La doble moral feminista

Si cedemos a esa tentación, pronto desaparecerán el Louvre y El Prado. Y, de paso, todos los museos del mundo.

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La decisión de retirar Hilas y las ninfas del Manchester Art Gallery, para hablar de la cosificación del cuerpo de las mujeres, es tan lerda como la de prohibir el parrillero en Bogotá para discutir sobre la seguridad ciudadana.

 

El 1 de abril de 2017, los uribistas de todo el país realizaron una marcha en contra de la corrupción. La de Juan Manuel Santos, por supuesto, porque la de su líder natural no fue puesta en tela de juicio. Esa condena parcial, ese doble rasero para juzgar el problema, quedó de relieve cuando los asistentes, al ser preguntados por la chuzadas del Das, la Yidispolítica, la zona franca de Mosquera y los falsos positivos, levantaron la voz para pedir que no irrespetaran el ‘espíritu’ de la marcha.

            Dicha incongruencia fue puesta de relieve en varios medios de comunicación, quienes recordaron la famosa sentencia bíblica: “No mires la paja en el ojo ajeno, sino la viga que hay en el tuyo”. ¿Por qué los marchantes creen ciegamente que el gobierno de Uribe  fue intachable? ¿Por qué ese ojo clínico para ver defectos en los demás y solo virtudes y aciertos en su líder?

            Pero parece que esta no es una actitud típicamente uribista. Es un comportamiento común en aquellos que defienden a ultranza ideas políticas o de cualquier otra índole. Prueba de ello es el silencio feminista ante el asesinato de Fernando Pastorizzo, al parecer, a manos de Nahir Galarza. La pregunta es sencilla: ¿qué habrían dicho las feministas de nuestro país si la víctima hubiese sido ella? El vídeo de La Pulla, la crítica de Las igualadas, y las columnas de Catalina Ruiz-Navarro y Florence Thomas no se habrían hecho esperar. Sin embargo, las últimas cuatro opiniones de la colombo francesa no hablan del crimen que conmovió a Gualeguaychú, en Argentina. ¿Por qué La Pulla, en su momento, criticó con vehemencia el asesinato de dos argentinas en Montañita, Ecuador, pero ante este caso no ha dicho una sola palabra? ¿Por qué Catalina Ruiz-Navarro tampoco ha dicho nada sobre el tema en su columna de El Espectador?

            Recuerdo en estos momentos la respuesta que me dio una amiga. Una respuesta que, de ser cierta, no deja de ser nefasta: “Las feministas están en el deber de discutir y denunciar aquello que va en contra de su género”. Es decir, ¿levantar la voz solo cuando me agreden, y callar cuando la víctima es un hombre? Espero ser lo suficientemente tonto para saber que no comprendí bien su respuesta. Porque, de ser cierto, esta situación las equipararía a los uribistas que solo ven la paja en ojo ajeno y no la viga que hay en el suyo.

            Pero no es solo el tema de Nahir Galarza y Fernando Pastorizzo en el que las feministas tienen un doble rasero. Ante la decisión del alcalde Enrique Peñalosa de prohibir el parrillero hombre en Bogotá, como medida de seguridad para disminuir los atracos en la ciudad, ninguna de ellas salió a discutir sobre la discriminación de la norma. Si la prohibición hubiese recaído sobre las mujeres, ya saben ustedes lo que habría sucedido.

            Y es esto lo que me preocupa: ¿por qué esa doble moral, ese doble rasero? ¿Por qué los gritos constantes de Ni una menos y el silencio atroz ante el asesinato del argentino? ¿No se supone que hombres y mujeres somos iguales ante la ley? Dirán algunos que a Nahir Galarza no se la puede condenar hasta que la justicia emita su veredicto, y eso es cierto. Pero, ¿por qué no sucede lo mismo cuando el implicado es un hombre? ¿Por qué en unos casos condenamos de antemano y en otros esperamos la decisión de los jueces?

            Y esa doble moral llega al extremo, en Colombia, de juzgar una misma acción desde dos puntos de vista diferentes. Hace unos años, Alejandro Ordóñez quemó varios libros en el Parque San Pío de Bucaramanga. Su acción estuvo cobijada bajo el argumento de “eliminar todo aquello que pueda hacer daño a las mentes juveniles”. Por ello quemó libros de Marx, Voltaire y García Márquez. Todos estuvimos en contra de lo hecho por el ex procurador, pero no todos han tenido la misma valentía para condenar la decisión de la Manchester Art Gallery de retirar temporalmente el cuadro Hilas y las ninfas de la exposición. La responsable de la acción arguye que, de esta manera, busca generar un debate sobre la cosificación y la interpretación de la mujer en el arte.

            No sé ustedes, pero para mí esa medida es idéntica a la de Alejandro Ordóñez. Será más ‘progre’ o más ‘hipster’, pero no por ello menos nefasta.

            Retirar el cuadro es un acto de censura. El arte no se puede juzgar con criterios políticos. Si cedemos a esa tentación, pronto desaparecerán el Louvre y El Prado. Y, de paso, todos los museos del mundo. Tendremos que vestir al David de Miguel Ángel, o retirarlo temporalmente, para preguntarle a una horda de imbéciles si su falo es una apología al heteropatriarcado. Además, tendremos que vestir a los pequeños del cuadro Niños en la playa, de Joaquín Sorolla, para evitarles tentaciones a los pedófilos,  y pintarle una sonrisa a El grito de Edvard Munch para que nadie se deprima.

            La decisión de retirar Hilas y las ninfas del Manchester Art Gallery, para hablar de la cosificación del cuerpo de las mujeres, es tan lerda como la de prohibir el parrillero en Bogotá para discutir sobre la seguridad ciudadana.

            Un amigo, ante lo sucedido en Manchester, me respondió con un sarcástico: “Pobrecito el arte”. Una respuesta tan infortunada como esta solo me permite concluir que, sin importar el espectro ideológico desde donde discutamos, siempre estaremos dispuestos a apoyar la censura que emana de nuestras ideas. Burlémonos de Peñalosa cuando exponga que la prohibición del parrillero disminuirá los atracos de la ciudad, y elogiemos la propuesta de retirar un cuadro para discutir visiones feministas. Ninguna de las dos medidas nos llevará al meollo del asunto, pero nos servirán para sentirnos cómodos en nuestras justificadas censuras.

            Por ahora, conformémonos con la actitud uribista: miremos la paja en el ojo ajeno y no la viga que hay en el nuestro.