La lengua del miedo

Una historia de tartamudez

Una historia de tartamudez  

La primera vez que hablé en radio, no hablé. Tenía once años. No podía respirar. Sudaba; me volví sorda por un momento. La tartamudez había ganado. Se robó mi aliento y se rió con él. Fue una cruel amiga imaginaria que jugó a pisarme la lengua cada vez que intentaba hablar. Hasta ese momento, mi madre había enfrentado largas batallas en el colegio donde le sugirieron retirarme, argumentando que debía recibir un tratamiento especial en otra institución.

Las palabras se me negaron en el habla hasta los cinco años. En mi silencio, contemplaba un mundo de vocablos lejanos y extraños. El habla de los otros me producía ansiedad; eran para mí ruidos imposibles de repetir. 

El psicólogo Charles Bluemel se refería a la tartamudez como una especie de sordera verbal. Relacionaba esa incapacidad del habla con una deficiencia auditiva: si el niño no escucha bien, será incapaz de pronunciar las palabras que oye.

Mi madre y hermana, en una acción intuitiva, comenzaron a hablarme muy despacio, estirando las palabras. Yo pensaba que sus exageradas gesticulaciones eran un juego y las imité, porque quería hablar. Eso me costó burlas al relacionarme con niños de mi edad.

Los vocablos pronunciados eran una travesía. Me quitaban el aire, que luego las palabras me devolvían en un acto de recompensa. Comencé a asociar el habla con la supervivencia: si quería respirar, tenía que hablar. Ya no sólo se trataba de una incapacidad de lenguaje. Se convirtió en una decisión entre vivir y morir.

Para ese entonces mis problemas de comunicación eran muy graves en la escuela, solo hablaba con una amiga que tenía el mismo problema. Mi hermana se inventó una especie de lenguaje entre nosotras que solo ella podía entender y luego le traducía a nuestra madre.

Atrapar moscas con botellas de vidrio también se convirtió en otra manera de conversar con el mundo. Las veía como las palabras que nunca podía pronunciar. Cuando intentaba hablar, sentía que atrapaba moscas en el aire. 

Las palabras se me negaban en el habla, pero descubrí una manera de retenerlas: la escritura. Territorio impenetrable para la cruel amiga imaginaria. 

Comencé a escribir a los ochos años todo lo que se me antojaba decir y no podía. Conocí el revés de la palabra. Era como si hubiera invocado estas líneas del escritor Lewis Carroll, quien también fue tartamudo: “Aprende bien tu gramática/ y a nunca tartamudear/ Escribe bien y ordenado/ y canta suave y dulcemente/ Bebe té y no café/ Nunca comas caramelos/ Come pan con mantequilla/ Una vez más, sin tartamudear”.

A medida que escribía, las palabras salían de forma verbal, hasta que comencé hablar sin parar. La declamación fue uno de los trucos que mi madre me enseñó a emplear: ella escribía los poemas, y luego yo los recitaba. Fue así como la poesía me tomó de la mano y me sacó del país Tartamudo sin pasaporte alguno; me fui sin avisar. Pero lo que yo no sabía, es que ese país me iría a buscar a donde yo fuera.

La tartamudez es una deficiencia del habla que viene desde de la antigüedad. Es más frecuente en hombres que en mujeres, y son muchos quienes la superan en la etapa de la adolescencia. Tal vez mi nombre masculino me arrastró hacia el otro lado. 

El gran orador griego Demóstenes es la referencia más representativa de la historia de la tartamudez.  Se cuenta que para vencer su problema se sometió a rigurosos ejercicios: se ponía piedras en la boca y hasta un cuchillo afilado entre los dientes para mejorar su dicción. 

A los once años, pensaba que había vencido mi deficiencia. Venía de participar en un pequeño grupo de teatro, y entonces decidí unirme a un programa radial para niños y adolescentes. Pero fracasé en el primer intento. El director del espacio me insistió que continuara. Yo le decía entre lágrimas que no podía. Me enfurecía ver cómo estas salían de forma fluida de los ojos y en cambio las silabas se rompían cuando intentaba nombrarlas. 

–Su único problema es ser demasiado trascendental ―me dijo. Fue la primera vez que escuché una palabra tan larga y espesa. Me imaginé pronunciándola. El director me enseñó ejercicios al estilo Demóstenes, aunque menos rústicos. Desde entonces pasaba horas con un lápiz en la boca e intentaba hablar con él. De igual forma tomaba los periódicos y leía en voz alta los artículos poniéndoles las mismas vocales a todas las palabras.

Trabajé mucho la R y la L. Repetía aquellos párrafos que comenzaban con C, K, J, P y G, pues esas letras son las que generan más dificultades en un tartamudo. 

Hablaba muy despacio mirándome al espejo para manejar las gesticulaciones. En menos de un año, había controlado la tartamudez. Estuve en ese programa de radio cinco años y luego en otros. Y desde entonces todo lo que hago tiene que ver con expresarme, con decir algo. Pese a todo, la tartamudez aún está allí, a veces hace ruido, da pequeños saltos cuando hablo. Ahora sé que ella no sólo significa una pronunciación entrecortada o una repetición compulsiva de palabras. El tartamudo también es aquel que cuando habla lo hace de manera distinta al que no lo es. Es decir, siempre lo será aunque logre hablar de forma fluida.

La tartamudez es la lengua oficial del miedo. Se dispara con el trabalenguas de los nervios y la ansiedad.  La solución no está en querer eliminarla sino en convivir con esa amiga imaginaria, convertida en una vecina chismosa que mira desde la ventana sin parpadear, en espera del menor descuido para meterse en la conversación ajena. Uno simplemente debe darle los buenos días y seguir su camino.

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