La noche nace en las raices de la montaña

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La noche nace en las raíces de la montaña

Himalayas – Fotografía: F. Urbina, 2010

 

 

EL QUE FUE A LA MONTAÑA

                                                                                                                                                                                                              FernandoUrbina  Rangel

Bogotá, 18 de octubre de 2005

 

El sabio,

quien luego se llamaría

«El·que·enseña·la·noche»,

fue a la montaña.

 

En ese entonces,

y de esto hace ya muchos inviernos,

llevaba el corazón y la mente confusas,

pero no lo suficiente para dejar de intuir que,

en llegando a la cumbre,

alguna solución alcanzaría.

 

Fue rápido el ascenso.

Una vez en la cima de la cima

apenas si se podía mover.

Es un punto harto inestable;

además, cuando se llega allí

cualquier desplazamiento es ya un descenso.

 

Algo sintió.

Entonces supo

que la luz es algo muy superficial,

amén de ser ingenuamente engañosa,

entre otras cosas, porque deslumbra.

Inició el descenso, lentamente,

como es lo propio al buscar lo profundo.

 

Al llegar a la raíz de la montaña

 comprendió que la sombra

no necesita ser veloz como la luz:

no tiene afán de llegar a parte alguna.

Se está en ello.

Toda sombra es instantánea;

la luz siempre llega de alguna parte,

 siempre se retrasa

y busca ser notoria.

 

Se tornó maestro de sombra.

 

En su corazón cuidó

no la llama que deslumbra,

sino aquella que abriga.

 

***

 

LA SOMBRA

 

─ Un cuento ecuatorial ─

 

Fernando Urbina Rangel

Bogotá, Agosto 26 de 2007

 

Decía el Abuelo Trino que una de las brujerías más temibles y difíciles consistía en darle autonomía a la propia sombra, enviándola en comisión a hacer de las suyas. Explicaba que lo más complicado no era tanto proporcionarle esa libertad, sino lograr ponerla otra vez bajo control total haciendo que se reintegrara a su troquel. Para una plena eficacia se precisaban ciertas precauciones, basadas en un profundo conocimiento de «la naturaleza de la sombra», esencia que determina –como en todo ser– sus preferencias y antipatías. Por ejemplo, era gran amiga del sol mañanero y del de atardecer, pero detestaba el de mediodía (1), razón por la cual se retraía.

            El Abuelo advertía el cuidado expreso que ha de tenerse cuando se trata de lograr su liberación en horas de la tarde; son las que a ella más complacen y en que resulta más fácil esa brujería. Pero durante los momentos en que la noche empieza a asomarse se corre el grave riesgo de permitirle su conexión con la Gran Sombra, en que puede disolverse, reintegrándose a la energía oscura de donde salió para dar origen al ser del que es sombra (todo ser es la concreción de una sombra; siempre lo precede). De acontecer esto, el retorno a su sujeto sería imposible. Otra de las precauciones consiste en practicar la recitación de los conjuros pertinentes a cielo abierto y sobre un piso liso, un instante antes o uno después del mediodía; de no ser así la sombra puede aprovechar cualquier agujero natural para comprimirse y escapar. Hecho lo propio ha de ofrecérsele, para reposar y cuidarse del sol que la desintegra, la talega de la coca o el coquillo del ambil (pasta de tabaco). Lograr que se introduzca en uno de tales vientres oscuros no es cosa difícil pues la sombra tiene una inclinación irresistible por esas poderosas substancias de poder. Recluida allí, el chamán puede ordenarle lo que tenga previsto, en la seguridad de que ha de volver al recipiente; es como si quedara atada por una irrompible cadena invisible.

            Agregaba el Sabedor que a él le fue dado conocer a un hombre sin sombra; otrora había sido un gran brujo, pero por una mínima distracción trastabilló en el momento de pronunciar el ensalmo, falla que aprovechó su sombra para escapar definitivamente a su control. La principal característica de tal hombre era la imposibilidad de concentrarse, razón por la cual sólo tuvo entrecortadas frases cuando se le interrogó acerca de cómo sentía el mundo. El Abuelo me contaba que  El-sin-sombra era una persona (¿sí sería persona?) que daba una sensación imborrable de carencia, de ausencia, de falta de consistencia; de él emanaba una especie enfermiza de luminosidad que se acentuó con el tiempo hasta terminar por desaparecer, todo él, entre un pálido resplandor.

            Decía Don Trino que en una antiquísima tradición de su pueblo se habla de cómo el día está hecho con la sumatoria de las esencias de tales personajes, que vivían sumergidos en una penumbra perpetua y requerían de su propia luminosidad para orientarse. Por supuesto, no proyectaban sombra alguna. Fue día el momento en que se pusieron de acuerdo. Esa vieja doctrina da razón también del por qué los seres completos, es decir, aquellos que cuentan plenamente con su sombra, pueden llegar a profundos grados de concentración sólo en las más altas horas de la noche, cuando con la intermediación de su inseparable compañera logran adentrarse en la energía original, ámbito oscuro de donde emerge toda auténtica creación.

 

(1) Conocer muy a fondo esta inclinación natural de la sombra le permitió a Ansel Adams lograr sus espléndidas fotografías.