Grogginess

Diría que El Zancudo es una burla, una que resultó fructífera hasta después de la carcajada

Las 5:30 de la tarde. La tarde de un viernes. 5:30 de la tarde, la hora de cuando el sol se esconde naranja por entre las montañas, que parecen crecer como las alas de un avechucho siniestro tragándose la luz y apagando desesperadamente el incendio, en el paso a las tinieblas.

El consejo de redacción de las Águilas y las Moscas me había mandado a entrevistar a El Zancudo a su casa, con el único objeto de construir una descripción ambiente del hombre zancudo, o del zancudo hombre. El motivo de la visita domiciliaria era conocerlo en su entorno íntimo, y así poder relatar con matices especiales lo que ingenuamente nos preguntábamos. Todos estábamos confundidos.

Nada más llegar, El Zancudo distrae la atención. Con un mosquito humanoide bebiendo néctar de sangre de una copa de vidrio, el hombre tienta a los curiosos a indagar esa mirada benévola encorvándose entre el portarretratos que, equidistante y empotrado en una puntilla, acompaña el botón de timbre del apartamento de tercera generación donde reside.

Había que timbrar, y para hacerlo uno se demoraba involuntariamente unos instantes antes de timbrar, imaginando cosas que la sola imagen del portarretratos inspiraba. Me demoré esos instantes. Sin conocerlo, me preguntaba: ¿Se reirán de él los vecinos? ¿Qué dirán sus amigos? ¿Qué dirá su familia? Me parecía una imagen tonta para un hombre de su edad.  

Apoyé la mano sobre el timbre y timbré, sin así querer timbrar todavía. Al hacerlo, una voz se abrió paso urgente entre los acordes de guitarra eléctrica y bajos que salían por entre el escobero de la puerta.

“¡Ya voy!”, dijo desde dentro, y veinte segundos después apareció el escuálido hombre para saludarme. “Bienvenida a la guarida”, me dijo, abriendo generosamente la puerta y señalándome, con su brazo extendido y su mano abierta, el camino hacia la sala.

Vestía con chancletas, bastante más informal de lo que pretendía encontrarme, a decir verdad. Me dijo que esperara en donde quisiera mientras él terminaba de vestirse. Acababa de bañarse. Parecía que la primera actividad de su día fuera atenderme finalizando la tarde.

Me quedé en la sala y no me sentía del todo cómoda. Ese humor a reclusorio, ese perfume rancio del libro viejo, esa oscuridad tomándose la luz pechoncha del sol en los adentros; la luz a duras penas entraba en forma penosa en el microambiente del enigma del vampiro volante.

Es un ambiente extraño. Ese orden pasmoso, de las cosas en su lugar, encuadraba muy poco con una coexistente y extraña falta de cosas. No había muebles de sala, apenas un comedor con cartas en el centro. Las sillas del comedor desgarradas, descuidadas, un escritorio de trabajo al final del balcón, vacío. Del comedor sin usar se pasaba a una improvisada pista de baile en la que el piso brillaba por la ausencia de rastro alguno de baile sobre su superficie.

“Mono, salga a saludar”, dijo desde la pieza, y volvió a decir: “Déjelo llegar, no lo llame ni se le abalance. Él llegará”, dirigiéndose a mí.

No pasó un minuto cuando un gato curioso vino a restregarse en mí, pendiente de mis movimientos. Me quedé quieta. Me intrigan los gatos ajenos.

El hombre salió después, ya vestido aunque descamisado. Salió oliendo a un perfume que extrañamente cortaba muy bien con el olor a soledad envasada que cundía en el apartamento. Salió, me dirigió una sonrisa y se dirigió a la cocina.

“Curiosee si quiere, pero dígame: ¿Gaseosa, café, jugo de lulo o agua? Tengo vino, por si acaso, pero no la puedo acompañar. Ya sabe: andar borracho y con la sangre caliente no es nada saludable por aquí… me puedo antojar”, dijo, echándome una risa amiguera y una palmada en la espalda, como si yo fuera un hombre, mientras yo observaba las portadas monstruosas de discos, la colección de barcos de vela y una hilera de libros como para abuelo, de historia política y económica de Colombia, que adornaban los contornos del lugar como queriendo que no existiesen paredes blancas y desnudas.

“Vino está bien”, le dije.

