La Danza de la Muerte

A través de una noche en pleno día

Vagamente he conocido a la muerte.

Habitación de al lado – Luis Cernuda

 

Al principio fue El Pleroma, es decir, La Plenitud. Así reza la doctrina herética de Basílides, que como es de suponer, creyó descubrir los arcanos del universo. De esta divinidad, por llamarla de alguna manera, se derivan trescientas sesenta y cinco emanaciones, hasta llegar al famoso Demiurgo, que no es otro que el Jehová judeocristiano. Los gnósticos, según el bueno de Basílides, entienden este mundo como algo chato e imperfecto, creación de una deidad menor, que no deseo decir inferior, para evitar suspicacias, la cual apenas y puede algo sobre su obra. El mal, el dolor, la enfermedad y la muerte se explican así como el trabajo defectuoso de un subordinado, y no de La Entidad perfecta conocida como Dios. Ante semejante drama cósmico, podría un condenado insensible preguntarse, ¿vaya, y por qué Dios empezó a dividirse? Pero no hagamos preguntas ociosas, que seguramente tienen sus respuestas ingeniosas y pintorescas, mejor vayamos a algo más inmediato, más íntimo, pero no menos sorprendente: La muerte.  

La muerte ha ejercido sobre nuestra mente un poderoso influjo; a ratos místico y colmado de bienaventuranza, a ratos espantoso y lleno de zozobra. ¿Por qué  hemos de morir? Todavía se preguntan esto, desconsolados, quienes no atinan a comprender los designios de la Providencia; ¿hay algo más allá de la muerte? ¡Debe haberlo! Dicen con firmeza los crédulos, pues así sienten que todo encaja en un plan, y que, por supuesto, sus acciones –cómo podría ser de otra manera– cumplen con una finalidad determinada.  En cuanto a los racionalistas, se conforman con ventilar el misterio, y decirnos, no sin sentir inexorablemente ese horror que recorre sus huesos, que se trata de un proceso natural. ¡Todo es biología! No preguntemos necedades. Nacemos, crecemos, nos reproducimos, y morimos. ¡Ya está! Basta de tanta teología y de tanta poesía, que la muerte no resulta tan fascinante como creen los religiosos y los poetas. Pero desafortunadamente para nosotros, y claro, para los científicos, este mito racionalista tampoco frena nuestra ansiedad al respecto. La muerte, a Dios gracias, sigue siendo tan misteriosa como en los albores del mundo; ella sigue danzando, con sus pies ligeros y sus movimientos sinuosos, ante nosotros, sus víctimas y espectadores. Frotemos, pues, nuestros ojos, y contemplemos arrobados La danza de la Muerte.

Lo primero que se me viene a la mente, cuando pienso en la muerte, es un hermoso libro de grabados, ilustrados por el talentoso Hans Holbein, el joven, como le llamaban en la fastuosa corte de Enrique VIII. Los dibujos, fascinantes por su osadía e inventiva, cautivaron mi atención de golpe. Era entonces un jovenzuelo, confundido como todos a esa edad, deseoso de obtener respuestas a mis acuciantes dudas: ¿Por qué tanto ruido y trajinar? La imaginación de Holbein me atrapó inmediatamente; iba y venía entre las páginas de aquel extraño libro, donde se recreaba la vida de la época, a partir de sus grandes motivos, que son los motivos de todos los tiempos: la riqueza, la pobreza, el amor, los viajes, la juventud, la vejez, el honor, la vanidad, en fin, las dimensiones humanas, y no daba crédito a lo que veía con mis ojos. El artista, un hombre mundano, cuya vida pasaba entre aristócratas, dibujó estas escenas, no para hablar de lo banal, sino para destacar, con el consiguiente espanto de todos nosotros, ¡oh, míseros mortales!, el alcance de la muerte. La omnipresencia de la muerte.

