La Ciudad Bonita y El Poeta (Poemas)

Imagen tomada de Pixabay

La Ciudad Bonita

En la Ciudad Bonita la belleza es amarga. La luna es una orquídea, que en el oscurecer, desdobla sus enfermos pétalos. La lluvia susurra vidrios rotos y los aguaceros huelen a gasolina. Las espadas del sol incineran en lo profundo; descalabran el alma. Las nubes parecen atropelladas, melancólicas, distantes; como los poetas. Es una ciudad del desconcierto, que se arropa de montañas azules, de venas de luces anaranjadas. Quebradas y riachuelos, profundamente envenenados, dibujan telarañas de agua que circundan barrios y comunas enteras. El aire es un velo fúnebre que se puede rozar con la punta de los dedos, oscureciéndolos. En cada bulevar se pueden apreciar montunos guayacanes, en su mayoría, con, al menos, un ahorcado; quizás, un hombre que soñó colectivamente. Las calles y carreras develan un laberinto gris, muy gris, en el que erraron los pájaros heridos de otra patria. Hay parques, de esquina a esquina, en donde las palomas comen colillas y los niños hablan solos. El sonar de las carreteras es un monólogo triste, muy triste; que recita, una y otra vez, la misma palabra, la indiferencia.

Y a la gente parece que se le extravió, por algún sitio de este lugar, el corazón. Por sus gestos, es de creer que no han conseguido saber nada más de él. A lo mejor, los buitres negros, que habitan en las miradas desesperanzadas de todos nosotros, ya se los embutieron.

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El poeta

El poeta silba un réquiem recostado en un guayacán, mientras los pájaros hacen llover sus lágrimas, y escribe —solo con su sangre— versos que expanden el abismo de su sombra, en los pétalos que caen entre sus llagas.

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