Desde la cocina abrió el vino y se sirvió una gaseosa. Para el momento me encontraba en su estudio, a donde me dijo que siguiera, mientras escuchaba el cuerpo espeso del vino caer en la copa, posiblemente malbec, y después tres hielos cayendo sobre un vaso, al que instantes después le bulleron las espumas para llegar a mí bajo el resonar crispado y precoz de las burbujas.

El silencio era en su ambiente un protagonista singular. Allí adentro todo se escuchaba en semitonos mayores, en un eco que hacía sentir una ausencia de paredes. Un blues cadencioso, ni romántico ni apesadumbrado, salía de los parlantes del escritorio como si la música fuera una extensión de sí misma en el ambiente, de un blues solitario. Ambiente donde la soledad no es una sustracción, es un acaparamiento.

Hojas de papel regadas por todos lados, unos discos por otro, libros sobre música, sobre demonología, más de historia de Colombia. Cuadros de otro tipo de monstruos, portadas de discos de música metalera acompañando otras de música de tiple. Colgandejos de marcos con la genealogía de sus apellidos. Debajo de su computador, libros abiertos de Mújica, Zárate Moreno, Vargas Osorio y Barrera Parra. Sabía que el hombre camellaba con la literatura regional, pero otra cosa era constatarlo. Su tierra, un protagonismo desmedido.

Cuadros de animales, resmas de papel, cajones y más cajones, cada recoveco lleno de algo que podía decir mucho, diciendo nada. Muchas cosas para preguntar, todo explícita y ocultamente demostrado. No sabía cómo empezar.

“Siéntese tranquila. Aquí está su vino”, dijo, y se sentó en su silla giratoria. “Pregúnteme lo que quiera: soy un libro abierto”, prosiguió, no sin antes anotar: “Nos demoraremos si se pone compleja… pero bueno, para eso hay música y mi interés de que la entrevista dure todo un día, de ser necesario”.

“Señor Zancudo”, le dije para comenzar. Él me mandó a callar.

“Señores son los que tienen señorío, y yo no tengo tierras ni más de una mujer”, dijo.

“Maestro”, corregí, y de nuevo me mandó a callar.

“Más maestro el burro, que lo mete a pulso”, dijo echando a reír. Se retractó con algo de pena: “¡Ay! Discúlpeme usted. Me visita tan poca gente que pierdo el sentido de la distancia. Sólo no se complique conmigo”.

“¿Cómo le digo, si me permite preguntarle?”, le cuestioné, y él respondió:

“Por mi nombre o por mi apodo. Como quiera. Creo que viene por lo segundo. Sólo no agregue calificativos, ya no vivimos en el siglo diecinueve”.

“Zancudo: ¿Cómo vive El Zancudo?”, fue lo primero que pregunté.

Arrancó la entrevista.

 

Él — Vive. Con eso basta. Lo demás no es vivencia; como tal, es supervivencia. Mientras viva, a mí me corresponde dejar a El Zancudo volar. Como lo ve, lo tengo al lado del computador para acordarme de no parar de dejarlo entrar en mis asuntos. Si no fuera por él, y por el gato, sería fácil dejar las cosas como están.

 

Yo — ¿Cómo están?

 

Él — En el aire colgarían mis piernas mientras mi cuello se sostiene en una soga, o andarían por acá un par de niños corriendo y una mujer diciéndome qué hacer. Para mí, vivir ya es una consecuencia… hace rato dejó de ser una causa.

 

Yo — ¿Por qué un zancudo?

 

Él — Porque me lo encontré. Se me apareció en la vida como todas las cosas trascendentes, en una tarde cualquiera, de forma pueril, como una invitación liviana en las manos correctas, en las manos de alguien más compartiendo un lugar. Una sola persona sabe de dónde salió El Zancudo aristocrático y displicente, pero esa es una historia digna de compartirse cuando El Zancudo sea una obsesión general. Puede que nunca. Ahora no soy más que un ene-ene con un alter ego y un sillón.

 

Yo — ¿No era un apodo?