Así es, Holbein, a lo mejor harto de tanta ligereza y estupidez, pinta sus cuarenta y un grabados para recordarnos algo que se olvida con facilidad: nuestras acciones tienen un límite, nos guste o no. La danza de la muerte, o lo que es lo mismo, la presencia burlona de la muerte en todas las obras del ser humano, se usa por parte de Holbein, y otros artistas que retomarían este tópico tradicional, sobre todo, en la Edad Media, para poner en evidencia una crisis espiritual. La ligereza de las costumbres, y la expansión de los grandes potentados, tienen una suerte de resistencia a partir del arte; la danza de la muerte empieza sus volteretas cuando el mundo se entrega, sin tapujos, y con total descaro, a los brazos del materialismo. De modo que la muerte, al menos desde el Arte, se usa para apaciguar las pasiones más desaforadas. Cumple una función aleccionadora, por decirlo así. Le propina sus buenos vergazos al cerdo que quiere comer más de la cuenta, o trae de vuelta a la tierra a esas náyades efímeras  enceguecidas con su brillo de oropel.  

Pero este fin seudo pedagógico de la danza de la muerte no pertenece a la imaginería medieval; se remonta hasta los griegos, y aún va más atrás. Platón, por ejemplo, por boca de Sócrates, ya decía algo revelador al respecto. Al ser preguntado del por qué de la filosofía, el  maestro se las ingeniaba diciendo: filosofamos para aprender a morir. Ahí estamos, otra vez, intentando racionalizar la muerte, como si con una serie de silogismos pudiéramos poner coto a nuestros miedos más profundos. ¡Vana apuesta occidental! Por otra parte, tenemos al Buda, que si bien no preconizó la muerte como salvación, tal como lo hicieron los cristianos más adelante, sí nos habló del Nirvana, un estado casi extático, donde se vive como un vegetal, o una piedra, esto es, sin desear nada, pues los deseos generan el Duhkha. Una muerte en vida, observando sin querer nada, o al menos fingiendo que es así, se nos platea como una variante de la gran Calaca. Frenar nuestros impulsos vitales en función de una creencia, por más benigna que sea, no arredra los miedos que suscita la muerte. Ésta sigue riendo y bailando sin cesar alrededor de justos y pecadores.

Todo es vanidad, dijo en su momento el Eclesiastés; tanto los esfuerzos denodados por apurar la copa del placer, como los intentos ilusos del anacoreta, lejos del mundo porque le teme, pero lleno de él, porque aún lo siente en sus entrañas; también los racionalistas se envanecen de su sobriedad y templanza ante la muerte, a la que ven con supuesta naturalidad, pero a la que deben temer como cualquiera de nosotros teme, porque nuestras energías vitales exigen esa reverencia. De manera, pues, que todo es vanidad, y esa es la premisa que rige a La Danza de la muerte. La muerte es justa, porque vuelve todo a su lugar, sugiere Holbein con ilusión de que el hombre torne por la senda del bien y la humildad, que el cordero paste en los prados del Señor, y olvide las falsas promesas de este jardín de las delicias. Hemos llegado así a la concepción cristiana de la muerte: el consuelo de los desheredados. El valle de lágrimas no es más que una etapa transitoria a la salvación, y la muerte trae consigo la buena nueva: el más allá espera a los limpios de corazón, a los que sufrieron las atrocidades de un mundo disoluto, y que encuentran al final, su recompensa. ¡La muerte es esperanza! Grita, con júbilo,  el séquito de Dios.

Lejos de profesar tamañas creencias sobre la muerte, cabe destacar algunos puntos interesantes de La Danza macabra. En primer lugar, no deja de ser sugestivo ver en la Pelona un vehículo de justicia. Los plenipotentes hombres de armas, a la cabeza de ejércitos de histéricos y despiadados, hacen de las suyas imbuidos en la idea atroz de “lo necesario”, para salvaguardar la integridad de un pueblo que jamás los eligió. Imaginar a la muerte cerca de ellos, como una sombra, resulta cuando menos tranquilizador. ¡Hay un límite para todas sus fechorías! En segundo lugar, cuando estamos al borde de una crisis económica y política, y los ricos se creen exentos de las consecuencias, pertrechados como están en sus palacios adamantinos, también genera cierta paz saber que algo al menos, por más que se esfuercen, no podrán evitar. Y en tercer lugar, supongo que más de un desdichado apenas y puede contener su alegría cuando la diosa fortuna abandona al suertudo, ese mentecato que se pavonea de su suerte frente a todos, como si ésta no fuera acabar nunca. No bien sobreviene la desgracia para ellos, los otros, los afligidos, fingen compunción, mientras sus corazones dan vuelcos de alborozo. ¡Al fin: Justicia! Así, pues, la muerte, a juzgar de muchos, nivela las cosas tarde o temprano. Ofrece garantías de equilibrio, sobre todo, para quienes observan la vida desde abajo, bien abajo. Todo esto es comprensible y, sin embargo, tan banal e inútil como lo demás. Saber que alguien recibe su merecido por un crimen, no repara los daños sufridos. ¡Lágrimas son lágrimas!

