A LA SOMBRA DE LA TORRE

"Él se posó de frente a ella, acarició sus mejillas y sus ojos lentamente, y siguiendo la ruta de sus manos se aferró al cuello de la Rebeca..."

Fotografía: bogotaenbogota.blogspot.com.co

Alguna vez Eduardo Galeano dijo: “El mundo no está hecho de átomos, está hecho de historias” y tal vez esta afirmación no sea del todo descabellada, el mundo es la constante de historias que lo mantienen con vida, y las historias están impresas en espacios más allá de la realidad trascendente, en las canciones, en las novelas y los cuentos, en los mitos…

Pero, ¿qué ocurre cuando una ficción de estas se te aparece ante tus ojos de manera material?, ¿qué ocurre cuando no te la cuentan sino que la vives, experimentas una historia similar a la contada en algún lugar de los mundos posibles?

Llegó con su espada de madera y zapatos de payaso, a comerse la ciudad

Compró suerte en doña Manolita, y al pasar por la Cibeles, quiso sacarla a bailar

Un vals como dos enamorados y dormirse acurrucados a la sombra de un león

Así empieza “A la sombra de un león” una canción de Joaquín Sabina acompañado por Ana Belén de 1988.

Llegó, con sus audífonos viejos y dañados en el cuello,  y sin zapatos a buscar un lugar donde esconderse en la ciudad

No había comprado nada, no lo sé, y al pasar por la Rebeca quiso invitarla a bailar un vals, como dos enamorados y dormir acurrucados a la sombra de la torre de Colpatria.

Esta es mi versión de la historia, y lo que mis ojos lograron presenciar. Ocurrió hace un par de meses,  30 de Julio de este año para ser más preciso, dos de la tarde. Caminaba por el borde de la plaza de la Rebeca en dirección al edificio donde habito, y casi bordeando la carrera trece, giré mi mirada hacia la Rebeca y allí los vi.

Él un habitante de calle, sin zapatos, con unos audífonos viejos colgándole del cuello, el mugre recubría todo su cuerpo y su vestimenta roída y destrozada, un sin nombre deambulando en la ciudad y buscando un lugar donde morir tal vez, donde descansar del sino puesto en su frente de ser un indeseable para la ciudad.  Ella, la estatua de la Rebeca, empotrada en el centro de la plaza sobre una fuente seca y cundida de basura,  soportando el tiempo en la misma posición, en la eternidad del mármol y el olvido de todos los que transitan por allí.

Qué tal, estoy sola y sin marido,

Gracias por haber venido a abrigarme el corazón.

Él se acercó por la espalda de ella, siguiendo las líneas anteriores de su cuello, su cabello de mármol, sus orejas de piedra, sus hombros aquietados y entumecidos, lentamente fue delineando sus brazos mientras la bordeaba por su costado derecho, mientras sentía cada centímetro de piel de mármol,  cada línea que la hacían mujer y piedra al mismo tiempo, pero al parecer la frialdad de la piedra a él no le importaba, tal vez no estaba fría, no la sentía así, tal vez él sentía una piel viva que despertaba al contacto de sus manos sucias recorriéndole los brazos. Tal vez ella le decía: Gracias por haber venido a robarme el corazón, y despertaba en ese encuentro mágico y fortuito de indigente y mármol, en dos seres a quienes el amor no es una posibilidad, no se encuentra entre las cuentas, no les dieron boletos para cobrarlo a la salida.

Él se posó de frente a ella, acarició sus mejillas y sus ojos lentamente, y siguiendo la ruta de sus manos se aferró al cuello de la Rebeca, y como un brillo invisible que hace que los mundos se construyan, acercó sus labios hacia ella, entregándole uno de los más sentidos besos que he podido presenciar. Era un beso real, uno de esos que ya no se encuentran a la vuelta de la plaza, esos besos falsos que damos todos los días, que no crean ni destruyen, que no matan ni resucitan nada, no, este beso era un beso que los despojaba a ambos de sus propias realidades, que los recubría de inmensidad en el instante de encontrarse entre los labios, ya no eran indigente y piedra, eran dos seres que se iluminaban en el beso y le daban sentido y significación a la existencia; y mientras desde la esquina yo presenciaba este magnánimo evento, un sujeto que pasó por detrás de mí acompañado de su novia, dijo en uno de los tonos más arrogantes e insoportables que he tenido que escuchar – ¡Este man qué le pasa!  Claro, él no podía observar el encuentro del amor entre un hombre de la calle y una mujer de piedra, el no podía observar que ambos duermen entre la intemperie y la soledad, entre el olvido,  que ambos seres son tan similares en la forma de existencia que les correspondió, pero más aún, no podía comprender cuando el amor se manifiesta entre las formas más puras y honestas cuando no se tiene nada entre las manos.

Ayer a la hora de la cena

Descubrieron que faltaba el interno 16

Tal vez disfrazado de enfermero

se escapo de Cienpozuelos con su capirote de papel 

A su estatua preferida un anillo de pedida 

levanto en El Corte Inglés 

con él en el dedo al día siguiente 

vi a la novia del agente que lo vino a detener. 

Tal vez él no escapó disfrazado de enfermero de ninguna parte, ni en ninguna parte lo esperaban, tampoco le arrancó un anillo de pedida a ninguna otra estatua.  Lo que ocurrió es que en pleno beso, apareció un agente de policía proveniente del hotel Tequendama corriendo por el puente de la 13 con 26. El policía pasó por mi lado y no tuve la fuerza de detenerlo, pero quise hacerlo, quise decirle que los dejara amarse, que no interrumpiera ese momento en que dos seres desposeídos de la vida tenían la oportunidad de amarse, y no lo hice,  sólo me detuve a observar  cómo el agente de la ley corrió hacia ellos y los separó.

Cayó como un pájaro del árbol 

cuando sus labios de mármol lo obligaron a soltar 

quedó un taxista que pasaba 

mudo al ver como empezaba la Cibeles a llorar 

y chocó contra el Banco Central.

El policía no fue tan duro con él, simplemente lo tomó del hombro y le pidió que soltara a la Rebeca, luego lo requisó y le pidió que siguiera su camino, y el hombre de la calle se fue, caminando por la carrera trece hasta perderse de la vista.

Giré mi mirada hacia la Rebeca y ella continuaba allí, regresando a su estado de mármol, de piedra en muerte, de un simple objeto de aparador para la ciudad, su rostro solemne reflejaba la tristeza de encontrarse de nuevo sola y sin marido, de haber sentido el amor en más de cien años de existencia en algún lugar del centro de Bogotá y verlo perderse entre las calles por la ley y el orden de las cosas.

Y yo, yo no me estrellé por observar cómo la Rebeca empezaba a llorar, simplemente regresé mi mirada hacia el frente y continué mi camino con la compasión abierta hacia esos dos personajes desprovistos de todo lo que a los seres con dignidad humana se les debe otorgar, a ese hombre de la calle y a esa mujer de mármol que en un instante lograron trascender más allá de todo lo que nuestra corta vista puede comprender.

Al hombre aquel nunca lo volví a ver, la Rebeca sigue allí, y yo,  a veces los imagino durmiendo acurrucados a la sombra de la torre de Colpatria.