 

Él — No propiamente. Apodos tuve hasta para vender, pero resulta curioso que la mejor forma de darme a conocer fuera con el único apodo que decidí ponerme a voluntad. Lo identifiqué como un susurro, nunca bajo un grito burlón. Varios susurros, debería decir. Es un apodo cuya personificación construí abriendo el oído a los búhos, a las arañas, a las cucarachas, a todos esos seres que posan en la ruta de la fantasía y la metáfora, tan distintos de las cotorras y cualquier otro animal altoparlante que a menudo se deja ver y escuchar sin mesura. Al probar su voz, su atuendo, su actitud y su tipología, me encontré con la sorpresa de que todo lo que había intentado hacer a nombre propio le importaba un carajo a todo el mundo, pero eso mismo, narrado con una alteración del ego, era algo curioso para los demás. Es como si a un cantante fracasado se le saliera un pedo en una de sus presentaciones y por eso lo quisieran llevar a las fiestas, infaltablemente. Por un motivo ajeno, deja entonces que lo llamen para cantar con otra voz, identificándose sin perder el ánimo de ser cantante. Así es que fueron ocurriendo las otras cosas que determinaron ese abandono del yo formal.

 

Yo — ¿Qué cosas?

 

Él — Cosas. Diría que El Zancudo es una burla, una que resultó fructífera hasta después de la carcajada. Pensaba que al parar de reír sencillamente dejaría de serlo, pero ocurrió al contrario. Al principio fue una exploración de la metáfora, y el escrutinio del pasado individual bajo un foco preciso. Fue teatro, puro teatro mal hecho. Pero cuando me cansé de esa proyección del yo, encontré que lo relatado, con una pequeña variación, podía resultar en una interminable aventura. Del teatro surgió la literatura del personaje y, como le digo, la burla dejó de ser algo momentáneo. Si El Zancudo fue la mejor excusa para hacer desvergonzadamente cosas que me parecían impropias, o en las que no soy capaz de enrolarme bajo título, la vida y sus ironías ayudaron a que el pensamiento de El Zancudo fuera incluso más importante que la vida del hombre que había detrás. Cosas como la muerte, el sinsentido, el escepticismo, la consagración al silencio, la paradoja, la muerte nuevamente, y el ciclo de insignificancias dándose en una cinta de moebius, susurrando al oído todas las noches. Como ve, cosas pesadas, si se fija. Seriamente pensadas, pero con la capacidad de exportarse en alguna forma inferior al pensamiento, cercanas a una sutil lucidez. Si esas mismas cosas no me hubieran derramado lágrimas o sonrisas, sentimientos puros, no serían literatura sino nuevamente teatro del malo. Afortunadamente el llamado fue diáfano, pleno en sentimientos, y nuevas sonrisas poco a poco dejaron de ser carcajadas para ser sonrisas, unos labios cerrados abriéndose camino hacia los cachetes.

 

Yo — ¿Sentimientos? ¿Insignificancias? ¿Pureza? No entiendo mucho lo que me está diciendo. Me suenan a conceptos contrarios.

 

Él — A ver… Dicen que en este mundo nos mueven las cosas importantes. Bueno, a mí pocas cosas importantes me pasaron en la vida, y justo cuando dejé de considerarme importante para las cosas, las cosas importantes me comenzaron a suceder. Cosas muy importantes, de lugares y situaciones inesperados, el hombre haciéndose hombre en la capital. De repente era quien deseaba ser, alguien con trabajo, tribuna, monedas y un ocupante privilegiado de un lugar más grande de lo que acostumbré. Pero no, las cosas no son así.  Basta con que cargues un lastre a cuestas para que seas menos, mucho menos de lo que otros creen que eres. Las razones para la autocrítica abundan cuando lo mucho viene sin haber solucionado lo poco, y ese era yo. En el balcón de un piso alto, era yo el paisaje; el paisaje se transformaba en cárcel. En la realización del trabajo no era más de lo que le dedicaba, y la pérdida de tiempo se transformó en un oficio. En la visión del futuro se fraguan las tormentas, y el pasado tocó a la puerta sin descanso. En los actos para celebrar, callas la boca y piensas en aquello que ocultamente se celebra, sin estar contento con ese alguien más en que te has convertido. En la cúspide del logro no eres capaz de dar el paso hacia su comienzo. Eres un fracasado triunfando en su destino de fracasar. Se produce un rechazo a la certidumbre y un deseo por intentar las cosas de otro modo. Ese otro modo se ve lejano. Para mí, algo que entendí para dejar de intentarlo de cualquier modo. Pienso que lo primero que debe ocurrirle a alguien para darse cuenta de sus latidos es sentirse lo suficientemente aburrido con la importancia de las cosas, como para hurgarse el corazón en los latidos de lo insignificante, envejeciendo antes de tiempo, entristeciendo en el amor a las causas perdidas, deprimiendo en los contornos de la pérdida, escuchando a muy alto volumen la crítica interna. Es la insatisfacción, que cuando no viene de afuera sino desde dentro, suena a todo menos a insatisfacción. Es una confesión a la que le cuesta hablar.

 

Yo — ¿Quiere decir que El Zancudo es un refugio?

 

Él — No. El Zancudo es un llamado. Un susurro. Uno al que le hice caso, siendo tan pero tan insignificante su voz. El refugio suele ser todo lo demás. 

 

Yo — ¿Qué otras cosas le ocurrieron entonces para ser El Zancudo?

 

Él — No me ocurrieron. Es decir, no le ocurrieron a El Zancudo. Le ocurrieron a la vida, que, a efectos de la mera imagen, es la antípoda de El Zancudo. Es un alter ego, símbolo de las licencias que me doy para hacer cositas para las que en principio me considero inapto, o en las que mi yo discrepa. Pero, para ponerme a hacerlas, tuvieron que pasar cosas en la vida que me llevaran a ese camino. Y digo, en mi caso, son cosas que llevan al camino de la escritura, que es mi forma de expresión, o de reconocimiento, o de aprendizaje, o de catarsis, o de errar. Es lo que hago mientras las horas transcurren con algo de sentido. Y para que El Zancudo escribiera, tuve que vivir otras cosas. Como decirle adiós al futuro laboral, al dinero, a la capital, a las luces strober. Decirle adiós porque debía volver a casa. Volví a mi pueblo obligado, pero no fue una obligación perderlo todo, pues dejé que todo se perdiera mientras encontraba las pérdidas de mi corazón. Entre los derrumbes, lo insignificante comenzó a ser tan crucial como la nada, pues comienzas a recoger de los escombros, que es algo muy distinto a construir desde cimientos. No te tienes, ni te sostienes, ni te impulsas. Apenas estás allí, viéndolo todo con suma claridad. Sintiéndolo todo con ultrasensibilidad. Así perdí a mi madre, pero me gané el derecho a amar. Perdí a mi perrita, pero me gané el derecho a ser guardián. Perdí a mi pareja, ganándome el derecho a pensar. Perdí mi vida como un acto a placer, pero me gané el derecho a vivir pensando en el hoy, no en el ayer o en el mañana. Perdí mi rumbo, ganándome el derecho a vivir sin escogerlo. Y me resigné de la mejor de las formas: aceptando la muerte como el evento más importante de mis días. Eso es aprender a vivir el día a día, cada día, cada momento una nueva vez. Ya no la muerte como pensamiento, ya ella como entorno, como acto y consecuencia. Te acuestas y mueres, y te levantas y… bueno, unas horas antes de morir de nuevo. Dejas de vivirlo todo para que lo poco que queda, si así lo quiere, tome vida. Cuando llegas a ese punto reconoces que no fuiste, no eres y no serás alguien. Lo aceptas. Lo incómodo de pensar unipersonalmente es que no te puedes mirar a un espejo, pues eres un donnadie. Es allí cuando un alter ego ayuda, pues no es propiamente un capricho sino tu propio engaño. Es un susurro de alguien ajeno a quien le dejas entrar para que se robe todo lo que encuentre, y si le gusta lo que ve, que allí se quede. Así me pasó. De la nada surgió algo, algo capaz de hacer muchas cosas con esa nada.

 

Yo — ¿Esa nada es en gran parte lo que pudo afirmar alguna vez como “éste soy yo”? ¿Se puede decir que quedó supeditado a una especie de castración súbita que le representó a usted una enfermedad, la muerte de los familiares, la pérdida de la esperanza y el encuentro con la soledad, en el impacto negativo hacia su voluntad propia y las ganas de seguir viviendo?

 

Él — Bueno, lo ha puesto usted en palabras cronísticas. O filosóficas, diría yo. La memoria es moldeable, quizás deba ahora repetírmelo más a menudo: “Es moldeable, es moldeable”, debo decirme cada vez que despierto para tratar de integrar momentáneamente aquellas cosas que determinan el recuerdo de la misma memoria. He aprendido a moldear lo memorable y a estropear lo recordable. Es una muerte digna.

