La manzana de la discordia

Durante años, Colombia ha protagonizado una de las más grandes luchas contra la droga y el delito. Millones y millones de pesos y centenares de vidas han sido cobrados por este conflicto que aún no termina. La estela de víctimas a manos de los carteles narcotraficantes se puede comparar con la que han dejado las peores pestes. La droga es ilegal y, por tanto, representa la mayor fuente de negocios ilícitos y corrupción. La constante guerra entre el Estado y los narcotraficantes se ha extendido, ahora también es una continua guerra (menos bélica en cuanto al uso de armas) entre quienes apoyan su legalización y los que no. Quienes la defienden argumentan el libre desarrollo de la personalidad y las implicaciones económicas y políticas que atañen este tema; quienes la rechazan, alegan la inmoralidad que, según ellos, contiene esta práctica. Desde cualquier perspectiva, el tema de la droga sugiere una constante falta de acuerdo –y de paz– entre los entes sociales; el halo de rebelión y polémica que se desprende desde el marco de la prohibición ha suscitado
una gran disputa, no solo en Colombia, sino en otras naciones alrededor del mundo.

¿Qué es la droga sino una de las principales amenazas de la sociedad? Y no lo digo precisamente por los efectos secundarios que pueden presentar quienes la consumen. La droga mata y maltrata más a los no consumidores que a los consumidores. Ha provocado y financiado cientos de guerras alrededor del mundo, cobrando vidas de inocentes que nunca han tenido ningún tipo de sustancia alucinógena en sus manos. Alrededor de ella suscita un gran mercado de la muerte y la destrucción que poco a poco deteriora a los Estados que la prohíben. Sí, he dicho bien, a los que la prohíben. Y todo esto ocurre porque “a finales del siglo XIX [comenzaron] a darse síntomas de una nueva cruzada con tintes moralistas, racistas, económicos y políticos: el prohibicionismo [echó] a andar” (Manjón Cabezas, 2012: 27). Es decir, hace algunos años el consumo de droga era permitido y, por tanto, legal. Pero con el moralismo y la obstinación por evitar la perdición del ser grandes visionarios oportunistas divisaron un negocio bastante lucrativo capaz de “pagar mejores salarios que [cualquier] Estado y de este modo neutralizar o poner a su servicio parlamentarios, policías, ministros, funcionarios, financiar campañas políticas y adquirir medios de comunicación que defiendan sus intereses” tal como afirma Mario Vargas Llosa.

La lucha por controlar el narcotráfico hace que el Estado colombiano gaste miles de millones de pesos en operativos, seguridad, fumigación de cultivos ilícitos (que resulta bastante perjudicial para el medio ambiente) y en la destrucción de laboratorios ilegales; miles de millones de pesos que bien podrían invertirse en salud, educación y otras tantas necesidades que abundan en una sociedad como la colombiana, donde la droga es ilegal. Según la revista Semana, para el 2014, de los 199,9 billones de pesos del presupuesto nacional, 27,7 billones (17.9%) se destinaron para la Defensa y el Conflicto. Esto significa 80.000 veces más de lo invertido en cultura, 101.000 veces más de lo invertido en deporte y recreación y 120.000 veces más de lo invertido en empleo público. Para esta fecha Colombia se ubicaba en el cuarto puesto de los países latinoamericanos que más invierten en guerra, 13.000 millones de dólares al año, aproximadamente. Evidentemente, gran parte de lo invertido en las instituciones de Defensa y Conflicto se destina para la lucha anti-drogas. Todo, por una causa a la que se le tiene bastante fe y que obedece únicamente a los estigmas morales de lo que debe ser políticamente correcto. Aquí es evidente la falta de recursos destinados a la educación y re destinados para la guerra, pues una sociedad que no comprenda que el individuo puede decidir con completa libertad qué consume y qué no, y qué cantidad debe consumir para no causarse daño, está destinada a ser esclava de la cohibición y sus consecuencias. El alcohol, en este país, es legal y ello no significa que su consumo no afecte la salud de los consumidores. No obstante, un consumo moderado no representa un potencial peligro para el individuo ni para la sociedad. Igualmente sucede con el consumo de alucinógenos, en especial los que no son sintéticos.

Si se legalizaran las drogas, se reduciría en gran medida el número de organizaciones al margen de la ley que se dedican al narcotráfico. Se reduciría también la marginación constante y la indiferencia hacia los consumidores, un rasgo altamente peligroso para la integridad de quienes puedan estar presentando inconvenientes con el uso de sustancias alucinógenas. Sería pues, más provechoso que, bajo un marco de legalidad en cuanto a la droga se trata, el Estado brindara apoyo y acompañamiento para las personas que deseen tener algún tipo de experiencia con las drogas; así, quienes se consideren con un problema serio de adicción tendrían mayor posibilidad de tratarse, puesto que encontrarían en las autoridades un medio para recibir la ayuda que necesiten.

Si el consumo de sustancias psicoactivas es responsable y moderado, y no causa daños a terceros, la legalización de su uso y regulación del mismo, permitiría reducir en extremo el flagelo bélico que azota a la sociedad colombiana. Una educación responsable y no cimentada en el terror y la prohibición, que se ejerza desde el hogar y desde la academia garantizaría ciudadanos más libres y conscientes de su ejercicio de derecho en medio de una sociedad con un problema menos de conflicto y persecución.

Referencias

 

¿Cuánto cuesta la guerra en Colombia? Revista Semana. Ed: 17 de septiembre de 2014. Recuperado de:

http://www.semana.com/nacion/articulo/cuanto-cuesta-la-guerra-en-colombi...

 

Manjón-Cabeza, A. (2012). La solución. Bogotá: Editorial Debate.

 

Vargas Llosa, M. (2010). Avatares de la marihuana. El País. Recuperado de:

http://elpais.com/diario/2010/11/07/opinion/1289084411_850215.html