Vayamos cerrando este extraño episodio dedicado a la diosa fúnebre. La Danza de la muerte, a mi criterio, cumple con todo lo anterior, ¡y con creces!, pero también explora otros ámbitos, menos mezquinos y vindicativos. Digamos, para abordar un último aspecto, que su lado más seductor yace en su naturaleza poética. Tanto se ha dicho sobre ella y, no obstante, su misterio sigue siendo inextricable. La poesía se nutre de su seno; canta a sus anchas; la exalta, ebria, como el momento culmen a partir del cual nos encontramos con nosotros mismos. Borges, no en vano, nos decía que toda poesía acaba siendo elegía, justamente por su estrecha relación con la muerte. Ésta halla su máxima expresión a través de los ojos de un poeta. Él la siente amiga, no algo hostil, ni perniciosa, ni mucho menos malvada. Los poetas son alucinados que cantan al borde de un risco. La muerte los ama; les considera sus emisarios. Mas no para traer pesadumbre y más congoja, antes bien, desea revelarnos su influjo mágico sobre nuestras abotargadas consciencias. El poeta nos dice algo maravilloso, muy bello, aunque, por desgracia, sólo discernible para naturalezas avispadas: Estamos hechos para la muerte, qué duda cabe, pero también fuimos hechos para la vida.

A diferencia de perspectivas como las de Holbein, en las que la Danza macabra asume matices más bien sardónicos, odiosos y hasta horrorosos, poniendo de relieve los delirios humanos y sus absurdas pretensiones, la poesía nos la presenta ataviada con otras galas: más bella, más conspicua y sutil, más nuestra; nos indica el final, no para atormentarnos, como usualmente se cree, sino con miras a dimensionar nuestra condición: frágiles, vulnerables y perecederos, mas también gallardos, tozudos y soñadores, que la rosa no es menos bella porque se marchita pronto. Asimismo, suele sugerirnos más que cualquier sabio redomado, pues suya es la revelación del instante; el valor de lo fugaz; lo efímero hecho arte. ¿Qué valor tiene lo eterno si siempre ha de ser igual? No gritaré el carpe diem horaciano, porque no vale la pena hacer hincapié en algo de sobras conocido; mejor diré que la intuición del final nos insta a gozar del ahora, el único tiempo posible para la ceniza. La muerte hace única nuestra vida deleznable, para horror de unos, y gozo de otros. Trastabillar, caer, llorar y de nuevo ponerse de pie, hasta que el cuerpo aguante, sin la ilusión vana de una recompensa, ni el orgullo torpe de quien se piensa superior a los miedos comunes. ¡Menos vanidad y más vitalidad! Que la muerte dance con nosotros, ligera y suave como las plumas de un ángel, y que, incluso, cante de dicha  a cada paso nuestro, cargado de miedo y vacilación, pues sólo así sabremos cuánto vale el suspiro de un condenado. La muerte sigue bailando, no para jamás, y nosotros, entre tanto, seguimos respirando; los sueños siguen sucediéndose, igual que el llanto y los jadeos voluptuosos. Los cuerpos siguen buscándose y el amor aguarda en algún lugar… ¡Sólo un parpadeo! ¡Y vuelta a empezar!

  

Bogotá, 02 de febrero, de 2016