 

Yo — ¿Entonces, El Zancudo murió también?

 

Él — Vaya… Esa es una pregunta inesperada. Podría decir que sí con la misma fuerza con que podría asegurar que no.

 

El Zancudo se recostó sobre su asiento. Al darse cuenta de que no estaba solo, se disculpó diciendo:

“Déjame pensarlo. Para que me dejes hacerlo, déjame hacerte sentir que estás aquí sin que me hagas sentir que estás aquí”, y fue hasta la cocina, llenó mi copa de vino, retornó al estudio, me entregó la copa y me invitó a escuchar una pieza musical que, según sus inclinaciones, le serviría a él para pensar y a mí para disfrutar el rato.

Se acercó a la ventana y me ignoró por completo. Es curioso que, al hablarme cariñosamente, justo al hacerlo, se fuera, se alejara.

Al sucederse los minutos, la pista parecía subir de volumen, de intensidad.

El lugar pareció llenarse de pequeños filamentos que cobraban movimiento. Esos filamentos eran pequeñas orugas de peso ínfimo, que con el movimiento iban saliendo de su prisión de crisálidas e iban agarrando vuelos desordenados, como insectos pequeños llevados al aire por el compás ventoso exhalado por los parlantes. El aire entraba con fuerza desde la ventana, en un frío extrañamente candente. Un frío que ponía heladas las manos, como manos de vampiro, dejando al pecho en un extremo candor y haciendo del corazón un volcán sin erupto.

Me paré sin hacer ruido, y vi en la pantalla el nombre de la canción:

“No good place for the lonely” (“No hay un buen lugar para el solitario”), leí en la pantalla. ¿Su duración? 8’39’’, mucho para esperar, poco para soñar.

En los primeros cinco minutos me dejé llevar por la voz, que encaraba una primera voz. Narraba la forma en como un individuo extrañaba la manera en que alguien solía abrazarlo en la misma fría ciudad en la que ahora caminaba solo, recurriendo a una memoria que el individuo sabía en qué consistía, pero que por más que la repasaba, no lograba comprender en qué consistía realmente, pues en su repaso, que eran noches enteras caminando por la misma ciudad, no sabía cómo reconocerse. Eso paró de repente cuando la canción cruzó el umbral de su mitad y la voz se fue como fantasma en los ecos de una voz incidental, vívida en el solo interminable de guitarra. Una especie de yo interior invadía la canción y me metía dentro de ella, evocando una luz capaz de identificar al individuo caminante y, a la vez, de caminar en el cuerpo de éste. Un compás de ojos independientes, diría yo.

Entonces los zánganos de luz, que se movían como marionetas segundos antes, en esta etapa de la canción estallaban en fulgores mariposa y de la nada se convertían en vampiros amoratados, en brujas malvestidas, en borrachos sonrientes, en niños corriendo y sudando, en cíclopes vestidos de gala, en incontables endriagos peleándose las veces de payasos y parcas en la superchería mística de los sentidos. El Zancudo seguía allí, no sé si menos visible o más ausente, sostenido en el alféizar. Creo que no era él quien volaba, era todo en torno de sí lo que parecía levitar del poso de la tierra. 

Una benévola tranquilidad me rodeó por un momento, justo cuando El Zancudo pensaba de espaldas si él mismo había muerto.

Muerto él, parecía que todo allí cobraba vida, y la exigua luz fluorescente que se sentaba groseramente sobre el escritorio y que con envidia renegaba del resto de los espacios, llegaba a mí como un reflejo descontento que parecía ser suficiente para iluminar el alma de aquellas criaturillas danzantes que emergían de la nada, y que me tragaban en el ritmo mágico de una idea abrazando a una canción.

Antes de terminar la pista, El Zancudo se volteó. Me asustó. Me agarró viajando lejos, casi tirándome al asiento con su movimiento.

Él siguió.

 

Él — No diría que murió. Quisiera decir que sí, pero no. Dejó de ser algo hecho, para hallar a quien estaba detrás. El Zancudo dejó de ser un alter ego para ser un ser, valga la redundancia. Quien dejó de ser y posiblemente murió fue el hombre. Ya no sé decir si ese hombre soy yo.

