, los arquetipos de la belleza impulsiva.

        Si al interior del tiempo que pasa no cunde algún tipo de sombra, no queda más que saberlo todo y reciclarlo en maneras cada vez más dóciles y atractivas a la tentación del placer sin escalas. Tal vez por eso fracasa la literatura, pues hemos llegado al punto de asentir que nada está por inventarse, sin aceptar el legado de la recreación. Fracasa la música y la plástica, enfrascados en imágenes sobretraducidas sobre las que derrochamos morbo, babas, calor y noche, sin amaneceres sometidos al cambio en nuestras propias vidas. Fracasamos, en la pregunta interior, porque la respuesta suele percibirse de frente. Ojos que no lloran, no brillan.

       La respuesta interior es silente: se produce sin emitir sonido y sin cortar la piel y sin liberar la sangre de la dificultad a otro. La resonancia y el espejo, enemigos de la pregunta interior, saben que el pensarse y responderse a sí mismo es por antonomasia una acción de conjunto. Pero el cerebro humano es único por la consideración de la emoción, y de los usos diversos dispuestos para controlarla. A ello se le denomina alma; y de allí provienen los alimentados, y también los desalmados.

        Los zancudos tenemos alma. ¿Lo sabía? Claro: nadie se da cuenta porque la piel cubre la sangre humanoide, y nadie ve el panorama en el tono rojo con que se pone todo cuando chupo y chupo de estos seres, como si las cosas necesitaran derramarse sobre la cara para tornarse tan dramáticas como la vida que algunas canciones, letras y diálogos logran en los encuentros de la pasión enrojecida.

       “El registro es en sí un razonamiento, puesto que, arqueólogo o historiador, uno nunca abre una tumba o una caja por azar”, escribió un heredero del espejero francés, compatriota suyo: Iván Jablonka. Hecho el ejercicio del espejo, me corresponde ver si, en las pocas horas que me quedan, puedo desentrañar un tercer arcano, que es el hombre eclosionando ante el espejo.

        Quiero ayudar, como hice con mis sangrones cronicados al vaciarles la sangre caliente entre su cuerpo, que llegó hirviendo a sus corazones por no entender la tónica de términos calóricos del corazón. Escuchando “It’s enough”, de Lenny Kravitz, tengo la tonada precisa para encontrar la manera de que se vea la sangre sin la necesidad de abrir sus entrañas o la sensación de que lo que les ocurrió fue un mero accidente.

         Comenzaré con alguien, antes de partir de este mundo. Cuando veo levantarse a mi huésped, todo tribulado, con los cabellos desordenados y los ojos curtidos, para decir en frente del espejo: “Sartre es un fundamentalista”, hurgándose las ojeras con semblante ruinoso, se me hace necesario hacer un ajuste. Justo cuando dice: “El éxito de los no literatos me otorga la posibilidad de publicar en la gran tribuna, olvidando los estropeos al arte”, me paro en el medio del espejo, y lo someto a sus palabras. Me espicha de lleno, quiebra levemente el cristal y, alarmado, toma un pedazo de papel higiénico para confirmar que la sangre expuesta, a pesar de ser suya, no provino de su cuerpo abierto. Es sangre de otros; o de otro.

          Lo es, cuando dice: “Es un fundamentalista; pero yo, soy un Rómulo Gallegos”, y se alisa las canas con un convencimiento criterioso.

          La presencia del insecto agudiza la certidumbre. De si el asco proviene del insecto, o de lo dado frente a un espejo, depende el sentido de la prudencia.

Au revoir.

 

Atentamente,

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada