A la gente de bien…

Imagen tomada de Pixabay

A la gente de bien…

La gente de bien gusta de autodenominarse así, por una perversa satisfacción de las clasificaciones. La marca en la frente resulta útil para quienes no son capaces de ver más allá de meras marcas en la frente.

Aman a sus semejantes, así dicen, aunque ignoren sus necesidades.

Exigen justicia, cómo no, convencidos de que sus maneras son justas, de que la justicia se reduce a sus antojos.

La gente de bien, con sus decisiones, condena a los otros a vivir como ellos consideran vive la gente de bien.

La gente de bien ora por los otros, conjura sus males desde el confort de sus ostentosos templos modernos.

La gente de bien trabaja, vive para trabajar, y discrimina a quien no lo hace, porque creen que el trabajo dignifica, aun cuando quienes lo ejercen en condiciones lamentables se degraden lentamente ante el estupor general.

Tiene buenas intenciones la gente de bien, porque aprendieron que éstas cuentan más que las buenas acciones.

La gente de bien ama a las buenas mujeres, las que acatan la voz del padre y el esposo como guías naturales, sin importar que muchas veces sus enseñanzas violenten sus necesidades femeninas.

La gente de bien ama a quienes se ocultan en el anonimato, a quienes niegan sus más profundas inclinaciones, porque sus escrúpulos (temor al rechazo) ahorran escenas grotescas a los hijos de la gente de bien.

La gente de bien ama a los pobres, los ama tanto que aplaude su proliferación día a día.

La gente de bien señala a quienes desean otras realidades, porque semejantes aberraciones ponen en tela de juicios sus privilegios.

¡Ay, gente de bien! En momentos de profunda tristeza, flaqueo: cómo quisiera su indiferencia, su simpleza para juzgar el mundo a partir de dos polos insulsos; no sentir tanto dolor en el pecho; no llorar de rabia ante miles y miles que se pudren como carroña a luz del día.

Luego me sublevo porque vivir como la gente de bien, aunque más fácil, me asquea: me reconcilio conmigo mismo, entonces, con mi dolor, que me incita a pronunciarme siempre por los marginados, por quienes no tienen voz, porque la gente de bien los prefiere callados.

A la gente de bien hay que decirle que, ante el dolor del mundo, quien ve y calla, se hace cómplice; y que quien ve y calla, y además demanda silencio, se hace criminal.

Gente de bien, estamos hartos de ustedes y de sus formas chatas de entender el mundo; estamos cansados de sus prejuicios atávicos; de sus señalamientos, que apenas si disimulan el temor por el otro, por lo diferente; nos cansamos de su torpeza y falsa preocupación por el prójimo; estamos hartos de sus dioses y sus liturgias antideseo; vamos a seguir gritando, aunque en el camino nos caguen a palos, o nos desaparezcan misteriosamente; seguiremos gritando, porque nuestros gritos y lágrimas, multiplicados por millones, desestabilizan sus lujos precarios.

Porque no es posible vivir en una burbuja cuando el mundo se cae pedazos.

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