 

Intentando controlarme, hice una pregunta en la que sabría que él se perdería otro rato, mientras yo me rencontraba en mi posición indagadora.

 

Yo — Cuénteme qué le pasó al hombre.

 

Él — Bueno. Eso ahora sé decirlo. Diría que, como nunca antes, me concentré en la pregunta: Y yo, ¿para qué estoy viviendo? Y lo sé, es una pregunta adolescente. Es trascendental para un chico de catorce años, pero era apenas elemental para mi caso. Lo pensé porque, enfermo y abandonado, me había quedado sin poder agarrar muchas de las cosas que me formaron piel a piel… y esto sin el ánimo de sonar macabro o nostálgico. Con la partida hacia el infinito de mi madre y de sus manos bellas, el partir del estómago rosado y la mirada sibarita de Tita, así como el adiós a una buena cerveza o a la comida suculenta y abierta del fin de semana para distraer la insatisfacción personal; con esos adioses, y sin tener ya la posibilidad de tocar esos seres y esas cosas, me fundé en la necesidad de cambiar drásticamente mis maneras de ser y estar, preguntándome entonces: ¿Para qué vivir? Si todos mis esfuerzos se basaban en encontrar un lugar dónde vivir y una salud qué disfrutar, sin dolores y sin tantos trámites para poder estar tranquilo mes a mes, pensaba podría ser un viviente malsano, todo un despropósito para la vida de los demás. Vivir, masticar, consumir y desechar, era algo que ya no se justificaba si no tomaba una decisión crucial hacia quienes merecían que yo me fuera. Y esto fue: ¿Qué puedo hacer por los demás que ellos no hagan, siendo justo en la injusticia de su vivir?

 

Yo — ¿Una especie de venganza?

 

Él — Una especie de promesa, mejor. Tramitar una vida únicamente para seguir viviendo me pareció algo desastroso, sin siquiera poder trabajar con la ilusión de dejar algo en la memoria de los amigos y de las personas. El sólo estar allí con las personas, de la manera más simple y desmemoriada, fue lo que me pareció terrible. Fue lo primero que identifiqué como una posible justificación.

 

El Zancudo paró su diálogo y me registró por completo. Buscaba en mí algún motivo para no continuar o para decidir seguir, habiendo constatado algo que, él mismo, al seguir hablando, no me permitió indagar.  

Siguió.

 

