La metáfora bélica en el Covid-19

Foto: David Romo

El uso de un lenguaje beligerante como herramienta para construir realidades por medio de las cuales se configuran dos polos, uno negativo y otro positivo, en el que el primero representa un mal que debe ser derrotado, erradicado, aniquilado, y el segundo el ideal al cual se debe llegar, ha sido un recurso político (metafórico) ampliamente utilizado por los burócratas, tanto occidentales como orientales, en la historia contemporánea. Basta recordar la declaratoria de guerra económica, ideológica y cultural, más que militar, que realizó el bloque aliado occidental contra el comunismo bolchevique representado por la antigua URSS -Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- una vez culminada la Segunda guerra mundial en 1945.

El argumento utilizado en ese momento por el bloque aliado occidental, particularmente Estados Unidos, era que el modelo soviético representaba un peligro para la libertad, autonomía, bienestar y determinación de los pueblos, refiriéndose eufemísticamente al peligro que corría el sistema capitalista moderno al ser retado por un modelo alternativo, el cual, valga aclarar, tampoco mostró más virtudes que su antagonista.  

En esa época transitó ampliamente en los círculos políticos pro-capitalistas la representación del modelo soviético como el “virus rojo” que podía expandirse por toda Europa, lo que condujo a plantear la necesidad de establecer un “cordón sanitario” que frenara su posible avance. Ese cordón sanitario lo constituyeron algunos países de Europa del este y central.

Este nuevo escenario internacional marcó una ruptura y una nueva orientación en el uso de la metáfora bélica dentro de la política, entendida como el ejercicio de gobernar: se pasó del ámbito exclusivamente militar, a la cual había estado subscrita, al ámbito sociocultural. El primer hecho que señaló esta dinámica fue la declaratoria por parte del presidente de Estados Unidos Harry Truman en 1949 de la denominada política de “trato justo”, por medio de la cual se pretendía exportar al mundo entero el ethos de las sociedades modernas occidentales. El segundo fue la denominada “guerra contra la pobreza”, esbozada por Lyndon Johnson en 1964 a través de la cual Estados Unidos se erguía como el líder mundial destinado a encabezar la lucha para erradicar la pobreza del planeta entero. Esto lo realizaría exportando a todos los rincones del planeta el dogma desarrollista. Las consecuencias de estas políticas fueron devastadoras para lo que se comenzó a denominar como “Tercer Mundo”, equivalente en estas nuevas “guerras” a áreas extensas donde la pobreza, el atraso y el salvajismo eran los nuevos enemigos por derrotar.

A partir de entonces, los enemigos dejaron de ser únicamente los Estados nacionales antagonistas o los rebeldes. Estos comenzaron a ser más difusos, menos aprehensibles y concretos. Conceptos, prácticas, hábitos se establecieron como enemigos que era necesario derrotar. En términos culturales, la historia y prácticas de dos tercios de la población mundial se convirtieron en desviaciones o patrones que impedían el desenvolvimiento progresista y armónico del sistema capitalista, y casi cualquier cosa en un enemigo potencial.   

Lo anterior, en términos políticos, se materializó en una mentalidad partisana binaria y moralista que trasladó el conflicto bélico entre dos enemigos armados, ejércitos convencionales o no, que luchan, entre otras cosas, por obtener y ejercer el poder estatal, a todo el espectro social. La guerra, sus discursos y prácticas, sin importar contra lo que fuera y de la manera que fuera, pasó a ser parte constitutiva de la mentalidad política. Dentro de sus consecuencias, dos son de especial relevancia para nuestro momento actual.

La primera es la falta de creatividad que generó en los burócratas para pensar formas alternativas de afrontar los diferentes retos que implica gestionar el mundo social en una época marcada por la desigualdad social y económica resultado de la implementación de políticas capitalistas de corte neoliberal desde un paradigma no guerrerista. El comodín más utilizado por estos, por ejemplo, para afrontar temas como el racismo, la exclusión social, económica y política, la violencia de género, entre otros, independientemente si representan posiciones de derechas o de izquierdas, es “afrontarlos con toda determinación, en una lucha abierta contra estos”, reforzando la metáfora belicista. Los burócratas imbuidos por este paradigma guerrerista ven enemigos en todas partes que es moralmente necesario enfrentar y aniquilar. Esta visión se reduce a una simplificación entre buenos y malos, reduciendo ostensiblemente la complejidad del mundo social. Quizá una alternativa para esto sea el paradigma anogista propuesta por Chantal Mouffe y Ernesto Laclau.  

La segunda ha sido la sedimentación e institucionalización de este tipo pensamiento en la conciencia colectiva. Para la gran mayoría de la gente es aceptable este tipo de lenguaje para referirse a los problemas sociales, lo que genera un consentimiento respecto a la forma de pensar lo social como un problema eminentemente bélico. Es como si viviéramos en una guerra continúa, en la cual más que ciudadanos plenos de derechos y deberes somos guerreros siempre dispuestos a empuñar las armas: ya sean materiales o ideológicas.    

Dentro de esta lógica es que ha actuado el gobierno de Iván Duque para gestionar la pandemia del covid-19 en el país. Su lenguaje ha estado anclado en una metáfora belicista a través de la cual constituyó dos polos: el Covid-19 y la sociedad colombiana, siendo el primero representado metafóricamente como un enemigo que puede destruir a la sociedad. De allí que las acciones, más discursivas que materiales, que ha emprendido se inscriben dentro del paradigma belicista, haciendo uso de un lenguaje patriótico preñado de héroes y heroínas que salvarán la patria, sin lograr o querer reconocer que los problemas que afronta el país van más allá de esta contingencia. Con un agravante y es que la historia política colombiana ha estado marcada por este tipo de paradigma.

En una sociedad como la nuestra, con graves y grandes heridas producto de la violencia política y del conflicto armado, es deseable apelar a otras formas de lenguaje que planteen alternativas a un paradigma guerrerista. Desafortunadamente Iván Duque y su partido de gobierno, como lo han demostrado los hechos, no sólo los más recientes, no representan esta alternativa. Duque sigue siendo hijo o, más bien, prisionero de un período que terminó hace más tres décadas con la caída del muro de Berlín. Continúa anclado en un pensamiento de la guerra fría tomando como banderas de su gobierno el denominado “cerco diplomático” contra Venezuela, el peligro comunista de la región, el cual fracasó; y ahora su “guerra contra el Covid-19”. Colombia, de esta manera, es llevada a una nueva guerra por parte del gobierno de Iván Duque.