Héroes rurales

La docencia rural es una de las profesiones más apasionadas, rigurosas y osadas del territorio colombiano. Indudablemente, esta labor está dotada por infinito amor hacia la educación sin importar los obstáculos que se presenten en el proceso. Pese a esto, los docentes están dispuestos a enfrentar diversas dificultades y la única recompensa es el aprendizaje de sus estudiantes. Acaece, no obstante, que son muy pocos los profesionales que se animan a vivir esta experiencia enriquecedora, por lo que la calidad de la educación rural se ve perjudicada. Debido a lo anterior, el Estado colombiano ha buscado soluciones, especialmente en territorios afectados por el conflicto, aunque los resultados obtenidos no han sido gratificantes.

Es indispensable reconocer que el estado colombiano, en su afán por proveer educación a todas las comunidades, permite que bachilleres, sin capacitaciones fundamentales, puedan ejercer esta profesión. Ciertamente, este descuido no es solo responsabilidad del gobierno; también es un gravísimo error del postulado incompetente. Es comprensible que la mayoría de estos postulados sean pobladores rurales y, en consecuencia, quieran ayudar a construir el futuro de su sociedad. Sin embargo, la construcción de ese futuro depende, esencialmente, de la preparación con la que cuenta el docente para organizar aquel caos. Por otra parte, se puede inferir que los obstáculos en el aula de clase impidan un adecuado proceso de enseñanza, por lo cual los maestros deben apropiarse de estrategias creativas para resolver estas necesidades.

Acontece, además, que el compromiso de la educación rural trae consigo condiciones hostiles; por ejemplo, la ausencia de establecimientos apropiados para el desarrollo de las clases, las largas travesías que se realizan para poder llegar a la escuela y la falta del servicio de agua potable en aproximadamente el 37% de las escuelas rurales, entre otras. Al no ser esto suficiente, los docentes rurales se ven intimidados por los grupos armados ilegales; de quienes, según la Federación Colombiana de Educadores (FECODE), los maestros han recibido más de diez mil amenazas y los asesinatos sobrepasan los 1.000 hasta la actualidad. Basta lo anterior para deducir algunas razones por las que los docentes profesionales prefieran ejercer su profesión en zonas urbanas, antes que asumir los riesgos que conlleva la educación rural. De aquí se desprende que, las más de 35 mil sedes de escuelas rurales colombianas escaseen de calidad educativa, puesto que, según el Programa Especial de Educación Rural (PEER), los estudiantes rurales reciben un 50% menos de educación que un estudiante urbano. Por lo tanto, la brecha que hay entre la educación urbana y rural es de aproximadamente 3,6 años.

En cuanto a los estudiantes pertenecientes a zonas rurales, ya sean indígenas, afrodescendientes o campesinos, es de esperarse que la educación no sea su principal preocupación, ya que en el contexto en el que viven son necesarias otras competencias. Tómese, como ejemplo, las tareas habituales del campo para así sobrevivir en su entorno, la pobreza extrema, el analfabetismo, entre otros. De estas circunstancias nace el hecho de que el estudiante no cuente con el apoyo de sus padres para continuar su educación, debido a que los padres de familia están lo suficientemente ocupados con el trabajo campesino. A causa de ello, se generan altas cifras de deserción escolar en zonas rurales, ya que muchos estudiantes deciden comenzar a trabajar para generar más ingresos en el hogar. Tal y como afirma Hernández (2018), “la deserción escolar en las zonas rurales es casi el doble que la de los centros urbanos. De hecho, el estudio informó que 13,8 % de los niños del campo entre 12 y 15 años no asistían al colegio” (párr. 3). En este orden de ideas, es preciso reconocer la importancia de la educación rural pues, a pesar de sus abundantes dificultades, los estudiantes se esfuerzan a diario para dar lo mejor de sí y construir un futuro mejor en compañía del docente.

Finalmente, es importante establecer que, en la vida rural como en la urbana, se necesitan herramientas que faciliten el desarrollo educativo, para así ponerle fin a las dificultades que arremeten contra la población rural pues, tal y como expresa Arias (2017), “estas consideraciones no deben ser un argumento para tachar a estos pueblos como atrasados, todo lo contrario, deben ser motivo de admiración por la creatividad y tesón que dedican para resolver sus propias necesidades” (p.58). Ciertamente, tanto los niños como los docentes demuestran que, a pesar de un río de sangre y pobreza, el amor por la enseñanza y el aprendizaje gana, puesto que, lo dicho por Sábato (1988) –“Queridos maestros, continúen resistiendo porque no podemos permitir que la educación se convierta en un privilegio” (p.67) – hace comprender por qué ellos son un gran ejemplo de que la educación en Colombia tiene grandes falencias y que se convierte en un privilegio del que no pueden gozar aproximadamente dos millones y medio de niños ubicados en zonas rurales. Aun así, están presentes aquellos héroes y heroínas llamados docentes, en quienes millones de familias guardan la esperanza de encontrar un futuro en el que las brechas que separan las zonas rurales y urbanas no sean las educativas. 

Referencias

Arias, J. (2017). Problemas y retos de la educación rural colombiana. Educación y ciudad, (33), 55-58.

Hernández, J. (2018, 19 de mayo). La difícil situación de las escuelas rurales en Colombia. El Espectador. Recuperado de: https://colombia2020.elespectador.com/territorio/la-dificil-situacion-de...

Sábato, E. (1988). Antes del fin. Recuperado de: https://vivelatinoamerica.files.wordpress.com /2016/11/antes-del-fin-de-ernesto-sabato.pdf

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