La imposibilidad de huir: Notas sueltas sobre Aviones que se estrellan contra todo

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La imposibilidad de huir*

*Notas sueltas sobre Aviones que se estrellan contra todo, de John F. Galindo

 

¿Quién no ha querido incendiarlo todo y huir? El narrador de la novela no elude esa atracción pirómana, aunque nunca la ejecuta. Nerón, el emperador de Roma durante el incendio del año 64 (y a quien se culpa del fuego que arrasó con la ciudad eterna durante cinco días), es un referente para el personaje central de este libro, un hombre que no toca la cítara desde la torre de Mecenas, pero que canta desde la lápida de su madre muerta, una Agripina a la que él no pudo asesinar. Nerón fue amo y señor de su imperio, en tanto que el narrador no es más que un pobre diablo que, al llegar a su casa, no es esperado por nadie. Su incendio, no obstante, es más fuerte, dado que se extiende más allá de una semana y tiene como única víctima su propia alma.

Aviones que se estrellan contra todo es un himno a la derrota. Cada uno de los personajes que aparecen en esta novela debe ser leído como una representación. Óscar, el hermano que perdió las piernas, es la incapacidad de huir; Stiven, el punk que muere en la autopista, es la muerte de la amistad fraterna; el padre silencioso, de ojos pesados y orejas enormes, es el silencio; Liza, el amor imposible; en tanto que la madre es un fantasma incapaz de afecto. El narrador asume cada una de estas carencias y con ellas construye su vida. ¿Qué camino le espera a alguien incapaz para la fuga y sin más amigos que un cadáver? El incendio es la salida más digna, pero también la más cobarde. Lo peor del caso es que, como le recuerda un indigente, él ni siquiera es capaz de semejante cobardía.

Los lugares en los que se ubica la novela son fantasmagóricos. Al narrador le basta con decir El Caballo, la treinta y tres, El bosque y la Universidad. Ninguno de ellos es descrito en profundidad. Ello, no obstante, no es un fallo del autor. Es, por el contrario, un gran acierto. Que todas las cosas aparezcan como detrás de una niebla solo nos confirma que el narrador ve todo como si el humo de su anhelado incendio ocupara cada una de las páginas de su largo lamento.

¿Por qué el narrador besa a Liza, la novia de su hermano? Porque en realidad quiere besarlo a él. ¿Por qué se viste con las ropas de su madre muerta? Porque, en el fondo, quiere ser amado por el padre. El narrador necesita siempre de una mujer para poder acercarse a aquellos que más quiere. Besa a Liza para decirle a su hermano que lo ama. Se viste como su madre para pedirle al padre que lo ame.

El narrador anhela huir de su ciudad en un avión con destino a cualquier parte. Mientras tanto, se contenta con las aventuras de Julio Verne y con un aeroplano de juguete. Este, regalo de una tía, termina roto en las manos del padre, quien no soporta la esvástica dibujada en una de sus partes. El narrador quiere volar, pero su padre siempre lo devuelve a tierra. El padre es un gigante que, al ver a su hijo-avión, lo tira de uno de sus brazos-ala para recordarle que en el cielo no hay nada para él. Su único lugar posible es esta tierra calcinada o el paraíso de Stalin. A cambio del juguete roto, el padre deja trescientas láminas de aviones sobre su mesa de noche. A falta de un vuelo de verdad, bueno es hacerse ilusiones.

La religión de la madre es el cristianismo; la del padre, el sueño soviético. La religión del narrador es el anhelo de huir. Que pilotee un avión herrumbrado en los hangares del aeropuerto significa que su dios está muerto. No obstante, todos los días le reza a la nave la oración de los afligidos: ¿cuándo me iré de esta puta ciudad de mierda? La embarcación no responde. El timón permanecerá oxidado por los siglos de los siglos, amén.

Que Óscar y Liza logren huir sitúa al narrador en el bando de los que siempre están buscando algo. John F. ha creado un narrador kafkiano, una suerte de agrimensor que va de un lado a otro en espera de una respuesta. Esta nunca llega, por supuesto. Y si llega, el único que puede darla es el padre, el mismo que ofrece aviones de papel y habla de Stalin. El narrador y su padre viven de algo aún más inasible que el humo de los incendios: la fe.

¿Por qué leer Aviones que se estrellan contra todo? Porque todos, alguna vez, hemos sido ese aeroplano hecho con la última hoja de un cuaderno; ese avión que lanzamos con la ilusión de que llegara lejos y nunca despegó. Somos ese avión que tenía la extraña costumbre de volar hacia atrás. No hay niño que, en las elevadas artes del origami, no haya traspasado sus ilusiones a esa nave de papel. El compañero de mentón prepotente, que tiró la suya más allá del patio de recreo, pertenece al infeliz mundo de los ganadores, al universo de los administradores de empresas y los contadores públicos. Los que vimos el precoz accidente de nuestras naves fuimos desterrados al mundo de la literatura, ese en el que construimos aviones de palabras para que se estrellen en el corazón de la tristeza.