La experiencia del odio a la sociedad

La vivencia, la experiencia, como sostienen los empiristas, es la mejor forma de alcanzar el conocimiento. Yo sostendría que no es la forma de alcanzar el conocimiento, pero sí de contrastarlo o corroborarlo. En este sentido, todo conocimiento está mediado por la experiencia, más no es necesariamente producido por esta. Para que logre ser conocimiento requiere un proceso de reflexión, análisis.

El pasado fin de semana viví una experiencia que me permitió experimentar, como se dice coloquialmente, “en carne propia” el discurso del odio, la negación, la segregación y la anulación. Todo comenzó con unos gritos que decían ¡ladrón, ladrón!, ¡cójanlo, cójanlo!, y acto seguido divisé un muchacho, no mayor de 30 años, que se dirigía en una bicicleta a alta velocidad del norte al sur por la cicloruta de Bogotá, pasando entre los demás ciclistas y corredores, con gran habilidad. Esto fue hasta el momento en que otro ciclista decidió atender a los gritos que se oían desde lejos, se bajó de su bicicleta, la tomó y la lanzó contra el supuesto ladrón. El resultado fue la caída de este y la intervención, por parte mía, como uno de los fustigadores y castigadores que tendría aquel muchacho. Corrí hacia él propinándole un punta pie, evitando que se pusiera de pie, en algo así como un ataque de solidaridad no sé con quién ni con qué; pero lo hice.

Una vez el muchacho se encontraba en el piso, un número aproximado de 10 personas lo rodearon propinándole, de forma caótica, golpes, ya fueran puños o patadas, en todo su cuerpo mientras este trataba de cubrirse. A su vez, los fustigadores, como los espectadores, gritaban ¡rata hp!, ¡ahora sí llora!, ¡esto es para que aprenda!; mientras el muchacho imploraba que no le pegaran más. Mientras esto ocurría yo me encontraba en el medio, entre el muchacho y sus castigadores, sin pensar, reflexionar o  meditar sobre lo que estaba ocurriendo, sólo siendo un espectador más que se dejó llevar por el odio que las demás personas descargaban hacia aquel muchacho; odio, pienso yo, acumulado de décadas de violencia, de intransigencia, de discursos de inequidad y de falta de reconocimiento de nuestros males como sociedad y de verdaderas oportunidades.

Parado ahí reaccioné un poco tarde, mea culpa, tratando de separar y detener a las personas que venían a golpearlo. Lo traté de proteger de algo de lo cual yo había participado inicialmente: del odio de la sociedad hacía sí misma, encarnado en el cuerpo de ese muchacho, ¡vaya paradoja! Afortunadamente para él, por lo menos eso quiero creer, llegaron un par de policías que intervinieron en la escena dispersando a las demás personas y llevándoselo, no sin antes ser objeto de insultos como los ya mencionados. Tampoco apareció la supuesta víctima de robo o intento del mismo.

Algo que me hizo reaccionar y salir del estado de aturdimiento en el que me encontraba fue el grito de una señora que decía: ¡nosotros, como ciudad, nos vamos a organizar contra ustedes! En ese momento, comprendí que había participado en una escena de reproducción de odio, discriminación, segregación social y negación de lo que nosotros mismos hemos producido como sociedad.

Ese muchacho, supuesto ladrón, no es más que un producto social que “nuestra” sociedad o ciudad ha producido y se niega a reconocer como su producto. Loïc Wacquant los denomina como los parias urbanos, es decir, los más pobres en todos los sentidos: los sin oportunidades, los relegados económica, social y culturalmente, los odiados e indeseables. De allí que la paradoja mencionada anteriormente -el odio de la sociedad hacia sí misma- sea el resultado de esta experiencia en la medida que los golpes e insultos propinados a este muchacho, si bien recayeron en su cuerpo físico, con consecuencias, por supuesto, iban dirigidos a nuestro modelo de sociedad, sin reconocer, claro está, por parte de los participantes en la escena que era hacia ella a la cual se dirigía su odio.   

La reflexión y análisis posterior de la experiencia vivida ese fin de semana, es que no hemos logrado reconocer ni comprender que odiamos la sociedad que hemos construido, ya que nos quedamos en las capas más superficiales que evidencian la estructura social en la cual vivimos: el muchacho ladrón que corre en una bicicleta por la cicloruta. Pero no nos interesa preguntarnos ¿qué condiciones sociales lo llevaron a ello?; ¿qué tipo de oportunidades de vida le hemos dado?; ¿la sociedad le ha abierto las puertas o, por el contrario, se las ha cerrado?; ¿por qué lo hace?, si es que verdaderamente hizo algo, etcétera.

Un primer paso para generar un cambio cultural y una reorganización en la estructura social es advertir que no reconocemos que odiamos la sociedad que hemos construido, ya que juzgamos a los individuos como si ellos fueran los únicos responsables de sus acciones sin tener en cuenta que estas, en gran medida, son producto de sus condiciones sociales de existencia.

La respuesta que encuentro a este acto, injustificable y del cual me arrepiento, es que me dejé llevar por el odio encubierto que le tenemos a nuestra sociedad, realizando una acción sin meditar en las consecuencias que esta reproduce. Algo para reflexionar.