Él — De allí que a la memoria sea mejor moldearla que acapararla. Si se puede, que sea en cerámica rústica, sin hornear. Para que me entienda, quiero contarle la historia detrás del último escrito que eliminé, que boté a la basura. Así como lo escrito es lo poco de lo mucho, ese titilar de luz en el buche de un cocuy durante la larga noche, lo escrito y desechado representa el resto de la noche, que se queda en los términos de la vida. En mi momento más álgido pensé en escribir el denominado “Resurgimiento de El Zancudo”. Al verme desahuciado, busqué en darle vida a lo único que creía posible. Lo pensé tanto, que terminé viviendo el entierro del hombre que había detrás. En el trayecto, pensé en renovar mis votos con los amigos, con la escritura, con la música, con la planificación y la expectativa, así como con el cosquilleo de vivir algo propio con aspiraciones de futuro, y para mi sorpresa me vi de nuevo pidiendo espacio, tiempo, calma, salud y orden. Ya me rodeaba la soledad, junto a sus mejores amigos: la tristeza, la melancolía, el desaliento, la vagancia, el permiso malicioso. Este último, el permiso para ser lo que no representó ni al hombre ni a El Zancudo, un permiso de corazón vagabundo. Y lo entendí: básicamente, estar en la tranquilidad de la nada. Aunque quise construir un nuevo mundo, contando con la inmensa cantidad de amigos que conozco, necesité diluirme en la soledad. A pesar de haber tantas cosas qué hacer en la ciudad, fue el pensamiento de qué hacer por y para mi derredor lo que se tomó mi escena. Comencé a pensar por mi tierra, por mi narrativa y por mi nervio, cosas que demoraron mucho más de lo acostumbrado en encontrar su centro tonal y ser así capaz, poco a poco, de corrugar el concreto y de ablandar la dureza de las formas en que vivimos, bien sea precarias, insuficientes o tontas. Morir aquí, vivir aquí. Lo infranqueable persistió, y la tierra, esa que brota por mis poros aun estando emigrado, resultó ser el compromiso infranqueable para mi ser, la paciencia sapiente para esperar una reacción de mi parte vital. Por eso permanecí en ella, más en calma que tribulado. Lo hice en silencio, y me di cuenta que estuve luchando por quedarme sin amigos y porque cada vez menos me visitasen, y porque mi familia me acompañara cada vez menos, incluso necesitándolos más, para así poder identificarme en la absoluta confianza de la insignificancia, sin los proyectos, sin el peso de las letras perdidas, sin el arte de darle mística a los lenguajes del día a día, sin la chance de reunir las memorias de un pasado para recorrer y caminar los lugares en los que fui, por nostálgico que me considerara. Muy en el fondo, preferí vivir lo que siempre pensé. Ya no una muerte temprana sino una enfermedad terciaria, como la bandera de mis propios grados de opacidad. Así que pensar en enchufar la vida se me transformó en un diálogo con muchos “ustedes”, muy lejos del “usted”. Ustedes: familia, amigos y gente por conocer, entre los usted: música, acordes, imaginación, cielo, brisa y tiempo. Otros ustedes más: disciplina, responsabilidad, fuerza, cuero, futuro, deseo, destino… eso me imploraba. Se me escapaban de las manos. Y aguardaba siempre el usted, sin más palabras. Fue ahí cuando comprendí que no estuve hablando de un resurgimiento, sino del tiempo en que el reloj se paró y el verdugo, vestido en su gabán, pudo decir: “Hoy, a (tal) hora, en (tal) día, en (tal) lugar, ha muerto El Zancudo, llevándose consigo a su portador”, con una voz rotunda. Pero esa voz nunca llegó. Leí por última ocasión lo escrito y sustraje cinco pequeños apartes, a la manera de telegramas. Los telegramas coincidían en que el hombre que había detrás había muerto, pero que El Zancudo no. Eliminé el escrito, suprimí por un tiempo la escucha de música de instrumentación eléctrica y escribí un par de historias sueltas, que me acercaron a seres anónimos. Me unifiqué espiritualmente en cada telegrama, y así cada uno se convirtió en la semilla de otro tipo de escritos. Escritos que los seres anónimos me convidaban a escribir, que son esos por los que usted está aquí. Y entendí algo. Los telegramas iban dirigidos a El Zancudo, sin haberlo decidido yo. Eran la voz de un hombre muerto, viviendo aún en los llamados al volante.

 

Yo — ¿Y a qué punto llegó? Siento que usted habla como si las cosas no se hubieran terminado, sino como si apenas hubieran nacido. 

 

Él — Es posible, a eso he llegado. Llegué al día en que la muerte en vida posó en su forma y se dispuso a tropezarse con indistintos azares, para que las cosas sencillamente tomaran rumbos inesperados y se continuaran encendiendo las calderas de la nada, a fuego lento. Fíjese nada más. Llegó un gato a meterse en mi vida perruna, y mírelo ahí, tan acomodado a mi vida que ya no extraño a los perros. Los amigos que veía los fines de semana se fueron yendo, y en su lugar llegaron personas que me extendieron su mano y, al verlas, me fue imposible no darles la mía a rigor. De amistades casuales pasé a amistades causales. Como ve, sigo viviendo y estando muy solo, quizá porque ya sé cómo acompañar. Ahora entiendo que no es solo un problema mío. Y si lo que pasa aquí y en estas paredes es algo que usted no puede identificar plenamente, me quedo tranquilo pensando en que usted está aquí no porque yo sea un individuo llamativo, sino porque he captado su atención. La suya, específicamente. Eso me permite conocerla, o que, a través de mi imagen, usted pueda conocerse. Tal y como usted respondió a mis requerimientos para hacer esta entrevista, esos de tener una razón venida de sus labios en un papel. Dijo: “Déjate verme”, y ahora es cuando puedo pensar que lo suyo no es un error gramatical sino un juego acertado de palabras. “Me dejaré verte” es algo tan o más importante para decirse a sí mismo que el “déjame verte”. Es tan poquito, que resuelve el dilema de que todos los que nacimos aquí aspiramos a lo máximo con chasquear los dedos y maquillarse bonito. Yo prefiero chasquear los dedos y tomar la idea, y a usted maquillarla, para que usted exista en mi vida de una forma bonita… Pero para eso déjeme escribir algo.

