Instante de amor

Imagen tomada de Pixabay

El artista retrató con pasión a la mujer que había deseado tanto tiempo. La ensambló con lo mejor de aquellas que habían pasado por su vida. Algo de esa, un poco de aquella y al amanecer del quinto día de trabajo decidió que su obra estaba terminada. Al mirar la pintura descubrió en los ojos de la mujer una expresión que no recordaba haberle dibujado. La revelación lo desconcertó por completo, pero creyó reconocer en aquel gesto de amor la respuesta a tantas plegarias elevadas. Dios sabe cómo hace las cosas –pensó- y desde ese momento se consagró a la mujer que el creador le había obsequiado. Apiló con desdén el resto de sus cuadros en una esquina del cuarto, pues le resultaron insulsos y anodinos. Adquirió el más barroco marco que encontró en el mercado y se dio a la tarea de enmarcar él mismo su obra.

Una mañana, el artista descubrió que los trazos de la pierna izquierda de la mujer se estaban desvaneciendo. La semana siguiente notó que la mujer no estaba donde la había pintado, sino parada en el balcón de la casa de verano que le había obsequiado en la pintura. La mujer observaba fijamente el atardecer y su rostro, que ya había perdido el color y algunos de sus rasgos, reflejaba angustia y desolación. El artista lloraba los días frente al cuadro, pues compartía el sentimiento de frustración y de soledad de su amada por no estar con él, pero no sabía qué hacer para consolarla, para evitar su total evanescencia. En un acto de locura, agarró el cuadro y la besó con delirio.

Mucho tiempo después, los visitantes del museo observan el instante de amor de una pareja que se besa apasionadamente en el balcón de una casa de verano.

Sección: