Líbranos de los buenos, Señor

Sobre los "intelectuales" anti fútbol y la realidad trágica del país!

Ayer Colombia perdió por penaltis ante la selección de Inglaterra. Era de esperarse. No diré que albergaba nulas esperanzas: de hecho, hice cuentas y, luego de los ingleses, podríamos ganarles a suecos y croatas e instalarnos en la final. Hice cuentas y, en el primer tiempo, ya estarían cobradas las lágrimas del mundial pasado. Hice cuentas y el domingo 15 de julio podría invitarles whisky a todos mis vecinos.

            Lo siento: son los cálculos que hago cada mundial. Y el resultado por lo general siempre es el mismo.

            Pero no ganamos. Apagué el televisor y evité al máximo las transmisiones de los canales nacionales. No soporto las trovas ni las opiniones de los hinchas. Sobre todo, no soporto las trovas. Ver a un imbécil disfrazado de Juan Valdez, improvisando rimas con las palabras Senegal y Final, o con las palabras Gol y Caracol, es imposible para mí. Que nuestro mayor derroche de talento sea unir palabras bajo un sonsonete monótono y molesto deja mucho que decir.

            Pero descubrí que hay algo que me espesa más la sangre, y son los intelectuales pesimistas. Ustedes los conocen: son aquellos que, antes de cada partido de fútbol, nos recuerdan, como si no lo supiéramos, que en Colombia se cometen atrocidades todos los días; que mientras nos idiotizamos frente a una pantalla, los políticos de turno están aprobando leyes que van en contra de nuestros intereses; y que, mientras celebramos un gol, están asesinando a una mujer en algún punto remoto de la geografía nacional. Pues bien: todo eso lo sabemos, y de sobra. De hecho, en Colombia no es necesario que haya partidos de fútbol para que esto suceda. Pero ellos lo dicen como si cada día (hoy, por ejemplo) estuviésemos exentos de tales atrocidades. Como si necesitaran de un partido para recordanos que este es un país miserable. Horas antes de cada encuentro ponen cara de: “Ay de ustedes, pobres mortales, que no han alcanzado nuestra superioridad moral”. Esta horda de majaderos ha conseguido secarme las gónadas. Estoy hasta los huevos de su bondad. Me saben a mierda sus frases de contenido social, sus reparos políticos, sus disquisiciones de todo tipo. Mientras ustedes leían un libro (porque no vieron el partido y se quedaron embelesados ante Ficciones, de Borges) también se aprobaron leyes deleznables, también mataron a una mujer por el simple hecho de serlo y también contaminaron un río con petróleo. Mientras ustedes discurrían sobre la influencia de Platón en el café con leche, un padre (o un tío, o un primo) violaba a un menor de edad en un barrio popular de Cali. Mientras ustedes hablaban en francés o recordaban lo lindo que es caminar frente al Louvre una tarde de otoño, algún contratista estaba pensando cómo esquilmar el erario público y pasar sus últimos días en una isla del Caribe. Pero no: para ustedes, todo eso pasa únicamente cuando juega la selección. Los otros días somos Suiza. Los problemas solo nos atacan cuando la Fifa programa partidos amistosos. Porque cada vez que estamos ante la quinta relectura de Ser y tiempo de Heidegger el mundo es perfecto. El mundo se vuelve mierda solo cuando jugamos un partido en un mundial.

            Esa actitud me recuerda una de las mejores frases de Bill Hicks, aquel humorista norteamericano que dijo que los fumadores se mueren todos los días, y los no fumadores también.

            Supongo que ustedes me dirán que todo se trata de un problema de conciencia, que hay gente que se sienta a ver un partido y no le importa que vivamos en el tercer país más desigual del mundo. Claro que les importa. ¿O es que la indignación es patrimonio exclusivo de ustedes? Pero si viviéramos pendientes de cada caso de aberración, si no pudiéramos dar un paso adelante hasta resolver todos los problemas de la humanidad, si tuviésemos que suspender el placer en pos del beneficio colectivo, no nos habríamos movido nunca de nuestro sitio. Calderón estrenó La vida es sueño mientras expulsaban a moros y judíos de la Península. ¿Se imaginan a un tarado como ustedes, pero con las ropas del siglo XVI, diciéndole al dramaturgo que la suya era una ocupación inútil, que el teatro no tenía razón de ser mientras estuviesen despidiendo de su tierra a gente inocente?

            Me dirán que no se puede comparar una obra maestra de la Literatura con un partido de fútbol. Y eso es cierto. Pero les pido que no establezcan la comparación entre el deporte y el arte, sino entre los censores de todas las épocas. ¿No son, acaso, la gente más molesta del mundo? En la nuestra se han hecho particularmente insoportables: nos dicen qué comer, qué decir, qué ver, qué leer y qué criticar. Cada día son más una casta de parias. Cada día son más puros, más buenos. Cada día se acercan más al Nirvana de estupidez que los ha de convertir en las mejores personas del mundo.

            Y mientras ellos, los buenos, los inmaculados, los que no comen carne y hablan de todos y todas, los que están leyendo este artículo porque son muy intelectuales y están pensando en una respuesta en contra de este personaje nefasto, hay un hombre violando a una niña en Cúcuta, otro está pensando cómo sabotear la consulta anticorrupción, otro más está pensando en cómo pasar una factura por mil millones por un parque que costó solo cien, y todo esto sucede mientras ustedes, seudo intelectuales, están felices porque el pueblo ya no estará anestesiado con el mundial y porque ya nos eliminaron, porque ahora sí tendremos cabeza para lo realmente importante. Ahora que estamos fuera y ustedes se quedaron sin a quien recordarles lo inteligentes y sensibles que son, podremos protestar frente a la Plaza de Bolívar y pedirles a los senadores que se bajen el sueldo, que permanezcan en el Capitolio por un tiempo máximo de tres periodos, y podremos ir hasta Cauca y pedirles a los asesinos de líderes sindicales que dejen de matar a tanta gente.

            Como ya se acabó el mundial seguro que nos hacen caso.