 

Yo — Sí, siga usted.

 

Él — No. Creo que esta charla llegó a su final. Se lo dejaré a mano. No puedo ir a abrirle la puerta porque me urge escribir, por lo que, ninfa, hágame el favor de irse volando por la ventana. Más tarde, cuando yo ya esté durmiendo, si quiere venga, lea lo que escribí y me cuenta si la consulta valió la pena. Quiero poder considerar satisfecha su entrevista antes de que se apague el espíritu de esta noche. Hasta pronto.

 

Más tarde, cuando él dormía, volví a meterme en su guarida. Dejó levemente abierta una de sus ventanas, y por allí ingresé.

Volé hasta la puerta de su cuarto, y sí, estaba durmiendo. A su lado, el gato abrió los ojos y subió las cejas, pero un leve movimiento lo apaciguó: una mano se abrió y sus dedos acariciaron lentamente la nuca del felino, y lo convidaron a seguir durmiendo, a no prestar atención a mis asuntos.

El gato cerró los ojos, se dejó persuadir sutilmente por El Zancudo. Vigilantes los dos, aunque durmientes, la influencia del uno sobre el otro los alejaba constantemente de la barbarie. Los miré por un instante, a sabiendas de que dormían plenamente conscientes de que yo estaba allí. Me fue imposible no sonreír.

Fui hacia el estudio y, en el centro del escritorio, El Zancudo me dejó la siguiente nota:

 

Uno lee para reírse, y pensar. Los más astutos dejan la risa en segundo.

La idea de leer es reírse, sin que al dejar de leer se nos pase la risa. Pero no es tan sencillo. Al mundo le gusta reír, tanto más al mundo que no le gusta pensar.

¿Cómo hacer para no morir de la risa? ¿Cómo hacer para morir riendo?

Groggi se le dice coloquialmente a alguien que ha caído muerto, o que anda mareado, sin síntomas de vigor. La palabra sin, tomada como artículo y no como preposición o conjunción, es así usada en lengua inglesa. Usada como anexo al final de otras palabras (ess), marca un final contraindicado y por consecuencia.

Grogginess es “groggi sin”. Eufemismo de invencibilidad, es a la lengua una pastilla para el mareo; en el uso de las palabras, es un paliativo contra el vómito. 

Si usted ha leído lo que hasta aquí se ha relatado, usted no es un sobreviviente de las letras. Es usted un resurrecto.

¿Ahora me entiende? ¿Sabe usted en qué consiste volar audazmente llevando en el cuerpo la sangre de otro, y de otros?

Sea bienvenido a Invertebrada, la nación donde el pensamiento doctrinal de la vida recibe el nombre de grogginess… ni muerto ni vivo, lo suficientemente mareado para no tener de dónde agarrarse y soltar a volar, con o sin el consentimiento propio y con la seguridad de no regurgitar indebidos. 

 

Recórcholis. Nunca antes había sentido una sensación positiva cuando otro puso palabras en mi boca. Él lo hizo, y decidió por mí la manera de cerrar mi propio escrito. Antes que vulnerada en mi autoría, sentí la mágica sensación de escribir a cuatro manos… a doce falanges.

Al recordar a El Zancudo recostado en su ventana, perdiéndose a sí mismo en la canción en la que yo también me perdía, entre la lengua inglesa de la tonada y el castizo criollo de su situación de vida, yo misma entendí que mi pesadilla no era el gato amable, que durante mi visita no dejó de mirarme coloquialmente sin así pensar en tragarme.

Mi pesadilla fue lo que a Borges El Escarabajo la nightmare, una ficción mágica de las horas nocturnas en las que por un momento este hombre dejó de ser ese hombre para recibirme sin huesamenta y sin sesos, permitiéndome hacerle un reportaje como lo que ya es para mí: El Zancudo, presidente de una nación a la que yo también pertenezco.

Él es un presidente diplomático, uno que conversa con nosotros con la firme intención de, de cuan en cuan, dirigirse a ese mundo de los otros, de los seres enhiestos.  

 

 

Grogginess, el reportaje

 

Por: Chiquilichis, vidriomorfa de ámbar

 

Columna: