Justificar la violencia

El vídeo le dio la vuelta a Colombia en pocas horas: una mujer enfrenta a un ladrón, lo golpea frente a los transeúntes y, además, lo obliga a desnudarse.

 

El vídeo le dio la vuelta a Colombia en pocas horas: una mujer enfrenta a un ladrón, lo golpea frente a los transeúntes y, además, lo obliga a desnudarse. Afirma, como si todo ello no fuera suficiente, que si estuviera “enfierrada” le pegaría un tiro. La gente que los rodea no dice nada, tal vez porque la violencia en nuestro país dejó de ser reprochable y se convirtió en un espectáculo. El ladrón se arrodilla y ella lo insulta. “Empelótese ya o lo hago cascar de toda esta gente”, dice. Y él obedece. Uno de los testigos expresa: “Hermano, ¿quiere que lo sigan cascando? Quítese esa vaina rápido, hombre”. Algunos ríen. Supongo que lo hacen porque la mujer, en el colmo del absurdo, afirma que Bogotá es “muy anti gente”. Como si lo suyo hubiese sido un acto humanitario.

 

            La pregunta que me surge es: ¿por qué actuamos de esta manera? Supongo, en primer lugar, que a esto nos ha llevado la burocracia de los trámites frente a la policía. El año pasado uno de mis mejores amigos fue asaltado. El ladrón lo despojó de sus pertenencias mientras le apuntó con un revólver. Al día siguiente él fue a una URI y tuvo que hacer una fila interminable porque, como él, hubo cientos de atracados la noche anterior. Uno de los policías le dijo: “¿Tiene pruebas? Porque si no las tiene no se puede hacer nada”. Y como él no las tenía se fue de allí, lleno de impotencia, y con la sensación de que si pudiera hacer justicia con sus propias manos no lo dudaría un instante.  

 

            Pero supongo también que este comportamiento, en ningún modo justificable, se debe a que los ladrones saben que no serán condenados por su delito. También el año pasado, un hombre asaltó a otro y a los pocos segundos fue detenido por la policía. Su excusa fue un elogio a la desvergüenza: “Yo robo a pirobos como usted porque tengo un hermano enfermo”. Como si su caso fuese único en Colombia. Como si a ninguno de nosotros nunca se nos hubiese enfermado un familiar. Como si todos saliéramos a atracar en ese caso. Pero el ladrón, experto en burocracia, afirma que más se demora la víctima en interponer la denuncia que él en salir a la calle. “Yo ya he pagado condenas, una de 43 y otra de 60 meses y vea donde estoy”. Sí, señor. Ya sabemos dónde está: de nuevo en las calles, y otra vez robando. Tal vez porque su hermano sigue enfermo.    

 

            Presumo, además, que el miedo nos ha llevado a agachar la cabeza frente al delito: como los ladrones no serán reprendidos, porque muchos de sus delitos son catalogados como de “Menor cuantía”, lo más probable es que salgan a la calle ansiosos de venganza y la gente prefiera evitar un probable ajuste de cuentas. Hace poco denuncié a tres jóvenes que se colaron en Trans Milenio. Recibí de su parte los peores insultos. El policía que los sacó de la estación me dijo que no se podía hacer nada contra ellos porque eran menores de edad y porque, además, era domingo y había pocos policías que pudieran hacerse cargo del asunto. Yo me fui de allí y todo el día tuve temor de encontrármelos de nuevo. En serio.

 

            Por cosas como esas, creo, personas como las que aparecen en el vídeo actuaron de esa manera: porque la justicia es nula o débil contra los asaltantes, porque la gente quiere ver que hubo “justicia”, así esta conlleve actos de humillación y tortura. Lo triste de todo esto es que el paso que separa la acción de la mujer de otras más graves es muy corto: de aquí podríamos pasar al vídeo de un hombre que corta la mano a un ladrón de un machetazo; de un ajuste de cuentas, también filmado y divulgado, en el que una comunidad lincha a un apartamentero. Y tendríamos un país seguro, bárbaro, uno en el que la justicia no es más que un adorno. Un país en el que, si seguimos esa lógica, vería con buenos ojos la barbarie de los grupos armados al margen de la ley. Una Colombia que pronto propondrá a la mujer del vídeo al senado de la república, porque ella encarna la solución a todos nuestros problemas. Una nación que querrá ser gobernada por un hipotético matrimonio entre ella y Pablo Escobar, porque aquí la civilización es un lujo de los países del primer mundo. Un país que, sediento de una justicia violenta, termine eligiendo nuevamente a quienes encarnan esos discursos de odio.

 

Ustedes saben a quién me refiero.