La paz no es un simple apretón de manos

La paz no tiene retorno. Los amigos de la paz en Colombia recibieron un espaldarazo sin igual hace dos meses. En La Habana hubo un triunfo de las víctimas, de las fuerzas en conflicto, del Estado, de los empresarios, de los políticos, de los campesinos ––quienes más han sufrido con la guerra––, y en general de todos los colombianos.

Sin embargo, si bien la noticia es esperanzadora, la paz aún no es definitiva. Lograr un acuerdo en cuanto a la justicia transicional era fundamental, pero falta que tanto el gobierno como las Farc, cumplan con su compromiso de no repetición, con su reparación y con sus aportes a la memoria, a nuestra historia y a nuestro futuro como nación. Es necesario mirar al pasado para no cometer las tremendas fallas de otros procesos de paz marcados por el incumplimiento de las partes, el asesinato sistemático de los que entregaron sus armas, la retoma del plomo y la vuelta a la guerra.        

En 1985, se adelantaron diálogos de paz con el M-19, el EPL y las Farc. El gobierno pedía, en términos generales, algunos puntos propios de la actualidad informativa: parar los secuestros, cese al fuego definitivo, apoyo a investigaciones y comisiones de verdad, que fracasaron como en el caso de la horrenda masacre del Palacio de Justicia cuya incertidumbre a estas alturas debe avergonzarnos como país. Entre tanto, las fuerzas insurgentes proponían apertura política, diálogo nacional e incursión civil. 

En ese contexto, el ex guerrillero, escritor y académico Arturo Alape (Carlos Arturo Ruíz) habló con figuras destacadas de la época para pedirles sus miradas sobre el futuro (hoy pasado inmediato) de la Colombia en guerra que ha desangrado al pueblo por más de medio siglo. Las palabras obtenidas tienen el sello de una asombrosa predicción de muerte, que pretendemos dejar atrás. Algunos nombres hacen parte de la memoria de nuestra guerra tanto en roles de analistas, como desde su condición de víctimas o de dirigentes políticos, por eso sus posiciones son una lección vigente para silenciar los fusiles.

Ante la pregunta: “¿Si el proceso de conversaciones, de tregua y cese al fuego, de una paz definitiva no fructifica, qué va a pasar con el país?”. Ellos contestaron: 

Luis Carlos Galán: “Si no se logra una paz definitiva, en un corto plazo se multiplicarían las acciones terroristas y la inseguridad se incrementaría en las zonas urbanas. Al caer el país en proceso de radicalización tendríamos que pasar por una nueva etapa de desolación y tragedia sin que nadie pueda predecir lo que ocurriría al final ni el precio gigantesco que pagaría la nación por un nuevo periodo de fanatismo y de locura”.

Ernesto Samper: “contra rayos y centellas, estoy tratando con éxito creo yo, de convencer a mis copartidarios de que la mejor solución para la paz es abrir camino al entendimiento político, más razones y menos pólvora, más pan y menos bala”.

Álvaro Gómez Hurtado: “hay que ponerle a la política de paz todo el entusiasmo, porque ha sido grande, ha sido audaz, se ha procurado poner todos los medios […] Lo que ocurre es que […] cuando se arranca de un punto y no se llega a otro punto, crea incertidumbre y la gente no sabe en qué bando está y entonces se habla de que va haber una catástrofe. Es que la situación de tránsito no debe ser muy larga”.

William Calvo: “si el movimiento popular, si las fuerzas políticas de izquierda no logramos arrebatarle e imponerle a las minorías gobernantes cambios de avanzada, Colombia se va a precipitar a una situación de hecho, a una situación revolucionaria, a una guerra civil […] Por eso la guerra no va a ser la obra del pueblo, sino el recurso de un pueblo ante la guerra que le imponen las minorías gobernantes”.

Misael Pastrana Borrero: “Es un interrogante apocalíptico, porque en este momento yo le haría la otra pregunta, ¿al consolidarse la paz, no cree usted que el país va a dar un gran salto? […] De tal manera que hay que mirar la paz no simplemente como un apretón social de manos, sino como algo necesario para quienes tienen la responsabilidad del poder y para quienes han ejercitado la subversión y la violencia”.     

Si existe un punto trascendental en los diálogos de paz, es éste. Al fin podremos contestarle al poeta Gonzalo Arango el interrogante que formuló en 1964: “¿No habrá manera de que Colombia en lugar de matar a sus hijos los haga dignos de vivir?” Hoy, gracias al aporte de todas las partes y a la experiencia de procesos fallidos, sí hay manera. Hoy, Gonzalo Arango, las nuevas generaciones de Colombia pueden tener un futuro con más vida que muerte.