La selva de la memoria

Imagen tomada de Pixabay

Gabo escribió: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. En esta frase, Gabo habla de algo hermoso, somos lo que recordamos. Casi toda la identidad se construye a base de recuerdos y, en esto mismo, está su gran valor. Aún así, no recordamos todo lo que vivimos, un artificio del cerebro para no sobrecargarnos de información, ya que recordamos solo los momentos y experiencias significativas. Siendo así, siempre hay momentos donde la vida corre un poco más lento o un poco más rápido, donde se hace y donde se observa, donde se recuerda y donde se cuenta.

Todos, en gran medida, llevamos siempre en el pecho a un niño. Esto porque la infancia es el momento donde iniciamos a plantar la identidad a través de lo que experimentamos y a pesar de desarrollarnos y cambiar en los años futuros, hay raíces que nunca mueren. Y por ello, si se busca en toda la selva de nuestra memoria, la mayoría de árboles son niños, momentos que sembramos y que sus frutos nos recuerdan constantemente el paso del tiempo. Los frutos no siempre son dulces, a veces son amargos y se pudren en la tierra, pero aun así, sirven de abono para nutrirla. De esta forma los recuerdos tormentosos se convierten en experiencias que dan paso a la metamorfosis: las ramas se quiebran, las hojas se secan y crecen nuevas raíces. Aquí está la importancia de la memoria: esta nos inicia en un viaje de reflexión en torno a lo que hemos vivido y lo que ha quedado de ello, que al final resulta siendo gran parte de lo que somos.

 ¿Alguna vez has pensado en todo lo que dicen tus recuerdos sobre tu vida? ¿has pensado en cómo era, en cómo es ahora? y lo más bello, ¿en qué persiste aún?: Sí, las cicatrices. Piedad Bonnett las llama: “[..] La forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas”. El tiempo, curiosamente, en este aspecto es nuestro aliado porque esas heridas conforman todo lo que somos y este se encarga de recalcarlo, ya que después de la herida, viene la cicatriz, el recuerdo más tangible que existe, la materialización de momentos hechos de sangre, costras y piel nueva, pero sobre todo: la evidencia irrefutable de un pasado.

Si Funes leyera lo anterior quedaría aterrorizado. En Funes el memorioso, cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, Funes es un chico que adquiere una memoria prodigio y es capaz de recordarlo todo. Pero, esta es para él más una cárcel, ya que cada imagen que tiene de las cosas es única y ni siquiera puede dormir a causa de que piensa y recuerda exactamente cada detalle de las paredes de la casa. Por ello, no resultaría ni saludable o placentero recordar todo lo que se vive, es necesario recolectar y dar importancia a algunos momentos sobre otros, porque sin ese significado que cada quien otorga a los momentos a través del recuerdo, la vida sería totalmente plana, tal como lo dijo Nietzsche: “La ventaja de tener mala memoria es que se disfruta muchas veces de las mismas cosas”.

También es importante decir que dentro de nuestro pasado no solo están las experiencias y el recuerdo, sino que dentro de ellas encontramos pobladores de la selva de la memoria. Los momentos no son los únicos que nos enseñan cosas, las personas que se quedan a habitar en nuestra memoria son esenciales para que todo el ecosistema este perfectamente equilibrado. Es inevitable borrar de la vida aquella maña, gesto, palabra o hábito que le aprendimos al papá o la mamá. O los que han tenido el privilegio de crecer justo a sus abuelos recordar sus cuentos, sus rabietas o sus locuras, pero a la vez su ternura o cómo intentaban esconderla. Los primeros amigos, los considerados malos amigos, los novios y los que nunca llegaron a serlo, todos estos que de alguna forma tienen una matica o una hoja en la tierrita de la memoria.

 Al llegar aquí también es necesario mencionar la importancia de una selva mucho más grande y compleja: la colectiva. Hablar de memoria colectiva para una sociedad es reconocer las raíces y los frutos que hay detrás de los otros, con los que existe una relación que no es simplemente de raza, sino que es histórica y cultural. Así como se plantan árboles en la infancia, la semilla de la identidad de una sociedad es su historia, la cual comparte experiencias que la han llevado a construir sus distintas creencias, pueblos y culturas. Por ello, tanto para las personas como los grupos, la memoria es muy importante.

Con todo y lo anterior, los recuerdos constituyen gran parte de la esencia de lo que somos y están cargados de mucho significado porque a través de ellos aprendemos a vivir. Y aunque surgen heridas estas sanaran en forma de cicatriz para inmortalizar y atrapar el tiempo. Los árboles son vitales, sin ellos no hay oxigeno ni ecosistema, la memoria es esencial, sin ella no hay recuerdos no hay identidad, no hay vida.